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La soberbia en «El Principito»

Antonie de Saint-Exupery

Aleteia Team - publicado el 16/05/15

Aparte de llevar a la soledad y a la mentira, la soberbia lleva también a la envidia y a la ira

La soberbia, dice el dominico Melchor Cano (1509-1560) en su Tratado de la victoria de sí mismo, es “el apetito desordenado de la propia excelencia”.

El soberbio quiere ser siempre el primero en todo. Cuando toma la palabra (acaso el verbo arrebatar y no tomar sea en su caso el más apropiado), no hace otra cosa que referirse a lo único de lo que vale la pena hablar en este mundo: él mismo.

Apenas su interlocutor abre la boca, el soberbio lo interrumpe para decir: “Eso no es nada. Yo…” Y si por alguna extraña razón lo deja pronunciar más de dos frases seguidas, el soberbio no lo escucha, pues se encuentra pensando en lo que replicará a continuación.

Sus diálogos no son en el fondo más que monólogos alguna vez interrumpidos. Así como todos los caminos llevan a Roma, así todas sus conversaciones llevan a él. Al final, los demás lo escuchan por pura compasión si no es que por obligación, pero, en todo caso, nunca por gusto. Como el pez, este infortunado muere siempre por su propia boca.

La soberbia, decía Casiano, es el más sutil de los vicios capitales, y es por esto: “A unos –explica– insufló el orgullo porque son pacientes y sufridos en el trabajo; a otros, porque son prontos en la obediencia; a aquéllos, porque superan en humildad a los demás. Tienta a éste por su ciencia, a aquél por sus lecturas, a un tercero por la duración prolongada de sus vigilias… En suma, los otros vicios se oponen claramente a las virtudes contrarias y hacen la guerra frente a frente y cara a cara. Por eso contamos con mayor facilidad para vencerlas, así como para ponernos en guardia contra ellas. Pero ésta se desliza insensiblemente y se confunde con las virtudes” (Instituciones XI, 6-8).

El soberbio es siempre el más inteligente, el más astuto y el menos ordinario de los seres que se mueven por las autopistas del planeta. Si alguna vez habla de su “pobre persona”, lo hace únicamente para fingir una humildad que no tiene, para suscitar una simpatía que en el fondo le será siempre negada.

«-¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador! –dijo el vanidoso agitando su sombrero cuando vio llegar al Principito. (El Principito buscaba un amigo y lo que encontró fue un hombre que sólo quería aplausos).

»-Buenos días –dijo el Principito-. Tienes un sombrero extraño.

»-Es para saludar –respondió el vanidoso-. Es para saludar cuando me aclaman… Golpea tus manos una contra la otra.

»El Principito golpeó sus manos una contra la otra. El vanidoso saludó humildemente, levantando su sombrero.

»-¿Verdaderamente me admiras mucho? –preguntó el vanidoso.

»-¿Qué significa admirar?

»-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más hermoso, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta.

»-¡Pero tú estás solo en tu planeta!

»-Dame ese gusto. ¡Admírame, no obstante!

»-Te admiro –dijo el Principito. Y se fue».

¿Quién podía estarse allí toda la vida aplaudiendo? Si el vanidoso se hubiera olvidado de sí mismo aunque sólo fuera por un día, o por unas cuantas horas, otro habría sido el final de la historia. Pero el hombre no quería amigos, sino sólo adoradores.

Aparte de llevar a la soledad y a la mentira, la soberbia lleva también a la envidia y a la ira. “¿Cómo es que este hombre insignificante ha llegado a ser mi superior? ¡No es posible, me rebelo ante semejante injusticia!”, dice el envidioso casi al punto de la histeria. Le es difícil aceptar que otro que no sea él haya podido llegar a semejantes alturas. Después de tales reflexiones se deja llevar como un niño por los raíles de la maledicencia y el bisbiseo. “¿A qué no saben ustedes cómo discurre la vida privada de nuestro jefe? Pues bien, déjenme decirles algo de lo que acabo de enterarme…”

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pecado
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