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Vida de María: Sepultura de Cristo.

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Opus Dei - publicado el 19/05/15

La lanza atravesó el corazón de Jesús ya muerto e hirió profundamente el alma de María

Jesús había muerto hacia las tres de la tarde: la hora en la que se sacrificaban los corderos en el Templo para la cena pascual ya inminente.

El cuarto evangelio subraya ese simbolismo desde los primeros capítulos, cuando —delante de un grupo de discípulos— pone en boca del Bautista, señalando a Jesús, estas palabras: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). María seguía al pie de la Cruz, con Juan y la santas mujeres. No podía apartarse de ese lugar, con la mirada fija en su Hijo. Le quedaban aún varios tragos amargos, antes de poder depositar su cuerpo en el sepulcro.

Al ponerse el sol, hacia las seis de la tarde, comenzaba ya el sábado, que aquel año era muy solemne, pues coincidía con la Pascua de los hebreos. No era conveniente que, en una festividad tan grande, los cuerpos de los condenados siguieran pendientes de las cruces. Por eso, un grupo de notables se dirigió a Pilato rogándole que les rompieran las piernas y los retirasen (Jn 19, 31).

El Procurador romano envió a unos soldados con ese penoso encargo. Podemos imaginar el sobresalto de María cuando vio aparecer en el Calvario a ese pelotón armado de mazas y lanzas. San Juan describe la escena: rompieron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con Él. Pero cuando llegaron a Jesús, al verle ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza. Y al instante brotó sangre y agua (Jn 19, 32-34).

La lanza atravesó el corazón de Jesús ya muerto e hirió profundamente el alma de María, cumpliendo la profecía de Simeón: una espada te traspasará el alma (cfr. Lc 2, 35). San Juan, testigo ocular, vio en este episodio la realización de otras profecías; especialmente aquella referente al cordero pascual: no le quebrantaréis ni un hueso (Jn 19, 36; cfr. Ex 12, 46). Y también otro pasaje de la Escritura dice: "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37; cfr. Za 12, 10).

El tiempo apremiaba. José de Arimatea y Nicodemo, hombres temerosos de Dios y miembros del Sanedrín, discípulos ocultos del Señor, se presentaron ante Pilato pidiendo con audacia que les concediera el cuerpo del Señor. Una vez cerciorado de la muerte, Pilato accedió a su petición.

Y allá se presentó José acompañado de un equipo de servidores que llevaban consigo escaleras para bajar el cuerpo de la cruz, vendas y un lienzo grande. Nicodemo fue también llevando una mixtura de mirra y áloes, de unas cien libras (Jn 19, 39): una cantidad enorme de perfumes, digna de la sepultura de un rey. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos (Jn 19, 40).

La piedad cristiana se ha detenido en este paso evangélico para contemplar con emoción y recogimiento la imagen de María con su Hijo muerto en los brazos. Es la celebérrima escena de La Piedad , inmortalizada en el arte por innumerables pintores y escultores. Quizá fue en este momento, mirando el cuerpo martirizado de Cristo, apenas lavado lo indispensable, cuando la Virgen y las mujeres entonaron sus lamentaciones, como era habitual en los antiguos pueblos del medio oriente y como es frecuente aún ahora en muchas latitudes.

El Evangelio es parco en detalles; pero en antiguos documentos de la tradición se encuentra detallada esta escena, poniendo en boca de María —como hace, por ejemplo, San Efrén, en el siglo IV— unas lamentaciones en las que la Virgen expresa su dolor, al tiempo que se adhiere totalmente a la Voluntad divina.

Por fin colocaron el cuerpo de Jesús en una propiedad de José situada a pocos pasos del Calvario. Había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido colocado nadie. Como era la Parasceve de los judíos, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús (Jn 19, 41-42). José de Arimatea hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó (Mt 27, 60).

Estaba a punto de comenzar el grande y solemne sábado. Al día siguiente, a pesar de la fiesta, una embajada de los príncipes de los sacerdotes y los fariseos pidió a Pilato que pusiera una custodia de soldados en ese lugar. Pilato se lo concedió. Ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y poniendo la guardia (Mt 27, 66).

La fe en Jesucristo, el Mesías e Hijo de Dios, parecía haberse apagado sobre la tierra. Pero brillaba con fuerza en el corazón de su Madre, que no había olvidado la promesa de su Hijo: al tercer día resucitaré (Mt 27, 63).

Artículo originalmente publicado por Opus Dei

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