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Una moto náutica, la inmigración y el liberalismo

guardiacivil.es

César Nebot - publicado el 03/09/15

Defender la economía de libre mercado y las restricciones fronterizas es un ejercicio de cinismo

Una moto acuática es abordada por la Guardia Civil surcando el mar que separa dos continentes. Van dos personas. La que va de paquete, claramente un inmigrante que busca alcanzar tierra europea, tiene los ojos llenos de terror. El motorista, al verse descubierto por la policía, opta sin dudar por empujar al inmigrante al agua. Desconoce si sabe nadar, tampoco le preocupa. Lo primordial es escapar y si la función de rescate de la Guardia Civil les hace optar por salvar al inmigrante, le va a permitir una ventaja importante para zafarse de la justicia.

Las penas por tráfico ilegal de inmigrantes se han ido endureciendo en los países europeos desde que el Consejo Europeo reunido en Tampere (Finlandia) instó un marco penal común europeo para la lucha contra la trata de seres humanos que contemplara sanciones y penas rigurosas para este grave delito.

Europa hace frente a una oleada de inmigración como hacía tiempo no vivía. Los conflictos bélicos, la expansión del estado del terror del Estado Islámico, las hambrunas propician que miríadas de personas abandonen la tierra que los vio nacer eligiendo una muerte probable frente a una muerte segura.

Es el drama de familias enteras y familias rotas que han vivido el horror y que con lo puesto buscan un refugio, un espacio donde ejercer el derecho inalienable de vivir en paz, un país donde el marco institucional permita un ámbito de convivencia, un contrato social, en el que el hombre no sea un lobo para el hombre, donde la barbarie no sea la tónica diaria.

Lo primero que se encuentran son las puertas cerradas de ese supuesto paraíso llamado Europa; pero no hay puertas lo suficientemente altas ni gruesas para bloquear la entrada a quien le ahoga la desesperación.

Esta necesidad urgente se traduce económicamente en una demanda insatisfecha. Para cubrir esa demanda, brota la oferta, las mafias se organizan para proveer un servicio de acceso al paraíso terrenal sin el beneplácito del ángel guardián.

Oferta y demanda llegan a un acuerdo en un mercado ilegal ajeno a la intervención estatal.  El productor del servicio estima sus costes, la probabilidad de ser descubierto y encarcelado, y en virtud de estos cálculos establece su precio de reserva.

Los demandantes tienen una disposición a pagar máxima que depende del grado de necesidad, de desesperación, de los recursos que tienen y de los que esperan conseguir una vez estén en la tierra prometida. En un mercado bajo libre competencia, el precio de equilibrio dará lugar a una situación eficiente. Cada uno maximizará sus beneficios y se realizará bajo un acuerdo.

Los defensores a ultranza del libre mercado consideran que las ineficiencias en los mercados se deben a las restricciones que se imponen a los agentes para operar con total libertad en sus decisiones económicas.  De acuerdo con esto, el causante del drama de la inmigración ilegal es la restricción de que puedan entrar libremente a Europa. En consecuencia y en coherencia, el país del liberalismo económico por excelencia, Estados Unidos, debería tener la frontera con México totalmente abierta y paradójicamente no es así. 

Frente a esto uno se debería preguntar si defender al mismo tiempo la economía de libre mercado y las restricciones fronterizas no es un ejercicio de cinismo o de esquizofrenia. De puertas hacia adentro se reclama que el libre mercado sea el credo de las relaciones económicas en favor de un mayor y mejor desarrollo y, en cambio, de cara a la inmigración, se habla del refuerzo de las fronteras con total tranquilidad y etiquetando cínicamente a las personas de ilegales para exculpar una conciencia esquizofrénica.

Pero por un momento asumamos la realidad del doble rasero del liberalismo económico del primer mundo y que por otros motivos se justifica la restricción fronteriza; asumamos que en el camino hacia al desarrollo económico y la economía del bienestar debemos seguir contemporizando con un liberalismo económico acotado, descafeinado, de doble rasero. En este caso, no se puede poner ni un pero a lo acordado entre el desesperado inmigrante y el traficante. Posiblemente sea una transacción que alcance la eficiencia ansiada por los defensores del libre mercado.  Peor aún.

Cuando la eventualidad del mercado cambia, los acuerdos deberían ser alterados desde la libertad que se les confiere. Cuando la probabilidad observada por el traficante de ser detenido se altere, éste debería poder renegociar el acuerdo y si no le conviene, rescindir el acuerdo. Simplemente, tirar por la borda al inmigrante sin importarle si se ahoga o no. Ese no es su problema. Simplemente es la ley de la oferta y la demanda.  

En un mundo perfectamente liberal, en total coherencia, sin dobles raseros, sin controles fronterizos, la operación de entrada del inmigrante se llevaría a término de forma eficiente y más económica, la mafia no sería tal sino una agencia de viajes y la aparición de la Guardia Civil persiguiendo al traficante de la moto acuática no se convertiría en un operación de rescate de un inmigrante que ve como se le ahogan las esperanzas de alcanzar la tierra prometida.  

Pero en un mundo donde se alude a la libertad económica y se restringe la entrada a la inmigración, donde existen lobbies que protegen sus intereses y realizan prácticas anticompetitivas mientras exigen la flexibilización de otros mercados, donde se bloquean importaciones según los intereses que están sobre la mesa y se exige la liberalización de mercados de productos de exportación, donde se dan tantos desequilibrios interesados en el poder de negociación el liberalismo dista mucho de ser pleno.

Tal vez, si llegara a ser pleno e inundara todos los mercados y todas las relaciones económicas, los mercados podrían estar al servicio del hombre. Aun así es muy discutible por cuanto condiciones del Primer Teorema del Bienestar, como la ausencia de externalidades o bienes públicos, no se cumplen.

Pero lo que está claro es que en tanto el liberalismo económico que predica Occidente siga siendo de doble rasero, acotado e interesado, en las relaciones económicas los mercados no se podrán al servicio del hombre sino que serán cauces para que el prójimo sea instrumento para los mercados.

Si adoptamos como credo este liberalismo económico de doble rasero, no tardaremos en ver normal que una gran empresa despida a trabajadores de forma injusta porque considera que ya no les interesa mientras ejerce en el mercado una práctica anticompetitiva. De igual modo, acabaremos por entender justificado que un traficante lance por la borda a un inmigrante simplemente porque ya no le interesa el acuerdo.  Ese día, es posible que hayamos convertido la Europa del bienestar en una suerte de barbarie no muy diferente de la que huía el inmigrante que se ahoga tirado al mar. Al tiempo.

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