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La venganza de los Sith, o cuando Lucas demostró que aún era guionista y director

20th Century Fox
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El Episodio III nos da todo lo que supuestamente queríamos desde hacía décadas: conocer cómo cae Anakin en las redes del Lado Oscuro

De forma prácticamente unánime se tiene a “Star Wars Episodio IV: El Imperio contraataca” como la mejor de las 6 películas de la etapa Lucas (tenemos que empezar a acostumbrarnos a esta diferenciación). Yo mismo defendía esa tesis. Hasta el día en que vi el Episodio III.

Probablemente todos nos habríamos callado las inmisericordes críticas a Lucas y sus en ocasiones indefendibles Episodios I y II (o más bien momentos, muchos, de ambas) si se hubiese limitado a rodar una única película en cuya primera media hora haber comprimido lo que se contaba en las dos primeras “precuelas” y haber redondeado algo más esta última película de la Saga Galáctica que a la postre dirigió (creo que podemos descartar que vuelva a ponerse jamás a estas labores).

El Episodio III nos da todo lo que supuestamente queríamos desde hacía décadas: conocer cómo cae Anakin en las redes del Lado Oscuro y de paso conocer esas “Guerras Clon” que nos subyugaron cuando las mencionó el eremita Obi Wan Kenobi en “La guerra de las galaxias”, esa película que todos los nacidos después de los años 80 conocen como “Episodio IV”. Que esa es otra.

En “La venganza de los Sith” un George Lucas que no parece muy amigo de pedir opiniones a los demás y mucho menos dejarse aconsejar, consigue enderezar lo que andaba medio torcido en los Episodios I y II, casi haciéndonos pensar que constituían un mero trámite para llegar a donde estaba realmente el meollo de la Trilogía de las Secuelas.

Contrariamente al esquema aristotélico o al paradigma de Syd Fields, la tercera de las secuelas, la que correspondería en un todo secuelil al desenlace, se configura en el auténtico segundo acto, aquel en el que todo sucede.

Los protagonistas ya han sido presentados y han crecido y se han enamorado (Lucas no habría tenido futuro como artífice de romances cinematográficos… ningún futuro) y ahora se enfrentan, especialmente Anakin, a la toma de decisiones que alterarán sus vidas por completo, y por añadidura al resto de la galaxia.

Si anteriormente el personaje de Anakin no era más que un secundario infantil o un caprichoso adolescente ahora descubrimos un atormentado joven que aspira a una madurez que le permita erigirse en protector de lo que ama. La astuta (aunque no por ello menos evidente) maniobra de seducción por parte de quien se convertirá en Emperador se hace acreedora de tres momentos capitales, auténtico arco dramático y de conflicto que gana en intensidad: desde la sutil duda que se planta en el inconformista protoJedi hasta esa memorable secuencia en una pseudrepresentación operístico-circodelsolesca donde definitivamente Anakin se deja enganchar en el anzuelo del relato sobre conocimientos oscuros que podrían burlar a la muerte (el temor no es el propio fenecimiento, sino el de los seres queridos, en este caso Padme, quien no se quiere que corra la misma suerte que la madre de aquel que “quizá lo concibieran los propios midiclorianos) y con el colofón de la caída final de la máscara en otro momento íntimo en el mismo corredor del apartamento/oficina de Palpatine donde tuvo lugar la primera conversación que abría las puertas al Lado Oscuro.

Aquí Anakin descubre la verdad, pero es harto tentador el ofrecimiento de poder más allá de la muerte, de forma que aunque inicialmente desvela al maestro Mace Windu que ha descubierto quién es el Sith que se oculta tras la máscara, no puede evitar traicionar todo aquello en lo que hasta el momento creía, porque por encima de todo está su amada Padme, con cuya muerte ha soñado premonitoriamente, a modo de profecía autocumplida, además.

No son los planos de la entrada de Anakin, con atronante música que precede estilísticamente a la Marcha Imperial, los que nos demuestran que Lucas aún tenía algo que decir. No es ese dramático momento en que se ejecuta la Orden 66 y los Jedis caen en medio de una melodía que encoge el corazón al espectador tanto como a Yoda en Kashyyyyk, el que permite reconocer a Lucas la capacidad para tocarnos la fibra sensible. No es el soberbio plano secuencia inicial de la película con el que se nos deja caer en mitad de la confrontación que abre el Episodio el que recupera al Lucas generador de batallas memorables. Ni siquiera es el plano final, autohomenaje ineludible al Luke Skywalker del Episodio IV oteando un horizonte de dos soles, el que sirve como rúbrica de que se ha conseguido el reto de atar los lazos de ambas trilogías con casi ningún fleco suelto.

No. Los planos con los que Lucas nos deja claro que en el fondo hay algo bueno (las mismas palabras que dice Padme sobre Anakin antes de morir, las mismas palabras que dice Luke sobre Darth Vader antes de que este le demuestre que llevaba razón) son esos en que sin palabras, vemos a Padme en un rincón de Coruscant y Anakin en el otro, ambos con la mirada perdida en la lejanía del planeta-ciudad, separados por una inmensidad pero sabiéndose cercanos, los planos en los que simplemente con una melodía inédita en las partituras habitualmente melancólicas para estas cuestiones del gran John Williams, aquí casi étnicas y etéreas, con tan solo mostrarnos los rostros de los protagonistas y unas vistas sobre esa prodigiosa arquitectura virtual, Lucas aprieta el nudo gordiano esencial que buscaba el espectador, nos deja ver el instante exacto en que Anakin se convierte en Vader, con una efímera lágrima bordeando su ojo que inmediatamente niega la humanidad y se aboca al abismo de convertirse en un ser mitad máquina, mitad odio, girándose en el instante postrero para salir del plano mientras su rostro se adentra en la sombra, con un simbolismo en exceso evidente.

Tengamos esos planos como el testamento de George Lucas y como la respuesta a la inquietud de todo aficionado sobre el momento en que nace Darth Vader.

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