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En mi familia reinaba el miedo, pero el amor venció

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=134044355&amp;src=id" target="_blank" />Happy woman</a> © Dirima / Shutterstock

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Orfa Astorga - publicado el 14/07/15

Un testimonio basado en experiencias de machismo, violencia y la falta de confianza

Tuve un padre  arrogante, tiránico, violento.

Mi madre vivió sometida a una forma de ser que nunca fue la suya y cuya conducta obedecía más al temor que  al amor. Temor al maltrato físico y psicológico, a la agresividad latente o manifiesta en la pérdida del respeto, en los gestos, en las palabras.

Mi madre, ante las humillaciones, prefería  callarse y darse la vuelta sin plantar jamás la cara, no estaba hecha para eso.

Inconscientemente nos perjudicó trasmitiéndonos su temor, lo que nos hizo mucho daño; en ocasiones lo hacía con expresiones como: “es que tu padre está hecho una fiera”, cuando lo que realmente sucedía era que la racionalidad en mi padre se había extinguido, y como consecuencia para nosotros, su autoridad y el necesario prestigio que lo capacitaban para educarnos, estaban ausentes.

A mi madre la habían condicionado a ser “prudente” de tal forma que en ocasiones solo hacia tentativas diciendo algo referente a pequeñas cosas y, según como las recibía mi padre, advertía si era prudente o no continuar hablando de ello.

Gracias a esa “prudencia” parecía que el matrimonio funcionaba, pero alguna vez escuché decir a mi madre con el rosto sombrío: “a mi esposo lo sobrellevo pero ya no lo quiero”. Lo que dejaba en claro que  el temor la había alejado del amor, tanto que ella misma se comportaba distante y poco afectuosa con sus propios hijos.

Mi padre, con una mentalidad machista, creía que cuanto más le temía toda la familia, más dueño era de ella, y solo exigía un reverencial respeto sin esperar una nota de amor.

Y el amor era el gran ausente, pues lo que se teme no se ama. Para amar, hay que, en primer lugar respetar y luego, confiar. Ni el respeto ni la confianza caminan juntos y al lado del temor cuando este se comparece.

A mis hermanos y a mí nos faltaron así los tres amores a los que los hijos tienen natural derecho  y tanta falta hacen: el amor de un padre, el amor de una madre y el amor  conjunto de los dos, ese que fluye del amor entre los esposos hacia los hijos. 

Así, crecí temeroso, ocultando cosas a mis padres, incapaz de ser sincero; no tenía comunicación con ellos. Mi seguridad, y con ella mi autoestima, estaban rotas, o al menos, gravemente deterioradas.

Ante los temas que me suscitaban temor, engañaba, mentía exagerando, quedando inmerso siempre en las dudas y la pusilanimidad.

Por necesidad y un impulso por salir de mi casa, empecé a trabajar muy joven trasladándome a otra ciudad donde pude hacer estudios universitarios. Mis heridas y carencias fueron sanando poco a poco.

Por razonamientos pude suplir mi falta de experiencia afectiva, logrando el más afortunado matrimonio,  y, con la ayuda amorosa  de mi esposa, ir descubriendo mi personalidad, madurando lentamente.

He aprendido que nadie debería entregar su vida por temor, lo que no pasaría de ser una falsa postura. Que el temor atenta contra la libertad, y así no se puede entregar la vida a otro, porque el amor no puede expandirse ni comunicarse, pues se encuentra prisionero del temor servil, de la mentira, cuando no es más que un amor esclavo.

El encuentro con el auténtico  amor ha sido el descubrimiento de que puedo asumir con toda mi inteligencia y voluntad el darme confiada y libremente a la persona amada.

A pesar de mis negativas experiencias en mi familia de origen, tengo en mi naturaleza la vocación al amor y la puedo realizar plenamente en el matrimonio y en la familia.

Ya no tengo miedo a repetir errores de un equivocado modelo en la educación en mis hijos, pues me esfuerzo en respetarlos  y manifestarles  mi amor; consciente de que el estado natural de las personas  para crecer y desarrollarse  como es debido, es la natural espontaneidad, sin miedo y sin vergüenzas, lo que solo acontece cuando experimenta que es amada.

Tampoco temo ya regresar a la casa paterna en mis visitas, como me sucedía en el pasado. En lo más profundo de mi intimidad he encontrado la libertad para perdonarlos y amarlos con la gracia de Dios. Los descubro necesitados de amor y comprensión. Son y seguirán siendo siempre mis padres, me necesitan y los necesitare siempre.

El amor ha ido venciendo mis temores.

Por Orfa Astorga de Lira, orientadora familiar, máster en matrimonio y familia por la Universidad de Navarra

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Tags:
familia
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