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Nuestro último verano en Escocia

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Desternillante comedia inglesa, dirigida y escrita a dos manos por Andy Hamilton y Guy Jenkin, llega a las pantallas patrias de la mano de A Contracorriente films.

Nuestro último verano en Escocia cuenta la historia de un matrimonio, Doug y Abi, y sus tres excéntricos hijos. Cuando el estrés pone en peligro el matrimonio de la pareja viajan a Escocia para participar allí de una gran reunión familiar en la que se reencontrarán con el padre de Doug, Gordie. Y lo que parecían ser unas vacaciones idílicas para unir a la familia, se trocará en malentendidos insípidos. Sólo una sabia acción de los niños dejará de lado esas diferencias.
           
Endiabladamente frenética y fluida, Nuestro último verano en Escocia desarrolla un guión ágil con una hábil propuesta en la que se acentúa el tono simplista e hipócrita de los adultos, que además ofrece una mirada bastante real y patética del ser humano cuando no sabe cómo reaccionar al no controlar las situaciones límite.

Al lado contrario, y para sopesar esta actitud, se encuentra el papel que desempeñan, como adultos, los niños en el filme a modo de contrapunto. O dicho de otro modo: sólo los niños saben encarnar la inocencia y la natural espontaneidad que no pudieron o no quisieron afrontar los personajes mayores de la película. Todo ello, entonces, conforma una muy buena historia de contrastes, de gran valor de pies a cabeza al lograr una narración uniforme, repleta además de diálogos chispeantes, extravagantes e irónicos.
 
Y no sólo la historia de Nuestro último verano en Escocia resulta atractiva a partir de su propuesta argumental, sino que además desarrolla una moraleja muy válida y actual sobre el aspecto trascendente -poco habitual en este tipo de comedias inglesas de personajes tan dispares en edad- que se completa felizmente a través de las excelentes, frescas y muy bien engrasadas interpretaciones, sobre todo de los hijos.
 
Muy sencilla visualmente -al estilo de Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006)- resulta poderosa en su tratamiento formal. Y aún es más edificante y reconfortante su mensaje final. No en vano, tras su estreno en Inglaterra, Hamilton y Jenkin declararon que “la vida real es así, hasta en los momentos trágicos hay humor”. Y ellos han sabido encontrar ese punto de difícil equilibrio para que todos sus personajes resulten creíbles, cotidianos, cercanos, y que algunas situaciones, aparentemente rocambolescas, no chirríen en absoluto y provoquen aún más risas al respetable.
           
Puede decirse que no dista mucho de nosotros este inclasificable modelo de familia, y que si en Nuestro último verano en Escocia se ponen en solfa los miedos, fobias y disfuncionalidades de la condición humana… es sólo para que nos miremos un poco más hacia dentro de nosotros mismos y reconozcamos que, en efecto, somos más frágiles de lo que pensamos. Algo así como una catarsis, pero con la dificultad de hacerlo desde el respeto, sin herir sensibilidades y mediante la comedia, ese género tan complicado de ejecutar sin caer en la mofa o el escarnio. ¡Por fin cine inteligente!
 

 
 

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