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Back to the future III: todo empezó aquí

Universal Pictures
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El apoteósico final de una simpática trilogía que nunca soñó con hacer historia

Como aconsejó Billy Wilder a Cameron Crowe y quedó recogido en su recomendable libro-entrevista, si el tercer acto no funciona el problema lo tienes en el primer acto. Y con un primer acto tan magníficamente redondo como es la primera entrega de esta saga era prácticamente imposible que la tercera película no funcionase.

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Fue la primera ocasión en que las dos continuaciones a una primera película nacida sin vocación de continuar se rodaron a la par y se estrenaron con varios meses de diferencia. Luego vendría el ejemplo de “Matrix” para consolidar casi como preciosa excepción la mencionada capacidad de “Regreso al futuro” de generar dos secuelas como mínimo a la altura de la original.

Pero en el caso de esa pasada por el Far West de nuestros queridos Marty McFly y Emmet Brown la constancia paródico-homenajeante de diversos guiños al género del western no hacía sino enriquecer aún más lo que ya conocíamos. Si en la primera entrega el juego de palabras con la marca de la ropa interior del protagonista (Calvin Klein en el original, Levi-Strauss en el doblaje español) despertaba una sonrisa de complicidad en el último capítulo las referencias a Clint Eastwood como paradigma del spaghetti-western eran ya un elemento esencial a parte de la trama.

Superar la premisa original del viaje al pasado quedó arrasado con la segunda entrega al mostrar los vaivenes de futuros alternativos y presentes paralelos que mutaban en función de las acciones pasadas, presentes y futuras (casi podría resumirse diciendo que estamos ante un señor Scrooge con DeLorean) pero el impulso de regresar al futuro y dejar el pasado escrito de la manera más conveniente para que nada cambie dentro de un siglo permite por primera vez en la saga salirnos de la civilización para acudir a los orígenes de todo lo que hemos conocido, desde el primer McFly nacido en suelo estadounidense al propio reloj del ayuntamiento (y la plaza ante sí) que tanta importancia tiene a lo largo de toda la saga.

Estados Unidos de América es aún una nación joven y más allá del 1776 de su declaración de independencia a finales del S. XIX aún es un país en formación, que está creando los cimientos sobre los que se asienta, y en el imaginario colectivo ese choque de civilización sobre una tierra salvaje que se conquista desde un punto de vista tan romántico como materialista supone el broche de oro a la explicación de porque las cosas son como son y porqué merece la pena esforzarse para que sigan siendo como siempre fueron. Que no nos detenga el hecho de descubrir unas lápidas con nuestros nombres si somos capaces de esquivar ese destino para que prevalezca el que dará lugar a todo lo que conocemos.

La nostalgia del pasado, especialmente de aquel que nunca sucedió, ha dado origen a todo un género narrativo y estilístico, denominado steam-punk y que en esencia estira más allá de la realidad lo que la máquina de vapor pudo haber aportado en cuanto a progreso científico y tecnológico en las postrimerías del S. XIX adornado todo ello con el preciosismo decorativo y de materiales que suele asociarse a dicho período.

En ese sentido “Regreso al futuro III” bebe libremente de esa fuente, decantándose ya sin prejuicios en la aparición final de Doc Brown con su feliz familia al mando de una clásica máquina de tren decimonónica que (cómo no) también es capaz de volar (recuerden, “a donde vamos no necesitamos carreteras”).

Sus dos hijos no pueden llamarse de otra manera, Julio y Verne. Y es que si el viaje al pasado más remoto de la saga nos permite vivir aquella época en la que todo parecía posible al conquistar una nación, el origen de todo lo que nos parece posible sobre el papel y la pantalla cuando hablamos de ciencia-ficción se debe a la fértil mente de alguien que nunca salió de su país físicamente pero cuya imaginación voló tanto a remotos países como a siglos venideros. En algunos casos con una precisión más que asombrosa.

Baste decir que describió en “De la Tierra a la Luna” el lanzamiento de la cápsula ubicando su punto de partida con apenas 200 kms de error sobre Cabo Kennedy y las medidas de la misma difieren en apenas centímetros, por poner un par de ejemplos. Ese origen de todo es el que nos han contado al final a modo de cierre de la aventura. Un cierre que cuenta incluso con la actuación en directo en la verbena del pueblo de los antecedentes de ZZ Top. ¿Se puede pedir más?

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