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El ataque de los clones: lo peor, el descuido con el que está abordado el factor humano

20th Century Fox
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La segunda de las precuelas de la franquicia Star Wars intenta, de forma infructuosa, ofrecerle a su público un espectáculo de alto nivel y, al mismo tiempo, explorar los límites expresivos de la tecnología de su época

 

En la época del hype, de la publicidad pantagruélica –tanto es así, que el producto acaba desdibujado, se diluye su importancia respecto a la propia (y agotadora) promoción–, resulta difícil describir hasta qué punto, a caballo entre los siglos XX y XXI, George Lucas revolucionó el patio cinematográfico al proponerle a todo el público que había crecido con la franquicia Star Wars, y cuando nadie se lo esperaba, una nueva trilogía.

Las expectativas de los espectadores alcanzaron, lógicamente, niveles casi demenciales: hay que pensar que, durante prácticamente dos décadas, los fans solamente habían podido alimentarse del llamado universo expandido, es decir, las prolongaciones argumentales de la trilogía original creadas con el beneplácito de Lucas en formatos de producción más modesta –básicamente, libros y cómics, sin olvidar los videojuegos de la propia LucasArts–. Una presión popular sin la que es prácticamente imposible aprehender la esquizofrenia formal y narrativa que caracteriza a los tres primeros Episodios, concebidos por su autor como un vehículo con el que juguetear con sus ideas personales sobre la narrativa cinematográfica y sobre la integración de los efectos digitales, pero en los que, al mismo tiempo –y, sobre todo, a raíz de las críticas salvajes que recibió, desde el propio fandom, Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma–, no tuvo más remedio que responder, en la medida de lo posible, a las demandas de los fans.

Seguramente la entrega de la trilogía sobre la que más se intuye, para mal, el efecto de dicha tensión creativa es Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones, en la que Lucas, además de continuar el proceso de desmitificación del universo de los jedis que había iniciado en el anterior largometraje, también entona un cierto mea culpa respecto a ciertas decisiones narrativas de su antecesora –como la explicación de la Fuerza a través del nivel de midiclorianos en sangre o la importancia dada al infausto Jar Jar Binks, aquí reducido a un mero comparsa casi sin diálogos–.

De ahí los continuos esfuerzos del director por equilibrar una trama política banal, tremendamente superficial e insulsa –en la que los intérpretes se esfuerzan, vanamente, en declamar con ímpetu unas consignas conservadoras de ingenuidad casi dolorosa–, con unas set pieces que, a partir de un uso mucho más extensivo de los efectos digitales, pretenden ser más dinámicas y más espectaculares que las de La amenaza fantasma.

Si aquélla quería ser la entrega infantil de la trilogía, y Star Wars: Episodio III – La venganza de los sith fue la adulta, enseguida queda claro que El ataque de los clones se dirige al público adolescente. No es baladí, a ese respecto, que al menos dos de las secuencias de acción principales estén fuertemente influenciadas por el mundo de los videojuegos –más en concreto, la persecución automovilística en Coruscant, guiño continuo a sagas de carreras futuristas como F-Zero o Wipeout, o la huida de la factoría de Geonosis, concebida casi como un plataformas de scroll lateral–: no es solamente que Lucas buscara a través de ellas la complicidad del público joven, sino que, igual que los Wachowski con Matrix, también pretendía experimentar con la flexibilidad y los límites de la imagen generada por ordenador.

Ahí radica, por un lado, una de las grandes virtudes de El ataque de los clones, y también uno de sus grandes inconvenientes. El hecho de que, en el fondo, se tratara de un producto básicamente experimental, que intentaba, antes de tiempo, dar un salto técnico respecto a otros largometrajes de su misma generación –abriendo camino a obras posteriores como la no menos atrevida Sky Captain y el mundo del mañana–, convierte a Lucas en poco menos que un innovador, casi un visionario en cuanto a tecnología cinematográfica.

Hay que reconocer, al menos, que se adelantó a lo que estaba por venir: no solamente rodó la película íntegramente con cámaras de cine digital –más concretamente, con una Sony HDW-F900, el primer modelo pensado en exclusiva para largometrajes, y que grababa con una resolución 1080p, cuatro veces menos que el estándar 4K actual–, sino que optó por (re)construir gran parte de las localizaciones digitalmente, obligando a los actores a actuar frente una pantalla verde y elaborando, a su alrededor, el mundo del largometraje… Concepto que ha dado forma al concepto contemporáneo del blockbuster y a la integración moderna de lo digital.

