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Einstein, el científico que llamaba “fanáticos” a los ateos

© DonkeyHotey
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El gran científico judío alemán comprendió tras 1934 que los dramas que Europa estaba viviendo estaban causados por el abandono del cristianismo

A los sesenta años de la muerte de Albert Einstein, es imposible no recordar la obra de este físico judío alemán que hace 110 años, precisamente en 1905, con 5 artículos enviados a una revista alemana, planteó “las bases de la relatividad especial, de la teoría atómica y de la mecánica quántica”, verdaderos “hitos de la física de todos los tiempos” (Paolo Musso, La scienza e l’idea di ragione. Scienza, filosofia e religione da Galileo ai buchi neri e oltre, Mimesis, 2001, p. 263: se trata de un libro imprescindible para los apasionados de la filosofía y la historia de la ciencia). Lo que era esta bendita relatividad, para muchos fue difícil de comprender por mucho tiempo.
 
Aún hoy no pocos están convencidos de que ésta tiene que ver con el relativismo, cuando al contrario, “la relatividad no es en absoluto una teoría de lo relativo, sino más bien de lo absoluto”.
 
Pero más allá de las cuestiones puramente físicas, ¿cuáles son las implicaciones filosóficas de los descubrimientos de Einstein? Debe preguntarse por varios motivos: el primero de ellos es la pasión que Einstein mismo tenía por las meditaciones que van más allá de la propia física. El segundo motivo es también histórico: tanto los ideólogos nazis como los comunistas condenaron duramente la física de Einstein, acusándola de ser una “física judía” los primeros, una física no materialista, “burguesa”, los segundos.
 
El ataque, en Alemania, llegó también de premios Nobel de física como Johannes Stark, mientras que en la URSS se reprochaba a Einstein “que su teoría ‘generaba un universo absurdo con un origen bien definido, demasiado parecido al punto de vista religioso’ que el pensamiento soviético tenía tanto empeño en ‘extirpar de la sociedad’. Ciertamente, no ayudaba el hecho de que uno de los principales difusores de las teorías de Einstein fuera un sacerdote, Georges Lemaître, un ‘extranjero corrupto perteneciente a una sociedad burguesa decadente y agonizante’” (Paolo Mieli, Corriere della sera, 2/9/2014).
 
En resumen, tanto el panteísmo materialista nazi, como el materialismo comunista, vieron en las teorías de Einstein un problema de orden filosófico, pues hacía saltar por los aires los principios del mecanicismo, al afirmar que la materia se puede transformar en energía y viceversa.
 
Además, la afirmación de Einstein de un espacio-tiempo relativo, imposible sin la existencia de los cuerpos, recuerda un concepto: no hay espacio (ni tiempo) sin materia. En otras palabras: la doctrina materialista de Demócrito – según la cual “es opinión lo dulce, es opinión lo amargo, es opinión el calor, es opinión el frío, es opinión el color: en realidad sólo hay átomos y el espacio vacío”-, entra en crisis allí donde no es posible pensar en un espacio vacío eterno que sea puro contenedor de infinitos átomos, también ellos eternos.
 
Mucho más si conectamos la relatividad de Einstein con la idea del Big Bang, promovida por el antes citado Lemaître, y también ésta odiada por los soviéticos materialistas de la época, porque reduce la materia a un “átomo primordial”, y el espacio a lo que se genera a través de la expansión de ese átomo primordial.
 
Un último corolario filosófico interesante: la relatividad no sólo anula el espacio absoluto, sino que, más si se combina con la hipótesis del Big Bang, lleva a un concepto del tiempo que no puede dejar de recordar a san Agustín, para quien el tiempo (y el espacio) son relativos, en cuanto que fueron creados junto al cielo y la tierra.
 
Igual que para Agustín no tenía sentido preguntarse qué hacía Dios antes de crear el universo, al haber nacido el tiempo al mismo tiempo que el universo, tampoco hoy tiene sentido preguntarse qué había antes del Big Bang, pues el Big Bang marca también el comienzo del tiempo (y del espacio).

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