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El cuerpo es sagrado, ¿lo cuidas?

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=110911754&amp;src=id" target="_blank" />Holding hand </a> © Richard Lyons / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/06/15

Tienes un yo cuerpo que necesita que lo atiendas, lo escuches, lo quieras, lo respetes

A veces lo más humano es lo más sagrado. Su humanidad, que podemos tocar, recibir, mirar, es el signo de amor más grande de un Dios escondido en lo pequeño. De un Dios que se hizo caminante, uno de nosotros, para tomarnos. Para hablarnos con voz humana del amor de Dios. Para tocarnos, con manos humanas, y mostrarnos las caricias de Dios.

Jesús nos entrega su cuerpo. Ese cuerpo que amó de forma tan humana. Con el que acarició y abrazó. Miró y acogió. Ahora lo entrega. Se entrega a sí mismo. Su cuerpo y su sangre. Poco después se hará realidad.

Lo insultarán, lo golpearán, lo arrastrarán bajo el peso del madero. Su cuerpo destrozado. Su sangre derramada hasta la última gota. Al final brotó agua del costado abierto.

Jesús ama nuestra carne. Ama nuestro cuerpo. Y se queda en ese cuerpo para que tengamos un alimento permanente. Su cuerpo es verdadera comida. Su sangre es verdadera bebida.

Cada vez que comulgamos nos asemejamos en algo más a Jesús. Es el misterio de la comunión. Nos hacemos uno con Cristo. Nos parecemos más a Él. El sacerdote, cada eucaristía, pronuncia estas palabras. Lo hacemos con asombro, conmovidos al experimentar nuestra pequeñez y la grandeza de lo que ocurre.

Nos hacemos otros Cristos, conociendo la desproporción que hay entre nuestra vida y la de Cristo. No es una representación. Es real, vuelve a ocurrir. Es el momento en el que más nos parecemos a Cristo.

Nos cuesta entenderlo. Nos vemos tan humanos. Como Él estamos dispuestos a entregar el cuerpo y el alma. Hasta la última gota de nuestra vida. Como lo hizo Jesús por los caminos de su tierra. No escatimó el tiempo ni el esfuerzo.

Se dio por entero en su vida a los más pobres, a los enfermos, a los más necesitados. Vivió desgastándose sin miedo, sin límites. De esa forma tan exagerada que tiene Dios para amarnos. Jesús, amándonos en su cuerpo, dignificó nuestro cuerpo humano. Lo hizo en la vida. Y lo hace de nuevo en esta última cena. Le da un valor eterno a nuestro cuerpo caduco.

Como leía el otro día, lo importante es que somos cuerpo: “No es que vivas en un cuerpo o que tengas un cuerpo, es que eres cuerpo. Tienes un yo cuerpo que necesita que lo atiendas, lo escuches, lo quieras, lo respetes[7].

Somos cuerpo. No tenemos un cuerpo. Somos esa imagen que los demás ven. ¡Qué importante cuidar y respetar la dignidad de mi cuerpo y del cuerpo de las personas a las que quiero! Respetar las señales que da mi cuerpo. Respetar el cuerpo de las personas a las que queremos.

Cuidarme en mi cuerpo cuando está cansado, cuando sufre, cuando está herido. Cuidar y dignificar el cuerpo de los hombres a los que a veces no sabemos amar bien. El cuerpo es sagrado.

Jesús consagra nuestro cuerpo. Lo hace divino con su vida, con su presencia cada día entre nosotros. Jesús fue cuerpo y quiso quedarse en su cuerpo. Se amó a sí mismo en su cuerpo para que aprendiéramos nosotros a amarnos en nuestro cuerpo limitado.

¡Qué importante es cuidar nuestro cuerpo para poder entregarlo sin límites! ¡Qué importante valorar lo humano en nuestra vida!

A veces despreciamos lo humano, las necesidades de mi cuerpo. Sobrevaloramos lo espiritual. Como si lo único sagrado de nuestra vida tuviera que ver con el alma. No, Jesús partió su cuerpo para que aprendiéramos a entregar el nuestro.

Lo humano es sagrado en Jesús. Así debería ser en nuestra vida. Todo lo humano tiene que ver con Dios. Todas mis necesidades humanas. Todo se lo entrego a Dios. Todo tiene que ver con Él. ¡Qué importante valorar todo lo humano de mi vida!

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