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¿Conoces el espíritu de tu hijo?

© Pezibear
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Miremos a nuestros hijos con una nueva mirada

Hace unos días reflexionaba sobre todo lo que nos pasa por la cabeza en una milésima de segundo. Luego pensé en cuánto podría pasar en un día completo. Si en este instante cada uno de los que leen este post hiciera lo mismo, sin duda se daría cuenta de que hasta inconscientemente pensamos absolutamente todo el tiempo. Hasta me atrevería a afirmar que inclusive durmiendo no dejamos de darle vueltas a las cosas, más allá de los sueños.

Si en un afán de ir más allá con este ejercicio pretendiéramos poner por escrito todo lo que ha procesado nuestro cerebro en las últimas 24 horas, seguramente el resultado en el papel sería muy pobre en proporción a la realidad.

¿Por qué pensamos tanto? ¿Por qué nuestra máquina, intelectual y emocional, no se detiene nunca? “El interior de cualquier hombre es un espacio con dimensiones insospechadas. ‘No habría bastantes palabras en nuestro diccionario para expresar lo que ocurre en un día en el espíritu de un hombre’, señala un gran escritor francés que ha dedicado su vida a ponerlo por escrito. Pero no es posible abarcarlo. No sólo porque suceden muchas cosas, sino también porque, en gran parte, nuestro interior nos es tan desconocido como una selva inexplorada”, dice Juan Luis Lorda, citando a Julian Green. [i]

Es así. Cada ser humano es un mundo infinito. Una intimidad insospechada y hasta oculta. Y mientras más cultivada espiritualmente sea la persona, las esquinas y los escondites se multiplican. Este principio es muy fácil de entender cuando nos miramos de vez en cuando a nosotros mismos. Pensamos, sentimos y actuamos de tantas formas que hasta nos sorprendemos de ser tan ricos e impredecibles.

Sin embargo, muchas veces, cuando se trata de mirar al otro, no hacemos la misma reflexión. Somos incapaces de imaginar este mundo interior ajeno igual o más elaborado que el nuestro. A veces sólo vemos a alguien ahí, como un objeto, sin darnos el trabajo de entender y aceptar que ese otro es igual a mí. Que tiene la misma dignidad. Las mismas potencias. La misma capacidad espiritual.

Lo más increíble es que este desconocimiento suceda muchas veces en nuestra propia casa, inclusive con nuestro cónyuge e hijos. No es inusual que como padres veamos en los hijos personas que, si bien amamos mucho, son de cierta manera seres que llegaron a nuestra vida como un apéndice y que debemos educar para que sean personas de bien, académicamente lo mejor que puedan (y más) y socialmente reconocidos. Y en esta dinámica conversamos con ellos al paso, salimos de lo urgente, intercambiamos lo superficial. Sobrevivimos al día a día sin sumergirnos en lo profundo.

Pero no nos damos cuenta que al frente tenemos a otro que si bien puede ser chiquitito o ya pasarnos en altura, es tan o más profundo que nosotros, y en cuya cabeza también pasan millones de temas al segundo, al minuto, a la hora y al día. ¿Alguna vez nos hemos detenido a decir: “Sí, este hijo mío tiene un espíritu con miles de escondites, con anhelos tan profundos como los míos que no tienen que ver con lo material o lo pedagógico?”.

No hay que sentirse mal si aún no lo hemos hecho o si nuestra aproximación ha sido insuficiente. Lo importante hoy es tomar conciencia sobre lo especial que es la persona a quién tenemos al frente, sangre de nuestra sangre, pero con su propia intimidad y espiritualidad, distinta a la nuestra pero igual de digna. Y que debemos tratar de conocerla para aprender a comprenderla y a guiarla en su verdadera búsqueda de felicidad. “Descubrir la verdad sobre el hombre suspende el ánimo y causa admiración. Sin embargo, ese descubrimiento no puede ser repentino: exige un largo familiarizarse con su modo de ser y actuar. La realidad humana es tan rica y compleja que no puede abarcarse con una sola mirada. Es necesario aproximarse a ella desde diversas perspectivas”. [ii]

¿Por qué no hacemos hoy el ejercicio de mirar a nuestro (s) hijo (s) con esta nueva mirada? Puede ser el punto de partida de una aventura de amor y crianza totalmente distinta.

Artículo originalmente publicado por La Mamá Oca

[i] LORDA, J.L. Humanismo. Los bienes invisibles. Editorial Rialp. p.13 .
[ii] YEPES, R. Y ARANGUREN, J. Fundamentos de Antropología. Un ideal de la excelencia humana. (6ta ed). Ediciones Universidad de Navarra. Pamplona, 2009.
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