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¿Por qué la resurrección de los cuerpos? ¿No basta salvar el alma?

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Toscana Oggi - publicado el 20/05/15

¿Qué tiene el cuerpo que es tan importante?

¿Por qué tanto énfasis en la resurrección de los cuerpos cuando es suficiente la salvación del alma? ¿Qué tiene el cuerpo que es tan importante? Responde sor Giovanna Cheli, profesora de Sagrada Escritura en la Facultad Teológica de Italia Central.

La pregunta expuesta por nuestro lector es fundamentalmente una pregunta sobre el hombre, sobre el sentido de su cuerpo y, por lo tanto, de su vida.

Además parece que la resurrección de los cuerpos es opuesta a la salvación del alma, que está destinada a la salvación eterna, mientras que el cuerpo a desintegrarse. El cuerpo no parece tan receptivo a la salvación como el alma. Por eso el lector afirma: “es suficiente la salvación del alma”.

Hay que preguntarse si es posible realmente “salvar el alma” sin el “cuerpo”. El problema de la salvación está vinculado al de la muerte, por lo que “salvar el alma” significa comúnmente hacer que el alma llegue, gracias a una vida generosa, a la visión beatífica mientras el cuerpo queda sepultado y se disuelve.

Pero la perspectiva que la Sagrada Escritura nos da respecto a estas cosas no es precisamente esta. Primero que nada la fe en la resurrección de la carne no es un énfasis, sino una verdad esencial de la vida cristiana.

Toda nuestra fe está fundada en la resurrección de Jesús que se apareció a los apóstoles durante cuarenta días con un cuerpo vivo, comió con ellos, se le podía tocar, sopló sobre ellos y habló con ellos: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo” (Lc 24,38-39).

No les resultó fácil reconocerlo, signo evidente de que su cuerpo había sufrido transformaciones y, sin embargo, en Él los apóstoles volvieron a ver los signos de su historia y pudieron incluso tocarlo (Tomás). Por lo tanto, la resurrección del cuerpo del Señor y nuestros cuerpos es un elemento esencial de la vida del cristiano y de su fe.

La muerte, que sentencia el final de una realidad y quisiera arrojar una luz de inutilidad sobre lo que antes existió, no es capaz de interrumpir la vida del hombre y marca sólo el final de un cierto tipo de vida, la física y biológica.

A la luz de las narraciones pascuales hay que preguntarse: ¿nuestros cuerpo son sólo un instrumento para la vida terrenal, o su significado va más allá del tiempo asignado físicamente a cada uno?

Si nuestra alma estaba presente en nuestro cuerpo antes de la muerte, ¿por qué no se puede pensar, de alguna manera, que nuestro cuerpo tras la muerte estará presente en nuestra alma y que uno y otro se transformarán en el momento del paso de esta vida a la otra?

Si se objeta, con razón, que después de la muerte nuestro cuerpo no es el mismo de antes, ¿por qué no se puede decir lo mismo del alma? Esta con la muerte no es la misma de antes porque está privada de su cuerpo físico.

El resucitado nos recuerda que la muerte, transformando realmente el cuerpo biológico y el alma, no tiene el poder de suprimir su relación, creada por Dios.

Es reductivo decir que con la muerte el alma se separa del cuerpo y es más justo decir que nuestra vida entera se transforma en una nueva dimensión: nuestra alma y nuestra corporeidad (no biológica) continúan creciendo hacia la plenitud de la vida divina.

El prefacio de la misa de difuntos dice: “la vida no se quita ni desaparece, sino que se transforma”. La Palabra de Dios afirma con claridad que el “cuerpo”, reducido equivocadamente sólo a la vida física, está en el centro de toda la historia de la salvación: desde la creación, a la Encarnación del Verbo, a su muerte y resurrección, y su ascensión al cielo de la cual esperamos el regreso.

Si pensamos que el cuerpo muere con el final de la vida física, toda la historia de la salvación quedaría trastornada. Como nos lo recuerda Tertuliano: caro cardo salutis (la carne es la bisagra de la salvación).

Detrás de esta centralidad existe una idea precisa del hombre que la Sagrada Escritura nos ofrece, diversificándose de la filosofía griega de la que nuestro pensamiento está impregnado.

En la antropología semítica, precisamente del Antiguo y el Nuevo Testamento, el hombre no está compuesto de la unión de dos elementos distintos como el alma y el cuerpo, del principio espiritual y el material.

