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Es bello ser hijo de padres santos

© Marina del Castell / Flickr / CC
Fotos y recuerdos
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"Nuestra casa estaba abierta a los pobres y a veces se les invitaba a comer..."

Comenzado el sínodo sobre la familia, invito a los amigos lectores a rezar por esta importante celebración de la Iglesia católica. Deseo solo contar mi experiencia de haber nacido de padres santos (el juicio pertenece naturalmente a la Iglesia), que ha hecho mi vida y la de mis hermanos serena y también alegre.

En nosotros, niños, la fe entró naturalmente como la lengua italiana. Rosetta y Giovanni eran verdaderamente creyentes e imitadores de Jesucristo. Uno de los recuerdos más bellos que tengo de ellos es cuando, después de cenar (se come a las 12 y se cena a las 19, como muchos en Tronzano en aquella época), rezábamos juntos el Rosario sentados alrededor de la mesa de la cocina.

Papá y mamá nos ayudaban a rezar el Avemaría, a unir las manos. Y poco después nos llevaban a dormir. En el cuarto matrimonial había un bello cuadro de María con el pequeño Jesús en brazos, nos arrodillábamos todos ante el cuadro y rezábamos juntos la oración de la noche.

Rosetta y Giovanni se casaron por amor, querían doce hijos, (¡uno más que la abuela Anna!), aunque vivían en una situación económica precaria. ¡Se fiaban de la Providencia de Dios!

Eran “esposos para siempre”. Giovanni perdió a Rosetta a los 34 años (ella tenía 32) y le fue fiel, aunque en Tronzano era un personaje muy querido como presidente de la Acción Católica de los jóvenes y tuvo muchas ocasiones de volver a casarse. Pero él decía: “Quise tanto a Rosetta que no podría querer tanto a otra mujer”.

El 26 de octubre de 1934, mamá Rosetta muere de pulmonía y de parto con dos gemelos de siete meses (que murieron también con ella). Papá Giovanni y nosotros, los tres niños, nos unimos a la familia de la abuela Anna y de la tía Adelaida, la hermana mayor de papá y directora didáctica de las escuelas de Tronzano.

Papá era topógrafo y durante el día trabajaba mucho visitando las granjas y los pueblos cercanos con la bici, pero durante el día nos despertaba a las cinco de la mañana para llevarnos a la primera misa de la parroquia que se celebraba a las seis.

Recuerdo que papá estaba en el coro tras el altar y yo ayudaba en la misa y me encargaba, si él no venía cuando el sacerdote distribuía la comunión, de ir hacia él para avisarle de que viniera y a veces ¡lo encontraba dormido!

Querido papa, trabajabas todo el día y por la noche estabas despierto hasta las diez o las once de la noche para hacer las cuentas y diseñar tus trabajos. Pero por la mañana ponías el despertador a las cinco para no perderte la misa. Son estos lo ejemplos que permanecen en nuestra memoria de hijos y nos educan todavía en la fe y la vida cristiana.

Nuestros padres se abrían al prójimo. Mamá, maestra de primaria, de jovencita se dedicaba gratuitamente a los niños en la guardería y en la escuela primaria y por la tarde daba clase a los adultos analfabetos.

Nos enseñaba a nosotros a repartir la mitad los regalos del Niño Jesús con los niños que vivían cerca de nosotros y que no tenían familias económicamente bien situadas como el padre y las hermanas de mamá Rosetta. Nuestra casa estaba abierta a los pobres y a veces se les invitaba a comer.

A papá lo llamaban “el pacificador” porque cuando había familias que peleaban lo llamaban para que mediase. Sabía hablar de paz y de perdón y era convincente. No tenía ningún encargo oficial, pero restablecía la comunión a familias divididas haciéndoles rezar juntas y resolviendo sus problemas de herencias de casas y terrenos.

Lo llamaban también “el topógrafo de los pobres” porque trabajaba gratis o por poco dinero para los pobres y para el Asilo de las Hermanitas.

