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Dios y los judíos, una alianza nunca revocada

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Conocerla evita “formas enfermas de religión”, afirma el profesor Achim Buckenmaier en una entrevista a 50 años de la "Nostra Aetate"

El Concilio Vaticano II marcó un cambio en las relaciones entre la Iglesia católica y la comunidad judía, que van más allá de las páginas dedicadas al pueblo judío en el corpus de los documentos conciliares.

Desde este punto de vista, la declaración Nostra Aetate –que trata también las religiones orientales, el islam y la fraternidad universal de forma positiva buscando capturar los elementos capaces de poner las bases para superar una larga temporada de desconfianza y poco conocimiento recíproco– constituye uno de los textos fundamentales por su contenido y su crítica.

Nostra Aetate le abrió nuevas perspectivas a la Iglesia católica en la reflexión y el testimonio de la importancia del diálogo, basado en la acogida del otro, el conocimiento del otro, el compartir los “dones” del otro.

Un redescubrimiento de los valores bíblicos comunes que ha servido para tener una mejor comprensión de la llamada al diálogo ecuménico de los cristianos, como demuestra la Jornada Nacional para la profundización del conocimiento del pueblo judío, que desde 1990 se celebra el 17 de enero precisamente en la vigilia de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos.

A 50 años de la publicación de esta declaración, la Universidad Pontificia de Letrán (PUL) organizó una jornada de estudio titulada “¿Una alianza nunca revocada. Nostra Aetate, el largo camino desde Letrán IV hasta el Vaticano II?”. Para conocer más, hablamos con el profesor Achim Buckenmaier, que desde 2010 es director de la Cátedra para la Teología del Pueblo de Dios en la PUL.

Para ilustrar a grandes rasgos el tema de fondo del congreso: ¿cuáles son los puntos de ruptura y cuáles los de continuidad? ¿Cómo se pueden interpretar, por ejemplo, los 4 decretos relativos a los judíos promulgados con ocasión del Concilio de Letrán IV?

El Concilio de Letrán IV, celebrado exactamente hace 800 años, había comprendido bien la necesidad de la reforma de la Iglesia y por eso tuvo un gran alcance. Pero también decretó medidas contra los judíos y los musulmanes, que hoy consideramos discriminantes.

Los 4 decretos relativos a los judíos han prescrito ciertos vestidos como signo distintivo, junto con la prohibición de ocupar ciertos cargos públicos. Durante muchos siglos estos decretos han tenido consecuencias desastrosas.

Hace cincuenta años la declaración Nostra Aetate marcó un completo cambio por parte de la Iglesia católica. En el congreso se examinó este largo camino recorrido.

El entonces embajador del Estado de Israel, Mordechay Lewy, historiador, siguió los acontecimientos decisivos sobre este camino confrontando, por ejemplo, las actitudes divergentes a propósito de los judíos por parte de los dos papas Inocencio III y Juan XXIII.

El biblista Michael Maier de la Universidad Pontificia Gregoriana profundizó la visión bíblica conjuntamente de Israel y la Iglesia. Mientras yo añadí observaciones teológicas para una futura y más fértil relación judío-cristiana.

La Nostra Aetate de alguna forma ha abandonado la cultura de los prejuicios, el desprecio y la indiferencia en relación con los judíos, que se había alimentado durante siglos por la acusación de “deicidio”. A día de hoy la Iglesia no busca la conversión de los judíos. ¿Podemos, sin embargo, decir que durante dos milenios la Iglesia se ha equivocado en orar y buscar su conversión? Recuerdo, por ejemplo, las catequesis que los judíos encerrados dentro del ghetto de Roma, por voluntad del Papa Pablo VI, estaban obligados a escuchar cada semana.

Conducir a los hombres a la fe obligándolos ciertamente es un error fatal. Ya santo Tomás de Aquino lo reafirmó al citar a san Agustín: “Credere non potest nisi volens” (no se puede creer si no quieres).

Sobre esto hoy estamos todos de acuerdo, pero vemos que durante muchos siglos la Iglesia a menudo ha olvidado la sabiduría de sus teólogos.

