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¿Por qué la Iglesia no admite el suicidio?

© IgorGolovniov/SHUTTERSTOCK

Toscana Oggi - publicado el 05/06/15

Una pregunta sencilla que desarma

¿Por qué un suicida que se mata para buscar la paz y la serenidad prometidas en la vida eterna, al no encontrar motivos para seguir viviendo en este mundo, es considerado un cristiano que no respeta su fe? (Carta firmada)

La pregunta es sencilla pero desarma, y nos recuerda los recientes y trágicos hechos no sólo por el suicida sino por otras personas desconocedoras e inocentes, como el piloto de la Germanwings o kamikazes similares.

Un suicida no respeta su fe porque en todo el credo cristiano, desde los primeros vahídos de Jesús hasta hoy, se habla de vida que vence a la muerte y no de suicidios u homicidios.

Pero me pregunto también, ¿cómo puede surgir una pregunta así cuando la muerte desde siempre ha sido considerada el mal radical y contrario a la vida que nos hace existir? ¿Qué hay de oscuro en la vida de hoy al punto de hacernos ver la muerte como una liberación? Piensa que extraño sería orar al Dios de la vida diciendo: Señor libéranos de la vida, presérvanos y haznos escapar de la vida y danos la muerte. Invocaciones escalofriantes y, sin embargo, cada vez más surgen aquí y allá oraciones del estilo.

Pero vamos a la pregunta. Entre tanto, la vida eterna con sus contenidos de paz y serenidad no son el fin por el cual existimos, sino la consecuencia de la vida que Dios nos ha dado y que sólo si la hemos vivido en el bien y el amor puede abrirnos el camino a la eternidad. No es la fuga de la vida que nos da la vida eterna, sino el continuo compromiso en una vida de amor.

Detrás de la pregunta, sin embargo, está el prejuicio de la mentalidad de hoy que cada uno tiene derecho de hacer de sí mismo lo que quiere. Ahora bien, si el hombre fuera un miserable pedazo o una casualidad, como las lombrices o matorrales, de la evolución de la materia y la tierra, al no tener valor ninguno ni dignidad ni honor ni valor ni importancia y ni siquiera vínculos o relaciones con otras cosas, podríamos aceptar su libertad de hacer lo que quiere.

Pienso que no haya habido una lombriz suicida, de todas maneras si la hubiera habido no importaría mucho. Pero un hombre es otra cosa: es un sujeto, una persona, un ser que tiene una dignidad de valor absoluto, un hijo de Dios a su imagen y semejanza, y eso los científicos, que desmantelan un cuerpo humano como un robot de ladrillos de lego, no lo dicen. Por eso el hombre de hoy ya no siente el valor y la dignidad de la propia persona y desprecia en sí lo más grande y bello que tiene: la vida y la existencia.

Por lo tanto, el centro de la pregunta no es el suicidio para la vida eterna, sino si un hombre, a reserva de a dónde irá o qué será después, puede o no puede suicidarse: ¿es lícito o no matarse? En la lógica de la sociedad de hoy es lícito todo lo que es posible. Pero no en la lógica de Dios, donde es lícito sólo todo lo que es bueno.

Si Dios es padre para la humanidad ninguno puede suicidarse porque la vida humana pertenece a Dios, es don gratuito que él no ha dado y, puesto que nosotros existimos en él, no se puede matar lo que pertenece a la vida. Por lo tanto, la paz y la serenidad que invoca el lector para justificar el suicidio, Dios nos la ofrece en el arco de toda la existencia tanto terrena como futura en él, por lo tanto, no existe motivo para anticiparla.

Además, nosotros no tenemos el derecho sobre la vida o la muerte de nadie, ni sobre los demás ni sobre nosotros mismos. Finalmente, la muerte es un legado del pecado y el suicidio es una forma de aprobación del pecado original, como si quisiéramos decir: estamos de acuerdo con Adán y Eva.

Por eso, el suicidio está prohibido por el cristianismo. Está claro que aquí se habla de sujetos que intencional y lúcidamente realizan tal gesto, no de aquellos que lo hacen bajo presiones morales, psíquicas, enfermedades, etc., para ellos tenemos que justamente invocar la misericordia de Dios.

Finalmente, a reserva de Dios y el cristianismo se dan motivos contrarios al suicidio también racionales y “laicas”. El derecho es una reivindicación del ejercicio de un valor que el sujeto posee: tengo el derecho al alimento porque es salvaguarda del valor-derecho de mi vida. La vida es el fundamento base, raíz de cualquier derecho humano, y por eso no se puede matar ni a otros ni a sí mismos, porque cada derecho que el hombre recrimina es en función de la vida, y es su vida – y no su libertad – que le da el derecho a reivindicar sus derechos.

Ahora bien, valore el lector – ¿cómo puede un sujeto reivindicar un derecho para hacer aquello que lo niega? ¿Cómo puede reivindicar el derecho al suicidio precisamente basándome en el derecho a la vida? Estamos evidentemente también en el absurdo racional, lógico, “laico”, pero que así sea.

El hombre de hoy considera que la libertad es el fundamento de todo, pero ésta es sólo un instrumento de la vida y usada mal, de un bien precioso se vuelve el arma más destructiva y devastadora. Una libertad absoluta sin referencia a su fundamento, decía Sartre, nos lleva a ser una “pasión inútil”, algo que puntualmente hoy se está constatando.

Por lo tanto, nadie puede suicidarse por ningún motivo, primero el religioso y luego el laico, porque precisamente la vida es esa fuente de derechos que tiene razón de ser porque la salvaguardan, por el contrario el suicidio es la destrucción de este asunto y, por lo tanto, no puede ser un derecho ni un deseo lícito ni un acto a realizar.

Para el cristiano, finalmente, la paz y la serenidad, como enseña Jesús, habitan en el amor hacia el prójimo y hacia Dios, y este lugar de paz y serenidad se encuentra antes en este mundo no sólo en las alegrías sino también en los dolores y en los sufrimientos de la vida, y la paz de la vida eterna no es otra cosa que una prolongación de la paz que el hijo de Dios puede ya encontrar en el amor viviendo la existencia de este mundo.

En fin, si Jesús hubiera querido salvarnos con el suicidio podía perfectamente suicidarse, pero no lo hizo, indicándonos el camino de la cruz como camino veraz a la vida eterna.

Tags:
cristianismoiglesia catolicasuicidio
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