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7 verbos elementales para adentrarse en la Eucaristía

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¿Por qué alguien que ha estado años comulgando a diario sigue teniendo los mismos defectos?

La elección de estos siete verbos -TENER HAMBRE – COMPARTIR MESA – RECORDAR – ENTREGAR – ANTICIPAR – "TRAGARSE" A JESÚS – BENDECIR- está hecha mirando aquello que en la celebración de la Eucaristía aparece recordado, representado, dicho y recibido y que puede ir configurando la vida de los que participamos en ella.

En realidad, más que de "acceso" habría que hablar de "circularidad", porque tratar de vivirlos nos adentra en la Eucaristía; pero es el misterio que allí celebramos lo que de verdad nos reenvía a vivirlos en nuestra existencia cotidiana.
 

Llamo "elementales" a estos verbos en la misma perspectiva de estas preguntas que también lo son:
 
"¿Cómo se puede explicar el hecho -dice J.M. Castillo- de que una persona se pase gran parte de su vida comulgando a diario y, después de muchos años recibiendo cada día a Jesús en la Eucaristía, resulte que tiene los mismos defectos que al principio, o incluso que tenga defectos y faltas más importantes que cuando empezó a comulgar? ¿Cómo se puede explicar que tanta gracia, acumulada durante tantos años, no se note, al menos de alguna manera, en la vida concreta de esa persona?"
 
2. "¿Cómo es posible -se pregunta A. Paoli- que, en países de mayoría católica, mucha gente piadosa que frecuenta la iglesia, que todos los días recibe la Eucaristía y que habla de Cristo y adora a Cristo, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad y, más aún, contribuya con sus opciones políticas y económicas a mantener cada vez más la desigualdad y la injusticia?"
 
3. No me considero capaz de contestar a la radicalidad de esas preguntas. Solamente pretendo provocar una reflexión que puede hacerse en ámbito comunitario y que al menos nos ayude a planteárnoslas con un poco más de honradez.
 
1. Tener hambre
 
DESEO/HAMBRE/COMIDA: : En una asamblea numerosísima de religiosas en una casa en medio del campo, celebraba la Eucaristía un obispo. Todo estaba resultando extremadamente solemne, las rúbricas eran escrupulosamente observadas, y la homilía versaba sobre la Iglesia una, santa, católica y apostólica, a razón de diez minutos por nota.

En el jardín había una algarabía de pájaros acomodándose en los árboles al atardecer, y me distraje pensando que si estuviera Jesús sentado entre los fieles, como laico que era, a lo mejor se habría levantado y le habría pedido con muchísimo respeto al obispo si no le importaba callarse un momentito para que todos pudiéramos escuchar a los pájaros.

Eso me inundó de consolación, que llegó a su cumbre cuando, en el ofertorio, el que ayudaba a misa tropezó, empujó el cáliz, se derramó el vino, y la agitación que provocó hizo que aquello empezara a parecerse a una cena de verdad.
 
Y es que a fuerza de estilizar los símbolos, de respetar los ritos y de cuidar la liturgia, corremos el peligro de olvidar que en el origen de lo que celebramos hubo una cena de despedida, y que a lo que estamos invitados es, no a un espectáculo, ni a una representación, ni a una conferencia, sino a una comida fraterna.
 
Y, para comer, lo primero que uno necesita es tener hambre. Esta realidad, estremecedora en dos tercios de nuestro mundo y que tendría que quitarnos el sueño al tercio restante, tiene mucho que ver con un cierto "estado de vigilia" que mantiene despierto el deseo.
 
De entre todas las estrategias pastorales de las que echamos mano a la hora de motivar a la gente para que participe en la Eucaristía (y de motivarnos nosotros, que buena falta nos hace), quizá ésta de invitar a contactar con la autenticidad del deseo sea de las más olvidadas. Y, sin embargo, es la que toca la zona más honda de nuestro ser.

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