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El engaño de Pinochet a costa de Juan Pablo II

© MARCO UGARTE / AFP

Picture taken 06 April 1987 of Augusto Pinochet, then Chilean dictator, appearing with Pope John Paul II at the balcony of La Moneda in Santiago.

Gian Franco Svidercoschi - publicado el 16/04/15

En recuerdo del recientemente fallecido padre Roberto Tucci, organizador de los viajes papales

Aún hoy recuerdo sus ojos desorbitados, cuando salió corriendo del palacio de La Moneda. El padre Roberto Tucci, organizador de los viajes papales, estaba furioso, no lograba calmarse. Al verme, como para desahogarse, casi gritó: “Pero ¡¿lo has visto, qué ser despreciable?! ¡¿Qué cosa inmunda ha hecho al Santo Padre?!”.

Hablaba de Pinochet, y de la vergonzosa instrumentalización que el régimen había urdido hacia Juan Pablo II. Habían hecho demodo que el Papa se asomase, junto al general, al balcón de la residencia presidencial. Y la foto de esa escena – como se intuyó inmediatamente – debía precisamente servir para mostrar al mundo entero la “legitimidad” del gobierno de Pinochet.

El Padre Tucci, como para los otros viajes, había hecho uno preparatorio, de organización, también a Chile, para definir los detalles de la visita pontificia. No había tenido ninguna sospecha – también en base a cuanto le había asegurado el nuncio, que era entonces mons. Sodano – de que el régimen estuviera tramando algo.

Tampoco cuando Juan Pablo II llegó a Santiago – era a principios de abril de 1987 – no se advirtió nada extraño. O mejor, era extraño que en el aeropuerto no estuvieran los obispos, pero era una ausencia querida a propósito. Era extraño – por lo menos en el plano de la cortesía diplomática – que Pinochet, en su discurso de saludo, se autoproclamase defensor de los valores cristianos por haber derrotado la ideología extranjera (el marxismo). Pero, hasta aquí, se estaba en la esfera de lo previsible, o casi.

Fue el día después, por la mañana temprano, cuando la cosa empezó a oler. Ya a las 5 habían abierto los “pasajes” para dejar entrar a la gente en la plaza grande, con un prado verde, ante La Moneda. Muchas familias, probablemente de funcionarios gubernamentales, muchos jóvenes, y en todo caso gente segura, “fiel” alrégimen. Cada uno, para entrar, mostraba un billete de invitación.

Pedí a una mujer poder verlo. Le di la vuelta por casualidad y leí la inscripción detrás: “Pedir la bendición”. Más tarde lo conté al padre Tucci, y explotó: “Ah, ves, ¡estaba todo orquestado!”. Compartimos nuestros “descubrimientos”, y así logramos reconstruir la gran maquinación de Pinochet.

Cuando el Papa llegó al palacio, había encontrado al acogerlo, en el ingreso, a numerosas autoridades militares y civiles. En cambio, el general, con su mujer, le esperaba en el primer piso. Delante – ¡que casualidad! – precisamente el ventanal que daba al balcón, que se abría sobre la plaza llena de gente. Pinochet había saludado al papa Wojtyla, y en seguida desde la plaza – evidentemente se había dado la ”orden” – se elevó un gran clamor.

Era el momento de “pedir la bendición”. Habían abierto de par en par el ventanal (y quizás también una cortina que antes lo cubría), y así el fragor de abajo entró de repente en el salón. Pinochet no hizo otra cosa que indicar al Pontífice la “fuente” de ese clamor, como para decirle: “¿No les bendice?”. Wojtyla salió al balcón, e impartió la bendición. Justo detrás de él, estaba el general. Todo orgulloso. Todo satisfecho.

Esa foto dio inevitablemente la vuelta al mundo, y ha pesado como una losa sobre el pontificado de Juan Pablo II, y pesa aún hoy sobre su recuerdo, sobre su figura, sobre su legado. Y aún hoy hay periódicos y TV que vuelven sobre ese ”incidente”, y lo reproponen como si fuera todo verdad, como si el líder de la Iglesia católica hubiera avalado al régimen militar en el Chile de entonces.

Y así, sin tener en absoluto en cuenta los desmentidos y las precisaciones que padre Tucci (y no sólo él) ha hecho repetidamente durante años. Sin añadir – pero aquí estamos en la pura mala fe – que en el siguiente coloquio privado,

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chileJuan Pablo II
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