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¿Conoces la extraordinaria labor del padre Pedro Opeka?

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Maria Paola Daud - Aleteia Team - publicado el 13/08/15

Un héroe argentino nominado al Nobel de la paz, gracias a su gran obra en uno de los pueblos más marginados de Madagascar.

El padre Pedro Pablo Opeka, nació en San Martín, Buenos Aires, hijo de inmigrantes eslovenos. En 1945 su padre, Luis Opeka, de profundas convicciones cristianas, es arrestado por los comunistas de Tito y se le condena a muerte por fusilación (el régimen de Tito en Yugoslavia obligaba a los cristianos a renunciar a su fe. Muchos de ellos se auto-exiliaron a Argentina). Consigue escapar y se dirige hacia Italia, en donde conoce a María, su esposa, antes de partir a Argentina.

Pedro Opeka crece en las calles de un suburbio de Buenos Aires. A los seis años, un Viernes Santo, su madre le ve con una espada de madera:
– «¿A dónde vas?»
– «Voy a buscar a los que mataron a Jesús.»
Son 8 hermanos y de niño aprendió junto a su padre el oficio de albañil

Estudió en Lanús, vivió en Ramos Mejía e hizo el noviciado con los hermanos de San Vicente de Paúl en San Miguel. Luego estudio Filosofía en Eslovenia y Teología en Francia. El 28 de septiembre de 1975, vuelve Buenos Aires, para ordenarse sacerdote en la Basílica de Luján. Viene inmediatamente enviado a Madagascar, como párroco de Vangaindrano, en la costa sureste de la isla.

“Mi vida en Madagascar se divide en dos capítulos: los primeros quince años transcurrieron en la costa sureste, en un lugar selvático, luego fui a la capital, Antananarivo”, cuenta en una entrevista otorgada a Página12.

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En Vaningrado estuvo 15 años animando la parroquia y para ganarse el corazón de la gente ya que como él cuenta: el estigma de ser blanco fue justamente su primer obstáculo. Había atrás demasiados años de sojuzgamientos, de represiones y de matanzas para que una comunidad africana aceptara la presencia de un miembro de aquella raza del terror. Encuentra en una de sus pasiones, el futbol, el modo de llegar a este pueblo un poco hostil con el “blanco”.

«Me metí a jugar al fútbol con la gente –recuerda–. Los domingos después de misa me venían a buscar para llevarme a la cancha. Y jugaba con ellos. Eso los sorprendió muchísimo. ¿Qué hacía un blanco jugando con un negro?, se preguntaban. Ahí nació una nueva imagen: corriendo estábamos de igual a igual, con las mismas chances. Y hasta me convertí en goleador del equipo.»

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Después del futbol trabajaba para sobrevivir en los campos de arroz junto otros 5 jóvenes misioneros eslovenos, «para luchar eficazmente contra la pobreza tenemos que predicar con el ejemplo». Padre Pedro en esa época contrae paludismo y parasitosis, obligándolo a ingresar varias veces en el hospital. Por lo fue enviado, con el corazón roto, a la capital del país para curarse y hacerse cargo luego de la formación de los futuros sacerdotes malgaches.

« Cuando llegué a Antananarivo –relata– ya no vi pobreza; vi miseria como uno nunca se la puede imaginar si no la ve. Vi en las afueras de la ciudad a 800 familias, cada una con seis, siete, ocho chicos, metidas adentro de la basura, viviendo en el vertedero, en túneles hechos dentro de los desperdicios. Los chicos muriendo de frío en invierno, con una camisita, descalzos, sin comida, sin casa. Vi madres a las que se les habían muerto seis o siete chicos. ¿Y de qué le vas a hablar a una madre que perdió a siete chicos? Callate y andá a ayudarle.»

No se queda atrás y comienza su incansable labor para dignificar a la población de Antananarivo. Comienza creando un hogar para los niños, dónde podían al menos tomar una taza de leche o té. Luego emprende un gran desafío: crear trabajo para los sin techo que eran cerca unas cinco mil personas que vivían en los basurales. “Mi papá me enseñó el oficio de albañil, eso me fue muy útil, porque soy muy práctico: donde pongo el ojo veo trabajo”, explica.

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