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La pobreza que deseo

© Antoine Mekary / Aleteia
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Cuando me desprendo de las ataduras de la vida y aprendo vacío a confiar, entonces logro entender que ser pobre de Dios es mi único camino

No se trata de ser pobre sin más. Quiero ser pobre de espíritu, pobre de Dios. Pobre como Jesús. Pobre como María. Va más allá de poseer o no poseer cosas. No tiene que ver con desear o no desear ciertos sueños. 
 
El pobre de Dios vive consagrado por entero a Jesús, vive para Él, quiere vivir como Él. Sueña y desea, pero su prioridad es Jesús. Quiere tener sus sentimientos. Quiere que Jesús se haga carne en sus gestos de amor.
 
Se ha desprendido de las ataduras de la vida. Ha dejado de lado sus miedos a perder. Ha entregado todo con un corazón sincero y libre que sueña con las estrellas. Sabe que su vida no le pertenece.
 
¿No me pertenece lo que hago y sueño? ¿No es mío lo que he conquistado con mi esfuerzo? Es difícil no pretender apropiarnos de la vida, de lo que Dios nos ha dado, de lo que nuestra entrega ha producido como fruto.
 
El pobre de Dios es propiedad de Dios. Vive mirando al cielo, confiando en el amor de Dios en su vida. Sus obras son pasajeras. Puede perderlo todo, pero siempre le queda Dios, a quien sigue.
 
Sabe que Dios ha inscrito su amor, su ley, en su corazón para siempre. Sabe que lleva su sello y no puede olvidarse del amor que lo ha creado. Sabe que ese amor es verdadero, y por eso todo lo demás pasa a un segundo plano.
 
Estar dispuesto a entregarlo todo es el camino de santidad al que todos estamos llamados. Es el abandono en las manos de Dios.
 
San José lo vivió cada día desde que el Señor lo llamó a acoger a María en su corazón. Se desprendió de sus propios deseos y se apegó a los de su Padre Dios. Aprendió a ser padre de la mano de María. Confió, lo entregó todo. Vivió la actitud que describe el Padre José Kentenich:
 
«Desprenderme del yo quiere decir, por lo tanto, que tengo que esforzarme en trabajar con espíritu (alma) para desarrollar mi capacidad de entrega. El acto de conformidad o aceptación de la voluntad de Dios supone una vida de aceptación»[1].
 
Esa confianza ciega en el amor de Dios acompañó siempre a José. Aceptó la voluntad de su Padre. Se hizo dócil, pobre, hijo. Aprendió a obedecer. Siguió el camino marcado confiando siempre.
 
Es la misma confianza que pedimos, esa confianza que nos libera de lo que nos ata cuando realmente nos hacemos pobres de Dios. Es la confianza de los niños, que en medio de la oscuridad, siguen caminando, aunque tengan miedos y dudas.
 
Es la esperanza de los pobres que lo han perdido todo menos el amor incondicional de su Padre que siempre los sostiene, siempre los guía, siempre permanece fiel.
 
Pobres cuando obedecemos
 
Cuando Dios es dueño de nuestra vida, todo cambia, nada tememos, nos dejamos amar. Pero no siempre es así. No dejamos que sea nuestro dueño. No queremos obedecerle y seguir sus caminos. Nos resistimos a hacer su voluntad.
 
Jesús se hizo pobre obedeciendo. Aprendió sufriendo a obedecer. Nos hacemos pobres cuando obedecemos su voluntad. Nos hacemos propiedad de Dios obedeciendo sus más leves deseos.
 
¿Qué desea Dios para mi vida? ¡Cuánto nos cuesta escuchar su voz y entender sus caminos! ¡Qué difícil comprender sus deseos! Él ha inscrito su ley en mi corazón para siempre y aun así me cuesta descifrar su contenido.
 
Ha sellado una alianza nueva conmigo y quiero renovarla cada mañana. Le pertenezco por entero y para siempre.
 
Me cuesta entenderlo tantas veces cuando persigo mis sueños sin contar con Él. Sigo haciendo mis caminos y obedeciendo mis propias leyes. Yo decido lo que quiero y no quiero. Lo que está bien y lo que está mal. No aprendo a ser frágil, quiero siempre ser fuerte.
 
No me gusta ser pobre, necesitar ayuda. Siempre quiero ser rico y poderoso.

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