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Escándalos, indiferencia, gracia,… ¿Qué somos hoy los curas?

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Roberto Esteban Duque - publicado el 17/03/15

Pensamientos de un sacerdote al acercarse el Día del seminario

He comprendido siempre mi vocación (ahora que se nos viene san José y el Día del seminario) como búsqueda de sentido. No que yo dé un sentido a mi vida en un momento determinado orientándola al ministerio sacerdotal; eso sería tanto como dar primacía a la autorrealización personal: no me van bien las cosas por un lado, me decanto por otro. No es eso.

La vocación es primero receptividad, espera de un sentido que viene a mí, que me descoloca, entregando un sentido a mi vida para seguirlo hasta el final: “no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”.

Acogiendo así lo imprevisto, desconcertado, descabalgado, abandonando mis propios ídolos (amenazantes todavía en momentos de flaqueza) sigo la senda que aquel que se presenta como “el Camino, la Verdad y la Vida” comienza a trazarme, al tiempo que desbarata cualquier programación personal.

A partir de ahora se impone algo esencial: Dios es la fuente de todo. No rechazo a nadie; tampoco dejo un tiempo o reservo unas horas del día para Él y me sumerjo por horas distintas en ocupaciones más frívolas o sesudas. No, tampoco es eso.

A partir de ahora se me pide que cuanto vea, palpe, sienta, me remita a Él y que cuando me vuelva a Él en la oración y en la Eucaristía me vuelva hacia aquellos que Él ha querido colocarme en mi camino, de modo singular a quienes más sufren.

Lo que sucede entonces es algo extraordinario. Al igual que aquellos incas que ejecutaban a sus víctimas metiéndoles en la boca oro fundido, Él introduce el oro de su vida luminosa que reventará el viejo odre del egoísmo y del orgullo. Ilumina con Su vida mi propia vida para llevarla a una libertad y plenitud mayor.

Predicar el Evangelio se convierte así en un deber: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”. Si no evangelizo, me condeno. No basta contentarse con el propio crecimiento, sino entregarse para dar fruto.

 Pero, ¿quién ha dicho que las cosas sean fáciles? ¿No tendremos más bien garantizados el sufrimiento y la dificultad? ¿No seremos vistos como payasos, según sostiene Fabrice Hadjadj, en razón de la desproporción entre aquello de lo que hablamos y de lo que somos: nuestra boca demasiado pequeña para el infinito, nuestro corazón demasiado estrecho para el amor sin medida?

¿Quién soporta ya que el Evangelio sea anunciado por pervertidos, pedófilos, mezquinos bajo mitra y ebrios de poder, burgueses sin talla humana y menos intelectual, invertidos, inquisidores nostálgicos de mayor promoción humana pero sin ninguna relevancia y atractivo, malqueridos ocupando ciertos puestos por servil obediencia, por el dedo de otro o la simpatía del superior?

¿Quién querrá trabajar en la mies cuando el revestido de Cristo se percata de que “el traje eclesiástico digno” le viene demasiado grande y que su indignidad es patente a los ojos del mundo, habiendo dimitido incluso de su ministerio sin descubrir que lo sustancial es ser generoso y olvidarse de la eficacia misma de su ministerio?

Pienso estos días, con más feroz tribulación que de ordinario, en la inmensa indiferencia religiosa. ¿Qué diferencia hay entre un bautizado de nuestros pueblos que se olvida de la práctica religiosa y el agnóstico que vive como si Dios no existiese?

Podría estar adorando, pero he decidido mirar por la ventana de mi despacho para ver quién adora: nadie entra por la puerta de la Iglesia en un día de Exposición del Santísimo.

Hemos sido enviados a bautizados que olvidaron su bautismo; a pueblos que prefieren el larvatus prodeo, la mística de la ocultación, como si fuese lo mismo la secularización que la santidad y nada ya nos hiciese distintos al lado del mundo; a indiferentes que no quieren escuchar porque ya creen saber cuanto necesitan; a idólatras que no encuentran pecado alguno en sus vidas y llevan el Nombre de Dios en vano, de manera ilusoria; a cristianos ocasionales, de algún domingo, que se han desembarazado de Dios y que nunca hablan de Él, arrastrando a los demás a la pasividad y la tibieza que sólo puede encontrar el vómito de Dios.

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sacerdotesantos
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