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Papa Francisco: los cristianos no deben tener miedo al ocaso de las cosas

Lauri Heikkinen / Flickr
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Homilía de este viernes 13 de noviembre en la Casa Santa Marta

Hay dos peligros que acechan a los creyentes: la tentación de divinizar las cosas de la tierra y la de idolatrar las “costumbres” como si todo fuese a durar para siempre. En cambio, la única belleza eterna que hay que mirar es la de Dios. Lo dijo hoy el Papa Francisco en la homilía en la Casa Santa Marta del Vaticano.

“La gran belleza es Dios”. Lo recita también el Salmo: “Los cielos proclaman la belleza de Dios”. El problema del hombre es que a menudo se arrodilla ante lo que es sólo un reflejo de ese esplendor –y que un día se apagará– o peor, se hace devoto de placeres aún más pasajeros.

El Papa desarrolló la homilía poniendo de relieve las dos idolatrías en las que se puede caer.

La primera Lectura y el salmo, observó el Papa, hablan de la “belleza de la creación”, pero subrayan también el “error” de “esa gente que no es capaz de mirar más allá de estas cosas bellas, es decir, a la trascendencia”. Una actitud en la que Francisco señaló la que llamó “idolatría de la inmanencia”. Se queda en la belleza, “sin un más allá”.

“Se apegan a esta idolatría; se llenan de asombro por su poder y energía. No piensan cuán superior es su soberano, porque las ha creado Aquel que es el principio y el autor de la belleza», dijo.

«Es una idolatría mirar las cosas bellas –muchas– sin pensar que habrá un ocaso. También el ocaso tiene su belleza… Y esta idolatría de apegarse a la belleza de aquí, sin la trascendencia… todos nosotros corremos el peligro de tenerla -advirtió-. Es la idolatría de la inmanencia. Creemos que las cosas como son, son casi dioses, no acabarán nunca. Olvidamos el ocaso”.

La otra idolatría, subrayó, “es la de las costumbres” que vuelven sordo el corazón. Francisco la ilustró recordando las palabras de Jesús en el Evangelio del día, su descripción de los hombres y de las mujeres en tiempos de Noé, o a los de Sodoma cuando “comían, bebían, tomaban mujer y marido” sin preocuparse de otra cosa, hasta el momento del diluvio o de la lluvia de fuego y azufre, de la destrucción absoluta.

“Todo es habitual. La vida es así: vivimos así, sin pensar en el ocaso de esta forma de vivir. También esta es una idolatría: apegarse a las costumbres, sin pensar que esto terminará», continuó Francisco.

«Y la Iglesia nos hace mirar el final de estas cosas. También las costumbres pueden ser consideradas como dioses -constató-. ¿La idolatría? La vida es así, sigamos adelante… Y así como la belleza acabará en otra belleza, nuestra costumbre acabará en una eternidad, en otra costumbre. ¡Pero está Dios!”.

En cambio, exhortó Francisco, hay que volver la mirada “siempre más allá”, a la “costumbre final”, al único Dios que está más allá “del final de las cosas creadas”, como la Iglesia enseña en estos días que concluyen el Año litúrgico, para no repetir el error fatal de mirar atrás, como sucedió con la mujer de Lot, teniendo la certeza de que si “la vida es bella, también el ocaso será muy bello”.

“Nosotros –los creyentes– no somos gente que vuelve atrás, que cede, sino gente que va siempre adelante”, dijo.

«Ir siempre adelante en esta vida, mirando las bellezas y con las costumbres que tenemos todos, pero sin divinizarlas -concluyó-. Acabarán, tanto estas pequeñas bellezas, que reflejan la gran belleza, como nuestras costumbres, para sobrevivir en el canto eterno, en la contemplación de la gloria de Dios”.

 

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