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Oración y reflexión para cuando falta calma

Angry woman Vs Calm woman © Michal Nowosielski - Alliance / Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/06/15

Porque lo importante es vivir confiados en las manos de Dios: "Hay que aprender lentamente a abandonarse a la acción de Dios. Se quiere con excesiva ligereza planear la vida. Se desconfía de toda pasividad, por miedo a soltar las riendas. En la edad madura se tiene que soportar la acción de Dios. Y así hay que entregarse paso a paso a la voluntad de Dios y a su providencia. Esto exige la entrega del corazón"[2].

Confiar y entregar el corazón. Entonces, cuando lo logramos, desaparece el miedo. Decía el Padre José Kentenich: "Debemos estar entregados en las manos de Dios. Mi Dios y mi todo. Debemos conocerlo sólo a Él, sólo su amor, entregarnos en sus manos, de cualquier manera que Él quiera disponer de nosotros. Piensen en la pelota con que podía jugar Dios, según la imagen de Santa Teresita"[3].

Vivir enteramente en las manos de Dios, confiando en tanto amor que nos tiene. Él construye la casa de nuestra vida. Lo hace con delicadeza, con un infinito respeto. ¿Por qué tengo miedo? Él es mi roca. Es la seguridad en mi propia barca. No tengo que temer. Va conmigo.

Surge la tormenta y aumenta el miedo. ¿Cuál es mi tormenta ahora? ¿Qué es lo que me hace ahora dudar y temblar? Dios me habla en mi tormenta. ¿Cuál es esa tormenta en la que me habla Dios? A veces puede ser un posible cambio de trabajo, o de país, llevando a la familia. Puede ser una enfermedad inesperada, o incluso puede tratarse de tormentas interiores que nos hacen dudar de todo.

Con frecuencia estamos con el corazón en tormenta, con sentimientos de vacío, de angustia, de soledad, de incapacidad. Sentimientos que nos turban: desamor, sed, desaliento, fracaso, duda, confusión, oscuridad. ¡Cuántas veces nos quejamos ante Dios!

Entonces le preguntamos: "¿No te importa lo que me pasa? ¿No te importa si me hundo?". Es tan humana esa pregunta… Nos falta fe y confianza. Necesitamos que nos resuelvan todo en ese momento y no somos capaces de esperar. No podemos ver nada. Nos quejamos. Es bueno conocer nuestras quejas. Es importante ser auténticos delante de Dios.

Si tengo miedo, le grito, le pido que despierte, que me ayude, que me haga sentir que va conmigo. Jesús va conmigo, pero muchas veces veo que duerme. Me cuesta confiar en medio de la tormenta. Todos lo hemos vivido alguna vez. Pero cuando Jesús aparece todo se calma en el corazón.

Llega la respuesta: ¿Es que a Dios no le importa mi vida y lo que me suceda? Sí, le importa. Va conmigo. Es verdad que no siempre calma la tormenta, no sana la enfermedad, no me devuelve el trabajo, no resuelve el problema. Pero está junto a mí y eso ya me calma. Su presencia hace que las cosas sean diferentes.

Hay personas que son así en nuestra vida. Su presencia nos calma, aunque el problema siga siendo el mismo. Nosotros queremos ser para otros esa presencia que salva, que sana, que quita el miedo. No calmamos la tormenta con nuestra voz. Pero sí calmamos el corazón del que tiene miedo.

Es nuestra misión. Calmar tormentas interiores. Acompañar en el miedo. Sostener en la debilidad de la vida cuando todo se tambalea. Tenemos la misma vocación de Jesús de calmar las olas de la vida. Con la paz que Él mismo nos regala. Con su voz en mi voz que tiembla. Jesús me necesita para calmar el mar.

Jesús asombra a los suyos, rompe sus esquemas. Jesús hace desaparecer su miedo. ¿Quién es para ti? ¿Quién es Jesús en nuestra vida? Es importante escuchar el Evangelio siempre con esta pregunta en el corazón. ¿Quién es este? Jesús me habla. Me grita y yo no lo escucho, no me asombro, no le quiero.

Querer o no querer a Jesús es lo que marca mi vida. Me gustan estas palabras de Pablo: "El amor de Cristo nos apremia. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para Él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo". El amor que Jesús me tiene.

El amor que despierta en mí. ¿Me apremia? ¿Me lleva a dejar mi orilla? ¿Alguna vez he sentido esa llamada de Jesús a ir a la otra orilla? Si no hay amor, si el amor no me apremia, entonces puedo seguir con mi vida de siempre, sin que me toque su voz, su presencia.

Pero si el amor me apremia, entonces me voy con Él. El amor me apremia, me urge, y lo dejo todo, aunque ese salto de audacia implique riesgo y pueda haber tormentas en el camino. Sólo así la vida merece la pena. Sólo así descubriré mi miedo, mi necesidad, mi fragilidad, y también su mano que me calma, su voz.

Sólo viviendo por amor merece todo la pena. Si falta el amor nos convertimos en buenos cumplidores llenos de miedo que se quedan en la orilla. Su amor me apremia.


[1] Carlos Chiclana, Atrapados por el sexo
[2] Anselm Grün, La mitad de la vida como tarea espiritual, 71
[3] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952

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