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¿Se puede negar la comunión a un político corrupto o pro-aborto?

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Henry Vargas Holguín - publicado el 12/06/15 - actualizado el 14/07/17

¿En qué casos un sacerdote no debe administrar la comunión a alguien?

Hay un dicho que dice: “Toda regla tiene su excepción”.

¿Cuál es la regla?

1. “Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos” (Can. 843,1).

¿Cuál es la excepción?

2. “No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la irrogación o declaración de la pena y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave” (Can. 915).

De manera pues que, con respecto a la regla, todo fiel que esté debidamente preparado tiene el derecho (Can. 213) e incluso el deber (Can. 912) de recibir la Sagrada Eucaristía, como mínimo, una vez al año (Can. 920).

¿En qué se basa ésta relación derecho-deber de comulgar? En que todo cristiano tiene el derecho y el deber de procurarse vida y para esto es importante el alimento; y el alimento del alma, según lo que dijo Jesús en el discurso sobre el pan de la vida, es Él mismo: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55).

Sí, comulgar es un derecho y un deber, pero este derecho y este deber van regulados por la autoridad de la Iglesia. Y aquí entra el segundo punto o la excepción.

El respeto por la sagrada comunión, más que en la vigilancia de la Iglesia para negarla cuando no se den realmente las debidas condiciones, está más en la conciencia moral de la persona que, de iniciativa propia, debe abstenerse de comulgar si hay pecado mortal o grave, pues de lo contrario cometería sacrilegio, un pecado más y aun mayor.

“Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1Cor 11, 26-29).

Es muy complicado o prácticamente difícil para un sacerdote, sobre todo en las medianas y grandes ciudades, saber quién está excomulgado y quién no, o quién está en entre dicho y quién no, o quién sea un pecador público que obstinadamente persista en pecado grave y quién no lo sea aunque tenga como mínimo un pecado grave y nadie lo sepa, como para darle confiadamente o negarle acertadamente la comunión.

Por tanto para que nadie comulgue indebidamente y, de paso, para evitar sacrilegios existen unos límites que la Iglesia ha puesto a la recepción de la Sagrada Comunión que es bueno que los fieles conozcan.

No se deben admitir a la comunión eucarística los excomulgados (con quienes hay ruptura en la comunión eclesial), los sancionados con interdicto (quienes están en situación de grave lesión contra la comunión eclesial) (Can. 1331), así como tampoco los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.

¿Cómo empieza el canon? Empieza diciendo: "No deben ser admitidos a la sagrada comunión".

Observemos que se dice en forma imperativa ("no deben"). De consecuencia no es opcional para el sacerdote; la norma es muy clara: no se les debe permitir la recepción de la sagrada comunión; pero hay que ir con cuidado.

¿Por qué no pueden ser admitidos a la Eucaristía? Porque estos pecados hacen inviable la relación o la comunión de la persona con la Iglesia.

El sacramento de la Eucaristía presupone, consolida y expresa los vínculos de comunión. Si no hay comunión con la Iglesia no hay comunión con Cristo.

“La celebración de la Eucaristía no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfección” (

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