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¿Es posible un amor sin sacrificio?

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Abrazo

Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/06/15

El amor piensa en el bien del tú, no en el bien propio, y eso conlleva renunciar a la satisfacción de deseos personales legítimos

Dicen que en los tres primeros años de nuestra vida se graba en el alma profundamente la experiencia del amor. En esos años todo el amor recibido nos capacita para la vida, para vincularnos, para amar bien. Cuando en esos años hemos recibido desprecio, rechazo, desamor, la incapacidad del amor se instala en el alma.

La percepción del amor es siempre subjetiva. Depende de mí que la haya guardado como un tesoro. La experiencia de sabernos amados nos cambia, nos capacita para amar bien.

La incondicionalidad de nuestros amores nos mantiene seguros. Es lo que nos da estabilidad. Volver a casa y saber que el amor que nos tienen permanece intacto.

Herir, hacer daño sin pretenderlo, no cumplir las expectativas que tienen sobre nosotros y saber que después el amor que nos tienen permanece igual, firme y fiel. ¿Quién puede ser amado así?

Pecar, alejarnos de Dios y, al volver, notar la misma mirada de Dios, de María, que nos dicen que nos quieren, que nos estaban esperando y nos echaban de menos. ¡Qué misterio tan grande!

Conozco personas que aman así. Son pocas. Existen. Aman como Dios nos ama. Es el misterio que nos salva. Ese amor que Dios nos tiene es un amor a prueba de desprecios.

No es un amor sólo presente cuando actúo bien, cuando me comporto como era de esperar, cuando obedezco sus mandatos y no me alejo de mi camino. El amor incondicional de Dios me salva.

El amor verdadero vive de la entrega. Dice el Padre José Kentenich: “Para quien conoce el mundo del amor, o para quien ya ha hecho de la alianza de amor con María el contenido de su vida, sabe que el amor vive del sacrificio y que el sacrificio alimenta el amor. Esta ha sido desde siempre una ley inalterable en el reino del amor”. El amor verdadero se hace fuerte en la renuncia.

Jesús no nos pide que ofrezcamos sacrificios propios de la antigua alianza: “Jesús no pide a los campesinos que cumplan mejor su obligación de pagar los diezmos y primicias, no se dirige a los sacerdotes para que observen con más pureza los sacrificios de expiación en el templo, no anima a los escribas a que hagan cumplir la ley del sábado y demás prescripciones con más fidelidad. El reino de Dios es otra cosa. Lo que le preocupa a Dios es liberar a las gentes de cuanto las deshumaniza y les hace sufrir”.

Decía el Padre Kentenich: “Si amo a la Familia, lograré renunciar a la satisfacción de deseos personales legítimos. No tener conciencia de familia es preguntarse qué me puede dar la comunidad y no qué puedo darle yo a la comunidad. La Familia no es en primer lugar una mesa de placeres, sino de sacrificios”.

A veces nos encontramos con nuestro egoísmo y comodidad. Vivimos pensando en lo que los demás nos deben, en lo que nos merecemos, en lo que es justo. Damos y calculamos. Esperamos con frecuencia más de lo que entregamos. Y la vida nos defrauda. Las expectativas quedan incumplidas.

¡Cuánto nos cuesta renunciar a lo que nos gusta, a lo que nos hace bien! Sacrificar nuestra voluntad a veces tan enferma. Esa voluntad dañada que sólo piensa en la propia satisfacción de las necesidades. Nunca es bastante. Siempre queremos más.

Sin embargo, cuando damos, siempre decimos que es bastante, que ya no podemos más, que nos merecemos el descanso. Y así nos aburguesamos tan fácilmente. El amor verdadero exige renuncia y sacrificio. Piensa en el bien del tú, no en el bien propio.

El amor de los padres es así. Fácilmente el padre y la madre renuncian sin echar en cara al hijo lo que hacen.

Es verdad que a veces el amor conyugal está lejos de ese ideal. Nos cuesta renunciar siempre, sacrificar siempre. Esperamos que haya una paridad. Y no es posible. Buscamos dar el cincuenta por ciento para que nos den en la misma medida.

Y el amor no es así. Es asimétrico. Me doy por entero.

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