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Aprendiendo a conducir (y no es el coche)

© Broad Green Pictures y Lavender

Antonio Rentero - publicado el 10/07/15 - actualizado el 02/03/17

Una comedia de Isabel Coixet estilo libro de autoayuda

La metáfora de esta película tampoco está demasiado oculta, todo hay que decirlo. Basta con ver medio trailer para vislumbrar que tras el impacto vital de la protagonista (siempre excelente Patricia Clarkson, de una belleza clásica y serena que parece permanecer imperturbable desde que interpretó a la esposa de Kevin Costner en “Los intocables”) a la que un inesperado divorcio la obliga a tomar clases de conducción en el fondo lo que se oculta no es la necesidad de manejarse con un automóvil sino la de manejarse por la vida.

Isabel Coixet dirije aquí lo que podríamos denominar su primera “comedia” aunque más que de carcajada es de sonrisa, una película más amable que otra cosa, que a algunos podrá parecer tan profunda como un libro de autoayuda de Paulo Coelho, pero que sin embargo no deja de ser una magnífica excusa para reflexiona sobre nuestro papel en la vida.

En el tráfico de la vida nos sumergimos sin que en ocasiones nadie nos haya dicho que hay que ceder el paso o poner los intermitentes, no se nos insiste lo suficiente sobre las indudables ventajas de regular los retrovisores (y emplearlos) pero mantener la atención en el frente y los lados cuando avanzamos, o no reflexionamos tras algún castañazo sobre lo conveniente que habría resultado haber abrochado correctamente nuestro cinturón de seguridad antes de lanzarnos por una carretera desconocida a gran velocidad (o confiarnos porque conocemos de sobra el camino).

La excusa de las lecciones de conducción son una evidente armazón sobre la que edificar la re-construcción de una vida cuyo proyecto queda truncado cuando la pareja se deshace y todo lo que una vez se dio por sentado ahora debe nacer de nuevo. Y ya no puedes apoyarte en un compañero de viaje que ha desaparecido sino que tienes que guiar tu propio automóvil.

Quizá parte de la moraleja sea también que en esa comodidad de saberse en manos de nuestro chófer habitual hemos olvidado que desde el principio el coche debió llevarse entre los dos y que el compromiso de embarcarse en ese trayecto merece una reflexión previa profunda y responsable, algo que sin duda ayudará a que el viaje sea próspero, feliz y llegue al mejor destino.

El profesor de autoescuela no podría estar mejor encarnado que por Ben Kingsley (perdón, sir Ben Kingsley) que como en la película que sin duda le lanzó al estrellato (“Gandhi”) encarna a un prodigio humano de sensatez, contención, sabiduría y rectitud. La figura del maestro resulta extremadamente evidente pero en fin, también cuando acudimos a clase necesitamos que quede claro quién es el profesor, quién es la persona dotada de autoridad y conocimiento para transmitirnos sabiduría. En ese sentido el aspecto de sabio indio con turbante y todo resulta tan arquetípico que casi nos deja sin argumentos para negarle su bien ganada posición de respeto.

Se dice que una buena historia necesita que el protagonista afronte un reto, encuentre dificultades, cambie su relación con el mundo, supere el conflicto, termine siendo alguien distinto de cuando empezó la narración y si además ese viaje interior coincide con un viaje exterior mucho mejor. En este caso los viajes tampoco son demasiado lejanos pero al menos sí hay trayectos que permiten a la protagonista darse cuenta de que la libertad que al comienzo de la película tenía limitada al terminar sólo depende de ella misma.

Con todo, esa L de aprendiz (“learning”, aprendiendo, en inglés) que se coloca durante un período de tiempo detrás de todos los coches de quien empieza su aventura automovilística permite a quien se cruza por su camino atender a la condición de novato del conductor para tener algo más de paciencia con él y sus posibles torpezas al volante.

A veces, y tras ver esta película puede quedar esa sensación, uno echa en falta que en ocasiones hubiese una pegatina con esa L que llevasemos/llevasen algunos por la vida. Pero ¿no sería todo más aburrido si nunca nos equivocásemos y saliésemos a la calle con todas las lecciones aprendidas y con el psicotécnico, el tipo test y las prácticas aprobadas?

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