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Allanando montes del alma

© Piutus / Flickr / CC

Excavadora

Carlos Padilla Esteban - publicado el 06/12/15 - actualizado el 18/11/17

Me da miedo ser un centinela dormido, un perro mudo

Somos personas en construcción. Por eso me gusta la imagen de este domingo: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos».

Preparar caminos nuevos; allanar los montes de mi alma, los montes que obstaculizan y no me dejan ver con claridad por dónde ir; llenar el valle para que tenga suficiente altura y así poder salir de mi nostalgia cuando me invada el desánimo.

Me gusta la imagen de construir sobre cimientos sólidos mi vida. Cambiar lo que haya que cambiar. Dejar igual lo que funciona bien. No porque ya haga algo desde hace años tengo que cambiarlo. Si funciona y me da vida puedo seguir haciéndolo. Si no funciona, si me hace mal, lo cambio.

Vivimos en una época en que lo nuevo es muy atractivo y las cosas quedan anticuadas en seguida. Queremos cambiar lo viejo aunque todavía funcione bien. No nos importa.

Cambiar una lavadora porque me ofrecen una nueva muy barata. Funciona la vieja, pero la cambiamos. Como si lo nuevo fuera siempre mejor que lo viejo. Cambiar de trabajo, de casa, de ciudad, de amigos. Cambiar de vida. Como si la vida que llevamos nos aburriera.

¿Es necesario siempre cambiar por cambiar? No por cambiar soy más feliz. Tengo que hacerlo con un sentido. Es bueno cambiar lo que no funciona, mejorar mis hábitos y mis maneras cuando no son las adecuadas.

Cambiar de casa cuando la que tengo no puedo mantenerla o me queda pequeña. Cambiar de trabajo cuando ya no doy más en el que tengo, porque he tocado mi techo o porque no me ayuda a ser mejor persona. Cambiar por cambiar no siempre es bueno.

¿Qué cosas tengo que cambiar al comenzar este Adviento? Cambiar el alma es importante. Porque siempre podemos ser mejores, tener mejor humor, ser más de Dios y vivir menos apegados a la tierra.

Siempre podemos soñar más alto y alcanzar cumbres inexploradas. Creo que el cambio más importante pasa por construir sobre una tierra que esté en orden.

Juan Bautista hoy es el profeta que “se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados”.

Estando Juan en el desierto vino la palabra de Dios sobre él. Y algo cambió en su corazón. Pienso que encontró su misión. Su misión de abrir un camino para otro, de señalar a otro. Se convierte en esa “Voz que clama en el desierto”.

Me impresiona que grite con fuerza en el desierto. Nadie lo oye. Y él continúa gritando. Me apasiona su fuerza. Grita, no calla. No es un pastor indiferente. No es un centinela de los que critica Isaías: Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar, soñadores acostados, amigos de dormirIs 56,10.

Juan no es un guardián que se olvida. Él se eleva, grita, denuncia, pide, reclama, exige. Pide que cambiemos de conducta, que dejemos de actuar movidos por nuestros vicios. Me impresiona su fuerza y lo poco que le importa el qué dirán, la reacción de los hombres a sus palabras duras.

A mí me importa más lo que piensen de mí. Y me cuesta que no tenga eco mi voz. Me asusta el olvido en el camino o el rechazo de los hombres. No quiero ser como ese polvo que se pierde. Pero me asusta callarme, ser mudo.

Me da miedo ser un centinela dormido, un perro mudo. Me da miedo sestear acariciando las palabras de Jesús en horas de café. Escribir poesía que no transforme mi vida. Suavizar las palabras de Jesús, y sus gestos, y su amor.

Me impresiona esa fuerza de Juan para denunciar, para decir la verdad, sin miedo, sin tapujos. Y hoy a veces endulzo tanto el Evangelio para que no me duela tanto. Adormecida el alma nada temo. Como si la vida fuera un contemporizar con lo que vivo. Justificando mis formas. Sin criticar nada, sin juzgarme nunca.

Y me da miedo que hablar de la misericordia se convierta en una mano suave que me deja tranquilo y conforme con la vida que llevo. Porque hoy Juan me dice que tengo que preparar los caminos porque así “todos verán la salvación de Dios”.

La salvación que necesita el hombre de hoy. Un hombre asustado con las guerras, con el cambio climático, con la contaminación, con la vida que es tan cara y no nos deja tener hijos. Un hombre adormecido en su sillón, cansado de la vida y de las prisas. Un hombre que descansa y no quiere que nadie le incomode.

Me gustaría que Jesús trabajara este Adviento mi corazón. Que eliminara lo escabroso, reblandeciera lo duro, humedeciera lo seco. Que me hiciera más audaz, más valiente. ¿Cuál es el camino que tengo que seguir? Desde mi corazón a su corazón. Es el camino más rápido. El que comienzo a allanar. Porque de su corazón sale el camino al que sufre, al herido.

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