Es verdad que en la Escritura no faltan referencias a una dicotomía antropológica, que toma ámbito en el momento en que la fe judía o cristiana se confronta con el mundo griego, pero la idea de hombre que la Sagrada Escritura nos presenta es unitaria.

Esto no quiere decir que no se vea en el hombre una realidad compleja y articulada, constituida por más dimensiones atestadas de manera diferente. Por lo tanto, aunque se hable en la Biblia de “alma” (nefeš- psiché), de “carne” (basar- sárx), de “espíritu” (ruâh-pneûma), de “cuerpo” (sôma), el hombre no se identifica nunca solamente con una de estas dimensiones.

No sólo, mientras que decimos que el hombre tiene alma y cuerpo, en la Sagrada Escritura se afirma que el hombre es alma, espíritu, cuerpo y así sucesivamente.

Esta precisión es esencial para hablar de una unidad sustancial de la realidad humana y aunque ésta sea sometida a la caducidad en su cuerpo, el aspecto de la corporeidad no es sólo un hecho biológico y exterior, sino que pertenece a su dimensión profunda.

Cada uno de nosotros es su cuerpo, como es su alma, y la relación de estos componentes es íntima e indisoluble, de modo que si el alma en el tiempo terreno está impresa en el cuerpo, de manera análoga también el cuerpo está impreso en el alma. Esta relación es unitaria y no está destinada a extinguirse.

En este sentido la resurrección respeta a toda la persona, comprendida en todos sus aspectos incluso los más frágiles, como la carne.

No basta, por lo tanto, la salvación del alma, porque es simplemente imposible: el alma conlleva la reciprocidad con su cuerpo, está creada así, por eso en la visión cristiana la resurrección del cuerpo es fundamental.

No se debe, de hecho, olvidar que Dios hizo al hombre “a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Gn 1,26) y que el Hijo de Dios vino al mundo asumiendo en todo nuestra naturaleza humana. Así dice la Carta a los hebreos (10,5.7), dando voz a Jesús: “Me has formado un cuerpo… Entonces dije: ¡He aquí que vengo!”.

El “cuerpo” es el lugar del don recibido y restaurado. La salvación de la humanidad no es a través del sacrificio únicamente espiritual de Jesús, o la ofrenda de su alma, sino a través del don de “su cuerpo” como nos recuerda la Eucaristía.

Sin el cuerpo del Señor y nuestro cuerpo, Dios no podría revelar todo su amor que, aunque en la temporalidad, ya es eterno.

En la Palabra hecha carne (Jn 1,14), el cuerpo se vuelve un bien común entre Dios y el hombre; no es, por lo tanto, un lastre del que hay que liberarse, ni un mero instrumento que decae con el tiempo: es nuestra manera de ser, es nuestra vida.

Nosotros también, en nuestro cuerpo, estamos invitados a donarnos, porque su principio y su plenitud es el don. De hecho, el cuerpo que somos nos ha sido donado por nuestros padres y por Dios. Nuestro ser a “su imagen y semejanza” nos dice que también la corporeidad del hombre no es sólo el ápice de toda la creación, sino el punto de referencia de toda la historia de la salvación que encuentra su centro en la Encarnación y en la muerte y resurrección del Señor.

Después de Él, nosotros también resucitamos en la carne. Entonces decae el “cuerpo biológico”, pero no se agota la sustancia de nuestro ser, nuestra corporeidad, encrucijada del don recibido y del donarse: éste está destinado a permanecer para siempre, realmente siendo transformado en el pasaje de la tierra a la eternidad.

Después de la muerte, la vida entendida de esta manera crece hasta la plenitud. Por eso cuando Jesús resucita muestra sus llagas porque son el signo corporal de su obra de amor que ha ultrapasado el tiempo y el espacio.El cuerpo de Cristo, como el nuestro, registra cada acción de amor.

El cuerpo no es el revestimiento de un principio espiritual, éste debe estar vivo y ser fecundo (por eso los muertos y los vivos oran recíprocamente) y al custodiar la huella de Dios, somos transfigurados en nuestro cuerpo.

Dice Pablo: “Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar.. Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción.. se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Co 15, 38.42.44).

¿Qué tiene nuestro cuerpo que es tan importante? La imagen y semejanza de Dios que vuelve a brillar claramente con la resurrección.

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