La nueva base común realmente es Nostra Aetate, que ha declarado que la Iglesia, (…) deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”. A menudo los esfuerzos por su conversión forzada formaban parte de estas manifestaciones.

A propósito de la palabra “conversión” podemos atenernos a lo que el papa Benedicto XVI dijo sobre el camino de san Pablo, concretamente sobre su encuentro con Cristo frente a las puertas de Damasco: “En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo” (del discurso de la audiencia del 3 de septiembre de 2008). En este sentido, “conversión” es algo que todos necesitamos.

San Pablo expuso en la Carta a los Romanos que la vida de los cristianos tenía que ser tan atractiva para llenar de “celos” a los judíos (Rm 11,11). Quizá esta idea nos parece un poco extraña hoy, pero nos señala algo muy importante: en el sentido de “apropiarse de modo nuevo nuestra herencia”.

Somos nosotros cristianos los que tenemos que “convertirnos”: a la sabiduría de la Torah que transforma todos los ambientes de la vida personal y social, a la comprensión profunda de toda la historia de la salvación, a la llamada a ser un pueblo de Dios junto a Israel.

A propósito de los acontecimientos dolorosos como esas catequesis forzadas entonces en el Ghetto de Roma, sería un buen signo por nuestra parte recordar y visitar los diversos lugares del antijudaísmo cristianos que han existido hasta nuestros días.

Pensamos en esa iglesia cerca del Ghetto de Roma con la humillante inscripción y en ciertos cuadros de la tradición cristiana. Existen, por ejemplo, representaciones de la lapidación de san Esteban en que se ve a sus asesinos -es decir, los “judíos malos”- con el signo distintivo, el sombrero de los judíos, mientras que los “judíos buenos” -como el mismo San Esteban- sin él.

Sin embargo, la verdad es que al inicio la Iglesia primitiva de Jerusalén estaba construida únicamente por judíos que “acudían al Templo todos los días” (Hch 2,46).

Por eso el cuadro de la invitación al congreso muestra una representación medieval muy rara: Jesús y los dos discípulos de Emaús precisamente con este signo distintivo, el sombrero de los judíos.

En el prefacio de Benedicto XVI de un volumen de sus escritos relativos al Concilio Vaticano II publicado por el Institut Papst Benedikt XVI, al hablar de la Nostra Aetate, el papa emérito afirmó que “en el proceso de crítica activa (del documento mismo) poco a poco surge una debilidad de este texto de por sí extraordinario: este habla de la religión sólo de manera positiva e ignora las formas enfermas e inestables de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un amplio alcance”. ¿Qué piensa, está de acuerdo? ¿Cree que actualmente es más visible con el diluvio de los diversos “fundamentalismos”?

El papa emérito Benedicto XVI se conmovía mucho con este tema que a menudo reflexionaba desde el punto de vista de la relación entre “fe y razón”.

La razón necesita de la fe para entender sus límites y para alcanzar toda la profundidad de la existencia humana, pero la fe necesita de la razón para ser clarificada y purificada.

Se puede entender el camino de Israel también como un camino de la purificación de la religión. Si el cristianismo no conoce este camino de Israel, al contrario, lo calumnia, corre el riesgo de recaer en las “formas enfermas e inestables de religión”.

El estudio de la historia de Israel es una gran ayuda, sobre todo para la misma Iglesia. Israel había descubierto esto: ni los sentimientos humanos como el amor, el odio, el miedo, etc., ni los acontecimientos de la naturaleza o de la historia humana como la guerra, los terremotos, etc., son divinos, sino que sólo Dios lo es. Esto lleva al hombre a una nueva responsabilidad.

Por eso un Congreso como el del 9 de noviembre no fue sólo una ocasión para tener un coloquio con el judaísmo, sino para entender de manera más profunda la intención del mismo Jesús: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas” (Mt 5,17).

Para realizarlo, mejor dicho para vivir esta “alianza nunca revocada” se debe conocer el camino que Dios ha recorrido con nuestros hermanos judíos, 800 años después del Letrán IV y cincuenta años después del Vaticano II con Nostra Aetate.

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