Mamá Roseta y papá Juan nos transmitieron una gran confianza en Dios, en su amor y su Providencia. Recuerdo bien que papá nos decía a menudo: “Debéis quereros mucho y estar siempre de acuerdo”. Expresiones que repetían constantemente: “Lo más importante es hacer la Voluntad de Dios” (mamá Rosetta). “Estamos siempre en las manos de Dios” (Giovanni).

En su lecho de muerte, el marido le decía: “Si te curas lo haremos de otra manera porque todos estos hijos te han debilitado”, Rosetta le respondía: “Giovanni, haremos siempre la voluntad de Dios”.

Ciertamente papá sufrió mucho la muerte prematura de mama (su matrimonio duró solo seis años, de 1928-1934), pero tenía un carácter que educaba sin hablar.

Estaba siempre tranquilo, alegre, abierto a los demás, sabía jugar con nosotros después de cenar, concluido el rezo del Rosario, nos preguntaba siempre, uno por uno, cómo había ido el día: la escuela, el oratorio, los amigos…

En las cartas escritas desde la URSS, nunca parecía triste o desanimado, solo lleno de esperanza por volver a casa, en esas situaciones tan trágicas, a 20 o 30 bajo cero y las bombas enemigas. Pero él decía que era un frío seco que se soportaba bien.

No quiso ir a la guerra por su condición de viudo y padre de tres hijos menores, pero lo mandaron a primera línea en Rusia, porque nunca se inscribió al Partido Fascista, no participaba en las manifestaciones patrióticas y ayudaba a los perseguidos por el régimen encontrándoles trabajo.

Terminó su vida con un gesto que recuerda al de san Maximiliano Kolbe en Auschwitz: se quedó con los heridos que no podían ser trasladados, mandando a casa a su subteniente más joven. Ofrece su vida por él, que después se convirtió en el alcalde democristiano de Vercelli dos veces.

Rosetta y Giovanni demuestran que se puede vivir el Evangelio en una vida como la de los demás, pero vivida de una forma extraordinaria. Todos los que creen en Cristo están llamados a la santidad, es decir a la imitación de Cristo en la vida normal cotidiana. “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”, escribía San Pablo a los Tesalonicenses (1Ts 4,3).

No quiero resumir la biografía de papá y mamá en estas dos páginas pero papá, que vivió con nosotros en Tronzano hasta 1940 cuando se fue a la guerra, nos dio ejemplos de mortificación porque decía: “es necesario mortificarse en las cosas lícitas para poder resistir en las ilícitas”.

No fumaba, no bebía vino (salvo en algún brindis en las comidas), no jugaba a la lotería ni a los juegos de azar (tan comunes en esa época) y nos recordaba las virtudes y mortificaciones (florecillas) de mamá Rosetta.

El arzobispo de Vercelli, Enrico Masseroni, comunicándome su decisión de comenzar la causa de canonización (el 18 de febrero de 2006 en Tronzano) me dijo (texto registrado): “La causa de beatificación de tus padres me interesa mucho y la pongo en las manos de Dios. Yo mismo tuve un papá extraordinario y considero que el tuyo es ejemplar, porque representa el tipo de hombre de la Acción Católica. También mi padre fue a la guerra. Y me gusta que las figuras de tus padres sean puestas como modelo en un tiempo como el nuestro donde nos faltan modelos, un tiempo de “áurea mediocridad”. También soy de la opinión de que la llamada de todos a la santidad debe ser documentada con ejemplos concretos. Recordamos y honramos a tus padres para recordar también a muchos otros”.

Doy gracias al Señor de ser el hijo primogénito de Rosetta Franzi y Giovanni Gheddo y recomiendo a todos los amigos lectores que recen por esta causa de beatificación, que la Iglesia cree útil como ejemplo del Evangelio vivido por una pareja normal de esposos.

 

Por Piero Gheddo

Artículo publicado originalmente por La Nuova Bussola Quotidiana

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