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«Jamás me creí capaz, hasta que me vi allí»

©Archivo personal Carlos Córdoba

Alfa y Omega - publicado el 22/11/15

Laicos con inquietud misionera

«¿Qué hago yo aquí?», se preguntó Carlos nada más bajar del avión. Acababa de llegar a Etiopía. Comenzaban tres años de misión que cambiarían su vida. Carlos Córdoba es laico y la llamada a la misión le había llevado a posponer una posible boda.

«Al llegar a mi destino final –Abobó, en la diócesis de Gambela–, me recibieron un matrimonio y una laica consagrada, italianos. No conocía su idioma y me sentía raro», recuerda.

En Abobó, frontera con Sudán del Sur, «viven en una cabaña, con tres o cuatro cabras y un pedacito de tierra. Los niños van al colegio con un bolígrafo y un cuaderno».

Poco a poco, Carlos se fue adaptando: «Jamás me creí capaz de hablar las lenguas locales, hasta que me vi allí. Me enseñaron los niños de la calle. Te das cuenta de que tus límites están más lejos de donde tú los pones, y de que la vida está para gastarla».

El joven trabajaba en un centro juvenil, realizaba labores pastorales, y ayudaba en la gestión de un centro de salud. Uno de los mayores desafíos para los misioneros es ayudar sin crear dependencia. «Tú no puedes solucionarles todo. Vas a compartir la vida. Queremos que los protagonistas del desarrollo sean las comunidades. Por eso, nosotros no tenemos proyectos propios», sino que van donde lo piden las comunidades locales.

«¿Qué buscas?»
Quien puso en contacto a Carlos con la misión de Abobó fue la asociación de laicos misioneros OCASHA-Cristianos con el Sur, que también le dio formación antes de enviarle. Se la recomendó un matrimonio de su parroquia, que había estado en Zambia y conocía la inquietud misionera que había ido surgiendo en este joven gracias a su implicación en la parroquia y al testimonio de su tío, que fue misionero en la región africana de los Grandes Lagos.

Carlos volvió el pasado fin de semana a un encuentro de Ocasha, aunque esta vez para ofrecer su experiencia y testimonio a otras personas con inquietud misionera. A estos encuentros «viene gente que dice: “Yo me quiero ir ya a la misión”. Pero tiene que haber un proceso serio de discernimiento», explica el joven.

Durante los encuentros, «explicamos nuestra actividad y nuestro compromiso, que es de tres años. A ellos les preguntamos qué buscan y hacemos alguna dinámica de autoconocimiento». Después se ofrecen unas jornadas de discernimiento «para ir poco a poco encauzando la vocación misionera». Estas jornadas acaban en mayo con un retiro espiritual y «se va viendo quién va a hacer el curso de misionología de tres meses», último paso antes de ir a la misión.

Volver pero acompañado

Los tres años en Etiopía se le hicieron cortos a Carlos Córdoba. «Me acuerdo de Abobó todos los días». En España sigue colaborando con OCASHA. «Me gusta comunicar la alegría que he recibido, por si sirve a otra gente. Cuando cuentas tu testimonio, la gente escucha. La misión es algo nuevo, Jesucristo es siempre nuevo, y la gente tiene ganas» de escucharlo.

Carlos piensa en volver algún día a la misión, pero no lo hará solo. Hace poco más de un año se casó con Piedad, su antigua novia, que le esperó. El viaje de novios fue a Abobó, donde «celebramos una segunda boda. Nos vistieron como lo hacen ellos y tuvimos una fiesta. Me alegró ver que entendían por qué me había ido».

Alicia Gómez-Monedero Gª del Pino

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

Tags:
misionerotestimonio
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