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Ser como Jesús, ¿cómo se hace?

© Antoine Mekary
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Nuestra santidad se juega en el corazón

Quisiéramos ser siempre Jesús. No sólo hablar de Jesús. Conformar nuestra vida según la suya. Conformar nuestro corazón según el suyo. Sentir como Él. Tener sus mismos sentimientos.
 
Somos hombres según Cristo en la tierra. Ese es nuestro ideal. Mirar como Él. Tocar como Él. Curar como Él. Escuchar como Él. Vivir como Él. Rezar como Él. Queremos dejar que Él recorra nuestra vida y nos haga suyos.
 
Decía el P. Kentenich: “Por lo común el ser humano es determinado más por lo que el corazón desea sin confesárselo que por lo que la voluntad quiere. Por eso no hablamos de fusión de voluntades sino de fusión de corazones. Porque es el corazón el que nos hace elocuentes, nos hace grandes o débiles[1].
 
Fundir mi corazón en su corazón. Inscribirnos en su corazón para siempre. En Cristo nos fundimos. Colocamos nuestro corazón con todos sus deseos, con sus sueños, con sus necesidades. Nuestra santidad se juega en el corazón.
 
Me gustaría rezar como rezaba esta persona: “Ayúdame a quererte, Señor. No me dejes nunca. Mi corazón quiere estar en el tuyo, como quieres estar Tú en mí. En mi santuario, Señor, solos los dos en perfecta intimidad”.
 
La perfecta intimidad sucede en la eucaristía. En el pan partido me parto. En ese pan sagrado que es mi vida cuando le pertenece por entero.
 
Decía el Padre Kentenich: “La vida es la que reza. No solo nuestra oración, sino también nuestra forma de vida[2]. Vivir según rezamos. La vida es la que reza. Nuestra vida quiere ser oración. La eucaristía se hace vida en mí.
 
¿Me basta la eucaristía para saciar mi hambre? Tantas veces no. Vivimos la eucaristía sin profundidad. Buscamos misas rápidas. Nos despistamos tanto.
 
¿Cuáles son los momentos fundamentales en la misa? ¿Dónde me siento más yo? ¿En el perdón, en el ofertorio, en la consagración, al partir el pan, al comulgar? ¿Qué momento habla más de mí, de mi vocación?
 
Creo que muchas veces el ir a misa se centra en las palabras del sacerdote en la homilía. Es una limitación. Cada parte de la misa es tan rica, tiene tanta belleza, habla tanto de lo que yo soy y de lo que puedo llegar a ser.
 
La vida del cristiano se conforma en la eucaristía. Es la expresión más bella del amor a Jesús. Con Él nos encontramos allí y nuestro amor crece en la intimidad.
 

 


[1] J. Kentenich,
Hacia la cima
[2] J. Kentenich,
Hacia la cima
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alma
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