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La maternidad espiritual se ilumina en Adviento

Public Domain
Virgen y niño Jesús - Adviento
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Mi punto de inflexión llegó durante una oración, en un momento de profunda frustración

“El nivel de cualquier civilización se mide por el de sus mujeres” (Arzobispo Fulton J. Sheen).

En esta atmósfera de calma, el Adviento nos permite percibir muchas más cosas; es una época de nuevas revelaciones, a menudo inusuales, que nos hablan de nuestra realidad material, pero también de nuestra realidad espiritual.

El Espíritu Santo trabaja sin descanso para animarnos a vivir más cerca del contacto de Dios, pero durante el Adviento y la Cuaresma estas bendiciones son mucho más abundantes.

En mi caso, mi punto de inflexión llegó durante una oración, en un momento de profunda frustración.

Los días de Adviento me estaban dejando agotada. Como si no fuera suficiente con la constante necesidad de estar haciendo millones de listas de recados y realizarlos, las exigencias laborales y familiares también estaban al máximo.

Tantos quehaceres dejaban poco espacio para, simplemente, ser. Me estaba resultando imposible relajarme en silencio, para rezar, para preparar mi corazón para recibir a Jesús en la inminente Natividad.

Una mañana en la que me sentía especialmente miserable, mientras rogaba la ayuda de Dios, de repente mi mente dibujó una vívida imagen del Niño Jesús en el pesebre, justo delante de mí.

Reaccioné como haría cualquier mujer: me incliné hacia él, me vi a mí misma alzándolo en mis brazos y acunándolo contra mi corazón.

Al instante, una profunda sensación de conexión con el Niño inundó mi alma y mi cuerpo. Fue un momento muy poderoso y pasó a ser mi escenario de meditación preferido para el resto de la temporada de Adviento.

Desde aquel instante, sin importar lo atareada que estuviera, incluso el más fugaz de los recuerdos de aquella conexión maternal con el Niño me haría sentirme firme, gracias a unos penetrantes sentimientos de ternura, sobrecogimiento y esperanza.

Para este caso tan especial, decidí compartir en la red mi meditación sobre el Bebé Jesús y mi publicación empezó difundirse por todas partes. No me atrevería a decir que se hizo “viral”, pero fue bastante popular durante varios días.

Llegué a escuchar a algunos que me dijeron que habían compartido la historia con miembros de su familia por todo el país y que les había conmovido; les estaba ayudando de la misma forma que me había ayudado a mí.

Esta es una de las maneras en las que funciona la maternidad espiritual, incluso en el caso de mujeres que aún no son o no pueden ser madres de hijos terrenales: deseamos criar y alimentar a otros, así que inmediatamente compartimos cualquier cosa que Dios nos revele y que pensamos que puede beneficiar a alguien más.

Las mujeres son proveedoras naturales de belleza y amor. Así nos hizo Dios. Es una de las razones por las que el bienestar de la mujer, tal y como observó Fulton Sheen, es fundamental para el desarrollo de la Iglesia y de la sociedad.

Cuando compartimos estas misteriosas experiencias, se multiplica el poder luminoso del contacto con Dios; no es sólo que se comparta de nuevo, sino que al verse reflejado en otros, se enriquece por las aportaciones de otras experiencias y puntos de vista.

La “feminidad auténtica” se manifiesta de diversas formas; es como un mosaico. La feminidad debe ser libre para ser lo que quiera que Dios ha decretado, tal y como demuestran tan poderosamente los santos.

Matthew Kelly acuñó la frase “la mejor versión de uno mismo”, que refiere a nuestro ser más auténtico y sagrado. Pone énfasis en el autocontrol, en la vida sacramental y en el estudio de la fe como camino a una mayor libertad en Cristo.

No obstante, cada “versión” resultante de nosotros mismos tendrá un matiz y una forma de expresión propios.

Todos los santos tienen en común la radicalidad de su amor y confianza en Dios, que expresan a través de su obediencia a la Santa Madre Iglesia, pero cada uno de nosotros es, también, una obra maestra única de gracia y espiritualidad variadísimas.

La infinita creatividad de Dios se despliega en las mujeres, como individuos que son, en innumerables variaciones de personalidad, espiritualidad, cultura, carácter, talento, físico y otras cualidades que son exclusivas de las mujeres de todo el mundo.

Pero la auténtica feminidad tiene su origen en la íntima conexión con la Fuente de toda vida.

En Adviento, meditar sobre el Niño Jesús nos ayuda a recordar que la maternidad espiritual puede ser un magnífico don y una vocación, al tiempo que nos conecta con la realidad de que, seamos o no madres de carne de alguien, siempre somos madres de espíritu de muchos.

Esta maternidad espiritual contribuye al verdadero resplandor de una mujer. El generoso deseo maternal de compartir la salud de nuestras vidas espirituales es parte del “genio femenino” que san Juan Pablo el Grande describió de forma tan elocuente en su Mulieris Dignitatem.

 

Por Lisa Mladinich

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