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Cómo percibir el amor de Dios en mi vida (y cómo mostrarlo)

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Los momentos en los que valgo no por lo que he hecho, ni siquiera por lo que soy, sino que soy amado sin tener en cuenta mis merecimientos son momentos de luz

¡Cuántas veces en la vida tenemos experiencias que no entendemos y que de repente, un día, en el camino, se llenan de luz y encajan!
 
Comprendemos entonces que aquel momento difícil, o aquella persona a la que no dimos tanta importancia, fueron fundamentales para que yo pudiera seguir caminando y crecer.
 
Nos gusta entenderlo todo en el momento, comprender todos los quiebres y rupturas. Nos gustaría saber el sentido de todo el camino y descubrir siempre la mano que nos guía.
 
Por eso, a veces, de repente, hay momentos en que vemos la vida en su conjunto, como la ve Dios. Y vemos también cómo Dios nos ha ido conduciendo. Mirando hacia atrás parecen cobrar sentido muchas cosas. Es más fácil ver las cosas como las ve Dios, en Él tienen sentido.
 
Decía el Padre José Kentenich: “Mi vida es una alfombra vista por el revés. ¡Cuántos hilos enmarañados! Mi tarea consiste en ver la alfombra por el derecho. Veo la alfombra por el derecho, ¿y qué veo entonces? Que aun cuando por el revés hay tantos hilos enmarañados, ¡cuánta armonía hay por el otro lado, por el derecho!”[1].
 
Con su mano de amor me va guiando. Tal vez no lo veo en el momento concreto de oscuridad que atravieso, cuando no resulta nada claro.
 
En ese momento yo no sé bien lo que quiere Dios, ni casi lo que yo quiero. No entiendo su plan, no percibo su amor. Vemos los hilos enmarañados y nos rebelamos contra la vida.
 
No queremos vivir sin luz. No queremos la turbación y la tristeza. Queremos ser felices siempre. La vida para nosotros muchas veces es una sucesión de días. Algunos grises, otros soleados. Unos tristes, otros alegres.
 
Pero para Dios, siempre es un mismo camino, el camino de nuestra felicidad. Dios nos regala momentos en los que anclarnos, momentos que se hacen roca para sostener toda una vida.
 
Es verdad que nos gustaría percibir siempre su amor, todo su cariño y protección en nuestra vida. Pero no siempre sucede. Me gusta decir en los bautizos que, en ese momento, Dios abraza en silencio a ese niño.
 
Nos olvidamos, pero Dios me bendice siendo niño, para que no me olvide nunca de su sello de amor. Graba su amor en mi alma para siempre. Le pertenezco para toda la eternidad.
 
Luego la vida nos turba, es verdad, y los caminos se enredan, hilos enmarañados. Olvidamos su amor. Ya no recordamos su abrazo, ni su mirada, ni su sonrisa. Ya sólo nos queda el gusto amargo de la derrota. El sabor agrio de la pérdida. En medio de la vida dejamos de tocar su amor cercano.
 
Sí, en esos momentos a lo mejor no nos basta con saber que un día Dios me bendijo siendo niño. Pero es verdad. Fui consagrado como hijo para siempre. Aunque yo me olvide, Él nunca se olvida. Pese a todo no dejo de ver cada día lo difícil que es para el hombre de hoy percibir el amor de Dios en su vida.
 
Decía el Padre Kentenich: “Estar convencidos de que me quiere a mí, y que yo puedo ser algo para Él. Suena cómico que yo pueda ser algo para Él. Pero es que nuestra despersonalización ha prosperado tanto. Sí, decimos que eso es humildad. ¡Eso no es humildad!
 
¿Yo debo ser algo para Dios? Sí, claro que puedo ser algo para Dios, pues me ha creado como un ser libre. Él quiere mi colaboración. Él quiere mi cooperación; yo puedo ser algo para Él.
 
Si lográramos convencer más a nuestro pueblo, allí donde trabajamos, de que ellos son objeto del amor de Dios, todo lo noble se despertaría en ellos. Pero generalmente no lo logramos»[2].
 
Es difícil sabernos amados por Dios en lo más hondo. Convencer a alguien del amor que Dios le tiene.
 
Es verdad que el amor humano nos ayuda a tocar el amor de Dios. El amor de nuestros padres nos habla del amor de Dios. Cuando ese amor humano es débil en nuestra vida, ¡qué difícil es llegar a tocar el amor de Dios!
 
Los momentos en los que nos hemos sabido amados por alguien, por personas concretas, por el mismo Dios, son momentos de luz. Una intensa luz que nos hace ver cuánto valemos para Dios.
 
Son momentos en los que nada más importa porque poseemos lo más importante. No importa ya nada mi pecado, ni mi pasado, ni mi futuro. Sólo importa ese amor de Dios que me desborda.
 
Momentos en los que valgo no por lo que he hecho, ni siquiera por lo que soy, sino que soy amado sin tener en cuenta mis merecimientos. El amor no se merece nunca. Soy amado de forma gratuita y única.
 
Son esos momentos en los que todo encaja y la luz vence la oscuridad. Me gustaría tener más luz en mi vida. Más momentos gratuitos, donde no tenga que demostrar nada y pueda ser yo mismo. Quiero más momentos de sol y menos oscuridad. Más amor de Dios y de los hombres.

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