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¿Debemos acoger a quienes llegan a Europa huyendo de las guerras?

© Vanguardia

Marcelo López Cambronero - publicado el 06/09/15

Los cristianos acogen: así de simple

Francisco Cuesta es el dicharachero ex-tenista profesional que protagoniza el programa televisivo Frank de la jungla, en el que observamos cómo busca por diferentes países los más variopintos animales salvajes.

Un día recorría la selva por una remota región de Filipinas junto a su equipo cuando llegaron a una zona poco habitada, apenas con algún poblado de chozas, y se les echó la noche encima.

El cámara preguntó, con la lógica preocupación: “Frank, ¿dónde vamos a dormir?”, recibiendo como respuesta: “Tú tranquilo. Por aquí son católicos y nos dejarán quedarnos en cualquier casa”. 

Así fue, efectivamente. En cuanto llamaron a una vivienda se vieron rodeados de un enjambre de niños que casi los llevaron en volandas dentro del hogar, donde una joven pareja les agasajó con lo poquísimo que tenían.

El cámara no daba crédito a aquella sencilla y desbordante hospitalidad y le preguntaba a la madre, en inglés y a voz en grito -por si así le entendía-: “¿Cuánto tenemos que pagar?” y ella, siempre sonriente y en esta ocasión entre carcajadas, negaba con la cabeza. Los cristianos acogen. Así de simple.

Desde hace tiempo los europeos vemos por televisión cómo decenas de miles de personas se juegan el pellejo cruzando mares o desiertos, saltando fronteras y alambradas para huir de las guerras desatadas en Oriente Medio (Siria, Líbano, Irák, también Yemen) hasta llegar a las puertas de Europa.

Muchas encuentran la muerte durante el viaje y otras -tal vez todas- son víctimas de humillaciones, violencia, robos y estafas por parte de las mafias de la trata.

Es gente que quería aferrarse a su tierra, pero que al final tuvo que dejarlo todo de un día para otro abandonando casa, trabajo, su familia o parte de ella, sus propiedades, su patria, porque estaban en riesgo de una muerte inminente.

Ha sido el odio, la intolerancia, la barbarie lo que les ha llevado a aventurarse en un camino inseguro con la esperanza de encontrar un brazo amigo que les sirva de punto de apoyo, que les proporcione un respiro, que les mantenga fuera del agua y, de esta forma, comenzar a reconstruir su vida.

Desde el punto de vista humanitario no debe quedarnos la más mínima duda de que un cristiano abre las puertas y acoge a quienes lo necesiten.

Cada uno de esos pobres hombres, mujeres y niños que vemos disputar por subir a un tren es un templo vivo del Espíritu Santo, un hermano, un Cristo que se acerca hasta el umbral de nuestra casa con su Cruz a cuestas.

Aquí están todos los argumentos. No hay excusas, ni razones de estado, ni estrategias sociopolíticas, ni cálculos de eminentes politólogos que afecten en lo más mínimo a esta verdad fundamental: lo que hagamos por uno de estos necesitados es como si lo hiciésemos por Cristo mismo.

Tampoco somos ingenuos: sabemos que son movimientos migratorios provocados por fuerzas que desean expulsar de Oriente Medio a los cristianos y, en general, a los que no compartan las vesanias, paranoias y maldades diabólicas del islamismo radical.

Detrás de esta crisis late la intención de realizar una limpieza étnica en la región, y no debemos olvidarlo.

Precisamente por eso es urgente, al mismo tiempo que nos volcamos en la caridad hacia los que nos necesitan, reclamar al poder político que actúe con inteligencia y celeridad.

En primer lugar con una clara identificación de los refugiados, procurando desenmascarar a la muy pequeña minoría que tenga malas intenciones, y también con el fin de proporcionar a quienes acogen la información básica que sea de ayuda a la convivencia.

En segundo lugar asumir de una vez por todas una postura firme contra el ISIS, sus secuaces y sus tentáculos financieros.

Es una responsabilidad defender a quien está siendo atacado injustamente, más bien masacrado, y no podemos seguir mirando a sotavento mientras la mancha negra de la peor de las tiranías se propaga por el mapa.

Concluyendo: esperamos innumerables gracias de una actitud de acogida (que ya de suyo es una gracia que no se ha de dar por supuesta), y también es importante exigir la intervención directa en los países de origen de estas personas para que puedan regresar a su hogar y reconstruir su vida de la mejor manera posible, que es lo que la mayoría desean.

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