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El Papa Francisco y los movimientos

Gabriel Bouys/AFP

Tierras de América - publicado el 06/03/15

El Papa ha identificado tres puntos para un camino de verdadera madurez eclesial: la frescura del carisma, el respeto a la libertad de las personas y la búsqueda de la comunión interna y externa con toda la Iglesia

En su discurso al concluir el III Congreso Mundial de los Movimientos eclesiales celebrado en Roma del 20 al 22 de noviembre de 2014, el Papa Francisco señaló tres puntos para un camino de verdadera madurez eclesial: la frescura del carisma, el respeto a la libertad de las personas y la búsqueda de la comunión interna y externa con toda la Iglesia.

Si el tercer punto es la condición para toda auténtica misión, el segundo es fundamental para evitar los sectarismos característicos de los fenómenos comunitarios.

En la Iglesia, la comunión nace sólo de la libre adhesión, no de cohersiones sutiles o de presiones de la costumbre; sobre todo hoy, en este tiempo en que la fragilidad psicológica y la inseguridad subjetiva empujan a buscar soluciones no problemáticas, que ofrezcan protección.

El Papa considera que “es necesario resistir la tentación de sustituir la libertad de las personas y de dirigirlas sin esperar a que maduren realmente. Cada persona tiene su tiempo, camina a su modo y tenemos que acompañarla en este camino. Un progreso moral o espiritual que se obtiene aprovechando la inmadurez de la gente es un éxito aparente, destinado a naufragar”.

La paciencia de los educadores tiene el propósito de formar personalidades libres, ni gregarios ni funcionarios. Aquí el Papa tiene presente no sólo la cerrazón asfixiante de ciertos ambientes religiosos que se caracterizan por el despotismo interno, sino también la burocratización que ha imperado en la Iglesia durante las últimas décadas, con el doble clericalismo de los sacerdotes centrados en su actividad de “funcionarios” y un laicado que es objeto pasivo de decisiones que toman otros.

En este sentido, la “era de los movimientos” que vivió la Iglesia en los años ’70 y ’80 constituyó sin duda un válido contrapeso, una fuente de esperanza para todo el pueblo cristiano.

Los movimientos han demostrado que la renovación conciliar era real, que la Iglesia era una verdadera communio, que la secularización y la descristianización no eran el destino necesario de la modernidad.

Sin embargo, pareciera que esa estación ha empezado a declinar, que se ha pasado de la primavera al otoño al mismo tiempo que cambiaba el viejo por el nuevo milenio.

No sólo el episcopado –por lo menos en Italia- se muestra menos atento a los movimientos eclesiales después del ’89 y el ocaso del comunismo histórico, sino que ellos mismos se han “entibiado” progresivamente. Algunos por “separación” del mundo, otros por excesiva “inmmersión”, pero las realidades eclesiales laicales han perdido aquel impulso misionero que las había caracterizado.

Los principales sujetos que se habían opuesto a la burocratización eclesiástica terminaron condicionados por ella. El resultado es que la vida comunitaria se ha vuelto rígida, quedándose muchas veces en el vacío ritualismo de gestos siempre idénticos, de encuentros programados, de palabras repetidas que han perdido la carne y la sangre. Y todo ello marcado por un progresivo retraerse y cerrarse al mundo.

Este proceso, que afectó a toda la Iglesia durante los últimos veinte años, es el principal objeto de la preocupación del Papa. Él mismo, como General de la Compañía de Jesús en Argentina, conoció bien el riesgo que corre una comunidad eclesial cuando se encierra en sí misma y se vuelve autorreferencial.

En la entrevista Mi puerta está siempre abierta (Milán 2013) con el padre Antonio Spadaro, Francisco afirma: “La Compañía es una institución en tensión, siempre radicalmente en tensión. El jesuita es un descentrado. La Compañía en sí misma está descentrada: su centro es Cristo y su Iglesia. Por tanto, si la Compañía mantiene en el centro a Cristo y a la Iglesia, tiene dos puntos de referencia en su equilibrio para vivir en la periferia.

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papa francisco

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