Lo que resulta problemático es, precisamente, que la falta de desarrollo de los efectos, sobre todo vistos desde la actualidad, le resta gran parte de la credibilidad a la historia –la mayor parte del trabajo con el CGI de Industrial Light & Magic sufre de una evidente falta de tridimensionalidad, de peso específico, lo que dificulta la integración con los elementos reproducidos físicamente dentro del plató–, especialmente a partir de detalles, en su momento, tan celebrados como la creación de un Yoda 100% digital: frente a una versión tan inane y tan circunspecta del personaje, ¿cómo no echar de menos a la marioneta que manejaba el director Frank Oz?

No obstante lo peor, sin lugar a dudas, es el descuido con el que está abordado el factor humano de la ecuación del largometraje. No tanto por el despiste que se intuye en la mirada de los actores, que no parecen tener muy claro cómo reaccionar frente a la abundancia de pantallas verdes –que incluso un intérprete habitualmente tan sólido como Ewan McGregor esté tan desencajado es indicativo de la falta de implicación de Lucas, seguramente concentrado en la parte técnica del rodaje, en la dirección de sus estrellas–, como por la torpeza con la que están desarrollados los personajes y, sobre todo, la sorprendente banalidad de unos diálogos muy difíciles de defender.

Si a la relación paternofilial entre Obi-Wan Kenobi (McGregor) y Anakin Skywalker (Hayden Christensen) le falta tensión y, sobre todo, complicidad más allá de lo físico –y eso que, sobre el papel, plantea una interesante relativización de sus respectivos roles: ni Kenobi es tan heroico, ni Skywalker tan egoísta–, mucho más dolorosa es la absoluta falta de química de este segundo con Padmé Amidala (Natalie Portman), cuando su historia de amor es, al menos en teoría, uno de los pilares sobre los que debería sostenerse el entramado dramático de la película.

Se echa mucho, pero mucho en falta, el clasicismo hawksiano que la veterana Leigh Brackett le imprimió a la relación Han/Leia en El imperio contraataca; en cambio, la obsesión casi rozando el acoso que evidencia Anakin –que, según el psicólogo francés Eric Bui, sería síntoma del transtorno límite de la personalidad que, en su opinión, afecta al personaje– anticipa lo peor de la literatura juvenil de romanticismo pocho que surgió a partir del éxito de Crepúsculo.

Desde luego, El ataque de los clones no es, ni mucho menos, la gran película de aventuras que George Lucas habría querido que fuera –ni tiene tantas aristas como parece ser que también pretendía: le salió mejor la jugada en La venganza de los sith–, pero se puede apreciar, e incluso disfrutar, si uno no le exige demasiado, lo que tiene de variación respecto a la obsesión que siente su autor por la estructura episódica de los seriales clásicos de los años 30 y 40.

Tanto es así, que la trama puede dividirse fácilmente en capítulos casi autoconclusivos en los que los protagonistas principales deben afrontar algún tipo de situación de peligro, pero la realidad es que, más allá de la pura forma, para lograr una narración más equilibrada habría hecho falta que Lucas se apoyara en un guionista menos complaciente y con mayores recursos que Jonathan Hales –que, antes de coescribir este filme, solamente había trabajado en televisión, sobre todo en la serie La aventuras del joven Indiana Jones–.

Lo mejor del proyecto, y lo que continúa dotándolo de mayor interés sigue siendo, sin lugar a dudas, un diseño de producción de una belleza y una complejidad espléndidas, que alude tanto a la belleza retro de las tiras de Flash Gordon de Alex Raymond –no hay más que ver esas naves de metal pulidísimo, brillante como un espejo, que contrastan con la fealdad y la suciedad de las de la primera trilogía– como a la modernidad arquitectónica de la visión del futuro de Los Ángeles de Blade Runner, y dentro del cual Lucas se permite un pequeño guiño directo a la mismísima Lawrence de Arabia: que el director quisiera convertir la Plaza de España de Sevilla en una parte de Naboo no era tanto un capricho de producción como una alusión directa a una secuencia de la obra maestra de David Lean, uno de cuyos planos en movimiento reprodujo, literalmente, con Christensen, Portman y R2-D2.

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