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¿Se puede saber si alguien está o no en el cielo?

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By Ralf Geithe - Shutterstock
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No conocemos lo que hay en los corazones, y no sabemos por qué caminos puede llegar a las almas la acción misericordiosa de Dios

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre” (Catecismo, 1022).

¿Es posible saber la situación de un fallecido?

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Con respecto al infierno

Comencemos por decir que no nos toca a nosotros ni juzgar ni mucho menos condenar a nadie. Sólo sabemos que existe el infierno, pues es dogma de fe; como también sabemos, con absoluta certeza, que existe el Cielo.

Pero, ¿quién está en el infierno? No tenemos por qué indagarlo ni saberlo, es prácticamente imposible.

Es imposible dar nombres porque no conocemos lo que hay en los corazones, y porque no sabemos por qué caminos puede llegar a las almas la acción misericordiosa de Dios, quien en boca de Jesús dijo que su interés es buscar a la oveja perdida.

Sin embargo, hay muchos santos a quienes Dios les ha concedido una visión del infierno, como es el caso de santa Teresa de Ávila que decía: “Vi almas que caían al infierno como hojas que caen en el otoño”.

La Iglesia nunca ha hecho ni nunca hará una ‘canonización’ negativa, en la que asegure que cierta persona esté en el infierno; ni siquiera cuando la iglesia ha declarado una excomunión.

El hecho que una persona esté excomulgada no significa que esté condenada al infierno, simplemente se declara que dicha persona está fuera de la comunión de la Iglesia.

Pero el estar fuera de la Iglesia no significa necesariamente condenación en el infierno. Una persona excomulgada en un momento antes de su muerte podría arrepentirse de sus pecados y eso es suficiente para que pueda ser salvado, así es de espectacular y grande la misericordia de Dios.

Tampoco los que no conocen a Jesucristo están privados de salvación. “Los que desconocen sin culpa el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (Vat. II, LG 16)”.

No podemos estar plenamente ciertos de que una persona a quien se ha visto morir en pecado se haya ido al infierno. Ni siquiera lo podemos estar de las personas que, con nuestros criterios, pensamos que se dirigían o iban inexorablemente camino de él en términos generales.

¿Y por qué no podemos tener esta certeza? Quien muere en pecado mortal, sin arrepentirse, va al infierno, pero no es fácil saber si quien ha pecado gravemente, lo ha hecho con pleno conocimiento y con plena libertad, como se requiere para que haya pecado mortal.

Y aun suponiendo que haya pecado mortal, es decir, grave, consciente y libre, no podemos saber si la gracia de Dios tocó o no al pecador a la hora de la muerte y si en aquel momento supremo no volvió a Dios su alma arrepentida.

De lo anterior se desprenden dos cosas: Que no debemos negar nuestras oraciones, sufragios, sacrificios y buenas obras en general, por el alma de alguien de quien pensemos puede estar en el infierno. Y que no podemos tener idea de cuál sea el número, condición o nombre de los condenados.

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Con respecto al cielo

La única certeza de que alguien está en el cielo la tenemos solamente en cinco casos:

A) En el caso de los que siempre, por tradición, la Iglesia nos ha afirmado que están en cielo (La virgen María, San José, San Pablo, etc.).

B) En el caso de las personas que ya han sido canonizadas.

C) En el caso de los niños muertos después del bautismo; y más aún si murieron sin uso de razón. Así como los niños muertos antes o después del nacimiento y sin el bautismo tradicional.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos.

En efecto, la gran misericordia de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven” (cf. 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo» (Catecismo, 1261).

Y este camino existe pues: “Dios no ató su poder a los sacramentos, y por eso puede conferir el efecto de los sacramentos sin los sacramentos. Dios puede por tanto dar la gracia del Bautismo sin que el sacramento sea administrado, un hecho que debería ser especialmente recordado cuando la administración del Bautismo fuera imposible” (La esperanza de la salvación para los niños que mueren sin Bautismo, 82)”.

D) Los que al morir gozaron del privilegio sabatino. ¿Cuál es el privilegio sabatino? Es el privilegio, reconocido por el Papa Pío XII, del que gozan quienes mueren con el santo escapulario de la Virgen del Carmen y que tengan que expiar sus culpas en el purgatorio. Según este privilegio la intercesión de la Virgen del Carmen hará que los devotos, cumpliendo a cabalidad con todas las condiciones o requisitos, alcancen la patria celestial lo antes posible o, a más tardar, el sábado siguiente a la muerte.

E) También a veces de manera extraordinaria o excepcional en algún caso podría suceder, a manera de revelación y con la autorización de Dios, que un ser querido desaparecido nos haga sentir de cierta forma su presencia, su intercesión por nosotros delante de Dios; ya que quienes están cerca de Dios no están pasivos o inactivos, sino vivos, como vivo está Dios. Ellos contemplan sin cesar la faz de Dios, se maravillan de Él e interceden sin cesar por aquellos que avanzan en la tierra.

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Con respecto al Purgatorio

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).

Pero, ¿quién muere en estas condiciones?

a) Los santos son ejemplos de esta posibilidad de purificación en nuestra vida terrena: ninguno ha llegado a la santidad sin purificarse a través del sufrimiento vivido y ofrecido con fe, la entrega absoluta a los planes de Dios, las prácticas penitenciales, la ascesis, la mística y algunos, hasta el martirio. Todo esto con la intención de reparar ofensas a Dios. Por esto conviene que las oportunidades de purificación que nos presenta Dios a través de circunstancias dolorosas o adversas en nuestra vida sean vistas, no como un castigo, sino como lo que son: oportunidades de purificación, para disminuir u obviar el Purgatorio.

b) Tratando día tras día de desarrollar lo más que se pueda los talentos que Dios nos ha dado. Cuando se nace, Dios le regala a la persona unos dones en potencia, unos talentos y unas cualidades que depende de la persona desarrollar a favor del su reino a lo largo de la vida. Si al morir se tienen esas virtudes a medio hacer, no se puede entrar así al cielo, entonces durante el purgatorio, se perfeccionan esas virtudes que estaban imperfectas.

c) Otra manera de obviar o disminuir el purgatorio es recurrir a las indulgencias.

Es decir, lo que no se purifica consciente, activa y diligentemente hoy, se purificará en el purgatorio.

El purgatorio es dogma de fe.

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos […] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron […]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte […] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

“Los que mueren en gracia y en la amistad de Dios pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (Catecismo 1030).

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