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Inquisición: una breve historia

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Rafael de Mesquita Diehl - publicado el 08/08/15 - actualizado el 22/02/17


Los cátaros consiguieron, entre los siglos XII y XIII, el apoyo de algunos señores feudales del Languedoc, actuando muchas veces de forma violenta contra la jerarquía eclesiástica o contra los que no seguían sus doctrinas.

La primera acción represiva por parte del papado vino con el decreto Ad Abolendam, del papa Lucio III, en 1184: el pontífice romano exhortaba a los príncipes seculares a combatir las herejías en sus territorios.

Tras el envío de monjes de la orden cisterciense y de una expedición militar de Cruzada contra los nobles del Sur de Francia, el papa Inocencio III instituyó los “inquisidores de la fe”, es decir, individuos que representaban al papa  en la misión de investigar los casos de herejía.

El crecimiento del catarismo en otras regiones de Europa, así como la confusión existente acerca de las atribuciones de los poderes eclesiástico y secular en los casos de herejía, se agravó en el siglo XIII, al establecer el emperador germánico Federico II (entonces enemigo del papado por cuestiones políticas acerca de Italia) leyes contra los herejes.

Como forma de centralizar las cuestiones jurídicas de herejía, el papa Gregorio IX estableció en 1231 el Tribunal de la Santa Inquisición, reglamentando los inquisidores papales que habían sido instituidos anteriormente por Inocencio III.

Así, el papado afirmaba que, aunque la aplicación de las penas incumbiera al poder secular, este no tenía competencia para juzgar en materia de doctrina, definiendo lo que era herético o no.

La Inquisición era un tribunal eclesiástico, formado por clérigos y religiosos (aunque en algunos períodos también existiesen inquisidores laicos) con jurisdicción únicamente sobre los bautizados católicos. Ese tribunal buscaba investigar casos de herejía dentro de la Iglesia, principalmente a los heresiarcas (herejes que difundían y propagaban sus herejías).

Trataba de imponer las penas espirituales (penitencias, excomuniones, interdictos), mientras que en los casos más graves, entregaba a los reos al brazo secular, que aplicaba las penas físicas y materiales (confiscación de bienes, demolición de la casa o muerte).

El esquema montado por el tribunal estaba centrado en buscar la confesión del reo y su arrepentimiento, contrariamente al sistema más común en los medios seculares de la época, donde existía el llamado “duelo judicial” (las dos partes se batían en duelo y el ganador era automáticamente el vencedor de la causa jurídica).

Incluso con la autorización del uso del castigo físico (aplicado por la autoridad secular) por el papa Inocencio IV en la bula Ad Extirpanda, este era limitado en duración y formas (se prohibían las mutilaciones, las fracturas y el derramamiento de sangre), además de ser obligatoria la presencia de un médico en las sesiones.

El método más utilizado para obtener la confesión de los reos, sin embargo, era el interrogatorio (los manuales de inquisidores enseñaban a obtener confesiones sólo mediante la conversación con el reo).

Algunos teólogos de la época justificaban la utilización de penas físicas a los herejes no en virtud de sus creencias (pues la Iglesia siempre consideró que no se puede convertir a la fuerza), sino por causa del peligro de que llevasen a otros a creer en sus herejías, y de sus acciones violentas de perturbación del orden, lo que daba al poder secular pleno derecho de actuar (algunos grupos, como los cátaros, cometían asesinatos en nombre de sus creencias heréticas).

En la Edad Media, la Inquisición no actuó en toda Europa. Su acción se limitó más a Francia, Italia, el Sacro Imperio Romano (Alemania, Austria, Bohemia) y Aragón. A finales del siglo XV, el rey Fernando II de Aragón (que había unido su reino a los de Castilla y León mediante el matrimonio con la reina castellana Isabel I) consiguió del papa Sixto IV la institución de un Tribunal inquisitorial en el resto de España.

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historiaiglesia catolica
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