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En el nombre del Padre: Nacionalismo, Ideología, Barbarie

Universal Pictures
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Un clásico muy oportuno para leer los acontecimientos del presente

Hoy debemos recordar En el nombre del Padre porque nos ayuda a reflexionar sobre diversos temas candentes: en esta notable película encontramos el drama terrible del terrorismo y de la violencia, la reacción desmedida y brutal de un Estado que intenta defenderse y las derivas de los nacionalismos modernos. Todas grandes cuestiones de actualidad que mueven y remueven sentimientos intensos en tantas partes del mundo.

En el nombre del Padre fue estrenada en 1993, pero no ha envejecido. Tiene una grandeza narrativa y una excelencia en el guión y en la exhibición de tipos humanos que la hacen imprescindible para quien todavía no haya tenido ocasión de verla. El argumento recoge los hechos que rodearon la vida de Gerard Conlon, un joven que malvivía en las calles de Belfast robando lo que se le ponía a mano y huyendo a la vez de las tropas británicas y de los pistoleros del IRA, dispuestos a aplicarle su propia justicia. Una confusión policial lleva a su arresto y es acusado de uno de los atentados terroristas que en los años 70 devastaron las calles de Inglaterra y que tenían a las autoridades inglesas contra las cuerdas.

Eran días terribles y el conflicto en Irlanda se había enconado endiabladamente. Los políticos exigían resultados, y la legislación permitía retener a un sospechoso de terrorismo hasta siete días antes de presentarlo al juez con una acusación formal. Durante esa larga semana muchos eran golpeados, torturados y sometidos a todo tipo de presiones para que firmaran declaraciones incriminatorias y delataran a otros.

El descontrol y el odio que encaminaba las actuaciones policiales llevó al encarcelamiento de al menos 17 inocentes: “los cuatro de Guildford”, grupo que incluía a Conlon, “los siete de Maguire”, que afectó a varios de sus familiares, entre ellos su padre -que moriría en prisión- y “los seis de Birmingham”, fueron sentenciados en juicios que no eran otra cosa que pantomimas dirigidas a satisfacer a la opinión pública.

Si bárbaros resultan los terroristas que situaban su ideología por encima de la única realidad indudable –la persona–, no lo fueron menos quienes conseguían confesiones a base de golpes y manipulaban pruebas. Unos y otros se dejaron dominar por la animadversión, que les cegó la vista y les impidió comprender el valor de los seres que tenían delante, que debían estar por encima de las ilusiones y sentimientos –legítimos- que pudieran tener.

Aquellos sucesos, que se desarrollan en la película con un arte clásico y perfeccionista, nos ayudan a pensar sobre la capacidad del hombre para encerrar su mente y su corazón bajo los barrotes de la ideología, ya sea ésta el nacionalismo, el miedo o el rechazo de quien no tiene el mismo sentimiento de pertenencia.

Ahora que vemos la televisión consternados y algunos exigen respuestas rápidas y violentas, o cuando determinadas regiones intentan lograr la independencia en contra incluso de la mayoría de sus propias poblaciones, es un buen momento para darnos cuenta de hasta dónde puede llegar el ser humano si no mira a los demás con afecto y busca solucionar los conflictos con prudencia y atendiendo siempre el bien común, lejos de fanatismos y fobias.

 

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