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Cómo aprender a superar las frustraciones

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Orfa Astorga - publicado el 16/06/15

La vida es un proyecto que se convierte en realidad en la medida en que tropieza y choca

Fue un día en que mi estado de ánimo se agitó, se estremeció: Por un informe, me enteré de que uno de mis hijos, a pesar de la supervisión y apoyo, finalmente debe repetir año escolar.

El banco me negó el crédito que tanto necesito.

Un desconocido, huyó después de abollar mi coche, comprado con tanto esfuerzo.

Al empezar la jornada laboral en la empresa en que trabajo, me entero de que la revisión anual de mi sueldo no tuvo el incremento esperado, después de haberme esforzado tanto.

…un largo día.

Brotaron en mi interior vientos huracanados que amenazaron con desestabilizar mi personalidad con sentimientos de depresión,  angustia y agresividad con lo que puedo afectar más que a nadie, a mi familia.

Bien sé, que ante las difíciles realidades puedo reaccionar engañándome a mí mismo, derrumbándome. Puede suceder, si me dejo arrastrar hacia la desesperanza que provoca el ver solo el lado negativo de las cosas, como si las dificultades no fueran parte de la vida misma. Si así sucede, entonces dejo que se conviertan en un zarpazo que me puede hacer verdadero daño, con el riesgo de que mi personalidad se deforme al ir cubriéndose de dolorosas cicatrices.

Pero poco a poco, voy aprendiendo a tolerar mejor mis frustraciones, y más aún, aprovechándolas para superarme humanamente.

Ha sido un proceso del que guardo algunos recuerdos, como cuando de niño, por mi estatura, no pude alcanzar los dulces en lo alto de una alacena, entonces, en vez de buscar una silla o pedir ayuda, solo me tiré al suelo a llorar y patalear. También, cuando de joven, vociferé y di de puntapiés a la puerta ya cerrada de un autobús que no pude alcanzar cuando emprendió la marcha, y, ante la perpleja mirada de los transeúntes, me puse a silbar fingiendo que no pasaba nada, y apenado, escurrí el bulto.

Me arrepentí avergonzado de mi reacción, dándome cuenta de que a la frustración de haber perdido el autobús, sumé otra: el sentimiento de no tener control sobre mis emociones. Y me fui dando de golpes en la vida… hasta que decidí que lucharía por asumir las contrariedades, cualquiera que fuera la dimensión en que las percibiera; desactivándolas, y quitándoles su carga de ansiedad.

Así me di cuenta de que necesitaba formarme un carácter recio, templado. Me conocía y sabía bien por dónde empezar. Lucharía negándome en lo placentero, fácil, cómodo; no rehuiría a los obstáculos grandes o pequeños; me esforzaría en superar  mis  defectos adquiriendo virtudes en aspectos muy concretos en lo cotidiano de mi vida. 

Con esta nueva actitud, descubrí que mis frustraciones no siempre han tenido un origen externo. Nacían en mi intimidad por no aceptarme como era: ahí estaba mi estatura,  mi talla; una incipiente calvicie; usar anteojos  y audífonos; mi dificultad para el deporte, etc.

Realmente quería liberarme de todo eso.

Sin embargo, todo ello me llevó a tomar conciencia de mis propios límites, de mi libertad condicionada, de lo absurdo de tomarme tan en serio como si de un absoluto se tratara.

Comprendí así, que la verdadera liberación brota de asumir positivamente todo aquello que genera frustraciones. Dejé entonces de negarlas o evadirlas con artificios que tanto promueven los falsos profetas de la modernidad, que rehúye al dolor y las contrariedades por cualquier medio.

Una falsa liberación que niega que la vida sea milicia, que requiere de esfuerzo, disciplina, virtudes, y que el sabor de la misma, se obtiene al vencer las dificultades y contradicciones que se dan en un entretejido de tristezas, alegrías,  éxitos y fracasos.

La vida es un proyecto que se convierte  en realidad en la medida en que tropieza y choca, sin detenerse en la conquista de uno mismo; mejorando el temple y talante natural que existe dentro de nosotros.

La vida es así, y en cualquiera de sus circunstancias, por difíciles que sean, y aun cuando humanamente no se les encuentre una solución, siempre seremos libres, pues nos queda el divino recurso de elegir lo que no hemos elegido.

Abrazándonos a la cruz sin perder la paz.

Por Orfa Astorga de Lira
Orientadora Familiar.
Máster en matrimonio y familia.
Universidad de Navarra.

Tags:
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