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Adoración eucarística: ¿cómo nació y qué significa?

© A&A Photography / Flickr
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¿Las primeras comunidades cristianas la celebraban?

La Iglesia, a todos los niveles, recomienda la práctica de la Adoración Eucarística. Esta liturgia tiene lugar con la presencia del Ostensorio que contiene al Santísimo en la hostia consagrada. ¿De donde procede esta liturgia? ¿Las primeras comunidades cristianas la celebraban

Responde el padre Giovanni Roncari, profesor de historia de la Iglesia

Es verdad, como observa el lector, que la Iglesia recomienda, también en documentos recientes, la adoración eucarística. Entre los libros litúrgicos existe uno titulado “Rito de la Comunión fuera de la Misa y culto eucarístico” donde se explican las razones y modos de la adoración eucarística. Para comprenderlos bien, es importante conocer la historia de la propia eucaristía.

En el Nuevo Testamento y en la tradición de los primeros cristianos, la Eucaristía es alimento que comer y sangre para beber: “tomad y comed… tomad y bebed…”  Este es el fin fundamental de la Eucaristía. Pero eso no significa que sólo tenga valor en la celebración, y que después ese pan y ese vino ya no tienen el mismo valor.

Un celebre pasaje de san Justino (siglo II) nos dice cómo celebraban la misa los primeros cristianos. Allí se pone de manifiesto que las especies eucarísticas no se limitaban al momento de la celebración, pues se llevaban también a los ausentes. Los testimonios sobre esto son innumerables: san Tarcisio, cuya historia se cuenta en época del papa Dámaso (366-384), defendió con la vida la profanación de la eucaristía que llevaba a los enfermos por parte de los paganos.

La arqueología y la pintura nos muestran las primeras custodias eucarísticas: cajitas de marfil o de metal que se llevaban al cuello para los enfermos, de viaje… En las Constituciones Apostólicas, un conjunto de leyes, oraciones y usos litúrgicos en Antioquía en el siglo IV, se lee: “Después de que todos y todas comulguen, los diáconos, recogiendo los restos, los lleven al pastoforio” (Libro VIII, 13) un lugar particular para conservarla que podemos considerar el antepasado de nuestro sagrario.

Nunca acabaríamos de citar a Padres de la Iglesia, textos litúrgicos y otros documentos sobre esto. La Eucaristía parte del altar, va a las casas de los fieles, les sigue en la vida cotidiana, en los viajes, sobre todo en el último: el viatico. Esta  presencia de la eucaristía en los lugares más disparatados, es para nosotros impensable: Novaziano (muerto hacia el 258) se lamenta de que ¡había cristianos que después de la celebración se llevaban tranquilamente la eucaristía al estadio!, en lugar de llevarla a casa como era costumbre. (De spectaculis III)

Con esto queda claro que desde el principio, la eucaristía no era un mero símbolo que sólo valía en la celebración. El paso de la custodia a la veneración, incluso pública, es breve y comprensible. En la Edad Media, las controversias teológicas sobre el modo de la presencia real del Señor en la eucaristía, sobre la transubstanciación, llevaron a una renovación de la doctrina y de la práctica de la Iglesia.

En esa época se acentúa la fe en la presencia real del Señor en el pan y vino consagrados: procesiones, bendiciones eucarísticas, la misma fiesta del Corpus Domini (instituida en 1264) celebran esta Presencia. Nacen en este periodo famosas oraciones que hoy son patrimonio de la Iglesia: “Adoro te devote”, “Ave verum corpus” y “Pange lingua”…

El concilio de Trento (1545-1563) rechaza la doctrina protestante de la misa y su significado, reafirmando la presencia real de Cristo en los elementos consagrados.

En el siglo XIX se asiste a un nuevo desarrollo con la fundación de congregaciones eucarísticas, congresos, adoración nocturna etc… cuya perspectiva es reparar las ofensas al Señor presente y el consuelo al Señor oculto en el sagrario.

A principios del siglo XX, san Pío X empieza un camino de reunión entre la celebración y la adoración, con decretos sobre la comunión frecuente, la comunión de los niños, etc.

Este camino tiene, en mi opinión, el punto más significativo en las reformas litúrgicas conciliares, por ejemplo la Eucharisticum mysterium, que en el punto 49 recuerda que la adoración de la Eucaristía nació de la conservación de las especies eucarísticas para que fueran administradas a los enfermos.

Aparecen claramente las razones de la adoración eucarística como prolongación de la celebración-comunión eucarística y que remite a ella. En consecuencia, las formas concretas de adoración eucarística deben servir para iluminar esta unión con la Misa, y no para sustituirla (lo die claramente en el (Rito de la comunión fuera de la misa y culto eucarístico, n.98)

Además, la veneración de las reliquias es algo distinto que no tiene nada que ver con la adoración de la Eucaristía. Pero este es otro tema que necesitaría una explicación más larga todavía.

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