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Cómo vivir la pobreza en el Vaticano

Gabriel Bouys AFP

Gian Franco Svidercoschi - publicado el 13/06/15


Y sin embargo, los orígenes de Bergoglio, sus decisiones, su experiencia, todo esto explica sólo en parte sus comportamientos como Papa. Para comprenderlo, hasta el fondo, hay que remontarse a  hace cincuenta años, al Concilio Vaticano II.

Ya en la primera sesión, el tema de la pobreza se había convertido en uno de los argumentos centrales: como renovada atención a los pobres, al gran escándalo del siglo XX representado por el hambre y la miseria en el mundo; y como compromiso de la Iglesia de ser ella misma pobre, y por tanto llevar a cabo una serie de reformas pastorales e institucionales.

Por ejemplo – como sugirió el cardenal Giacomo Lercaro, arzobispo de Bolonia, en una famosa intervención – un nuevo estilo o “etiqueta” para los obispos, la vuelta de las familias religiosas a la “santa pobreza” no sólo individual sino también comunitaria, y, en el campo económico, el abandono de instituciones ya superadas.

Aquel debate, tan abierto y valiente, llevó a notables resultados. Pablo VI, tras donar su tiara a los pobres, creó dos nuevos organismos vaticanos para que se ocuparan de estos temas, “Iustitia et Pax” y “Cor Unum”.

Al acabar el Concilio, se registró una continua evolución del magisterio social de la Iglesia. Estuvo la encíclica “Populorum progressio”, también del papa Montini. Después llegó Juan Pablo II, el cual reflexionó sobre los fenómenos socio-económicos a la luz del Evangelio a la luz del Evangelio y de la historia.

La “cuestión social”, superada la noción de “clase”, se centraba en la dignidad del hombre (encíclica “Laborem exercens”). La dimensión moral del desarrollo debía llevar a revisar, en términos de reciprocidad y solidaridad, todos los mecanismos que regulan los sistemas de producción y de intercambio (“Sollicitudo rei socialis”) y la misma economía de mercado (“Centesimus annus”).

No se podía decir que la Iglesia católica no había hablado claro y fuerte. Y que no hubiera actuado también de forma concreta respecto a los derechos de los hombres y de los pueblos (gracias también a los viajes del papa Wojtyla), y en los campos de la justicia y de la solidaridad (con el Norte ahora también él amenazado por el fantasma de la pobreza, y el Sur, más hambriento y exasperado que antes, y aún más peligroso).

Y sin embargo, la Iglesia seguía sin ser vista y considerada realmente libre de las cuestiones mundanas, de los intereses político-económicos. ¿Y esto por qué? Porque los grandes pronunciamientos sociales y las grandes intervenciones caritativas estaban contradichos, de hecho, por los escándalos financieros, por las intrigas curiales y por los poco edificantes casos del IOR.

En el fondo, había en muchos la sensación de que la Iglesia encontraba aún muchas dificultades, no sólo al afrontar el problema de la pobreza, sino sobre todo al vivir la pobreza, a dar testimonio de ella en su misión.

Y en este momento es elegido el primer Papa latinoamericano. El cual comprende en seguida que, para transformar la Iglesia en una “Iglesia de los pobres”, no bastará con hacer limpieza dentro, especialmente en los sectores económicos de la Curia romana. Como tampoco bastará con luchar en los foros internacionales, para pedir que se ponga fin al estado de pobreza casi inhumana en el que se encuentran centenares de millones de seres humanos.

Francisco comprende que, para que las palabras de la Iglesia – ya tan usadas – vuelvan a ser creíbles, deberá ser él mismo, obispo de Roma, en dar ejemplo. Por tanto, a partir de su propia “casa”. Y allí, bajo la columnata, están los pobres. “Empecemos a pensar en  ellos”, se habrá dicho. Una decisión que debería ser lo más natural del mundo. Y en cambio, al juzgar al menos por el shock que sienten no pocos cristianos, se ha convertido en una revolución.

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papa francisco
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