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¿Por qué es bueno respetar la Liturgia?

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Ignacio Centenera Crespo - publicado el 24/05/15 - actualizado el 14/07/17

Hay sacerdotes que, con un afán (positivo) de atraer a más gente a Misa, acuden con frecuencia a improvisar durante la celebración

Rara vez ocurre, pero sucede a pesar de todo. Me he encontrado en ocasiones con sacerdotes que, con un afán (positivo) de atraer a más gente a Misa, acuden con frecuencia a improvisar durante la celebración del Santo Sacrificio. Situaciones en las que el sacerdote baja a dar la paz a los feligreses o incluso permite que cualquiera de nosotros pueda ayudar en la distribución de la Comunión e incluso, en la Consagración, varíen levemente las palabras que el mismo Cristo dijo en su última Cena, encuentran entre los miembros de la asamblea un cierto “shock”, puesto que no es lo que “solemos escuchar”.

No es mi intención negar el sentido apostólico en esos actos. Sin embargo, ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

Pues bien, a este respecto la propia Iglesia ya se pronunció en su momento. La Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos redactó la instrucción apostólica Redemptionis Sacramentum, en la que se describe con detalle cómo debe ser celebrada la Eucaristía con el fin de no “[…] callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales”, dado que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, si bien trajo innumerables ventajas, no está exento de sombras que impiden actuar con “cabeza y corazón”, llevando a convertir los abusos en costumbres.

Pero, ¿por qué estos abusos? Como bien dice la instrucción, tienen su origen en un falso concepto de libertad. Falso por un doble motivo: (i) no ayuda a vislumbrar lo que es recto y justo y porque (ii) obvia la grandiosidad de la Eucaristía. “la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones”, es decir, la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal y quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano.

Así con todo, es cuestión de repasar situaciones comunes que nos encontramos al celebrar la Sagrada Eucaristía. Me centro en dos momentos muy comunes de la Misa: el signo de la paz y en la distribución de la comunión.

1. Distribución de la Comunión.

Citando a la Instrucción apostólica, se dice que corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos. Existen, no obstante, situaciones especiales o de urgente necesidad en las que no haya otro sacerdote o diácono que ayude a distribuir la Comunión cuando la Asamblea es tal que distribuir la comunión un solo sacerdote conllevaría alargar en exceso la duración de la Misa. En esos casos se acude a lo que el Derecho Canónico establece como Ministro extraordinario, definido en el canon 230.3 como aquel que donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, puedan también los laicos suplirles en algunas de sus funciones, entre las que destacaría, entre otras, la distribución de la comunión. Para ello deberán adquirir la formación pertinente requerida para el desempeño de su función.

Por tanto, con solo atender al Código de Derecho Canónico, observamos que dicha figura de ministro extraordinario no debe ser tomada a la ligera, evitando que se produzcan abusos de derecho en la aplicación de la norma. Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi

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eucaristialiturgia
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