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Carlos Leisner, el sacerdote ordenado en un campo de concentración

Beato Karl Leisner
CC
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Sólo con sus últimas fuerzas pudo el diácono, gravemente enfermo, llevar a cabo la ceremonia sagrada

La trayectoria del joven Karl Leisner, víctima del infierno nazi y hoy beato en proceso de canonización, es una historia repleta de la luz de Dios en medio de la oscuridad del horror y de la muerte.

Uno de los aspectos más peculiares de la vida de Carlos Leisner, sacerdote alemán del movimiento de Schoenstatt nacido en 1915, fallecido en 1945, y beatificado por Juan Pablo II en 1996, es que fue ordenado sacerdote en un campo de concentración, concretamente en Dachau.

Para él fue la realización de un gran sueño. En sus cinco años de prisión (en la cárcel y en el campo de concentración), lo acompañó el anhelo por llegar al sacerdocio, aun cuando enfermó de tuberculosis pulmonar, lo que le hubiera impedido recibir la ordenación con sus cohermanos de la diócesis de Münster.

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Los preparativos para la ordenación se hicieron con mucha imaginación y aún más ánimo: con variadas telas y materiales se hicieron las insignias episcopales y los ornamentos, todo en forma clandestina y corriendo un gran peligro.

Consiguieron telas para las casullas; el pectoral y el anillo para el obispo fueron elaborados por un prisionero ruso en la armería de la Messerschmittwerke, prestigiosa empresa de los nazis.

La aprobación de su obispo diocesano, monseñor von Galen, la pudo conseguir Leisner por medio de la correspondencia legal enviada a sus padres.

La comunicación con el obispo del lugar (Munich-Freising), el cardenal Faulhaber, se debió hacer de modo ilegal.

La ordenación sacerdotal se realizó el tercer domingo de Adviento, el domingo Gaudete entre las 8.15 y las 10 h. Sólo con sus últimas fuerzas pudo el diácono, gravemente enfermo, llevar a cabo la ceremonia sagrada.

Por sus dificultades para respirar hubo que limitar la cantidad de participantes, ya que en el estrecho ámbito de la capilla el aire rápidamente quedaba viciado.

La ceremonia de consagración fue conscientemente sencilla, para no cansarlo excesivamente.

«Dios, qué grande y bueno eres»

Aunque la celebración lo fatigó en extremo, Carlos Leisner estaba plenamente feliz en su interior.

Lo testimonia el Padre Heinz Dresbach, que en los días posteriores a la ordenación (ilegal), lo visitó en la enfermería: «Transmite con palabras y con toda su actitud la gran felicidad en la que, por decirlo así, está nadando. Especialmente el lema de su ordenación, tomado del Salmo 117, lo tiene encantado...», recuerda.

«Él cuenta después que durante la ceremonia estaba interiormente en paz y sin ninguna distracción. Estaba como en el cielo… En los días y semanas posteriores fluían de él, por decirlo así, felicidad y gratitud«, añade.

Una carta que escribió el 30 de diciembre de 1944 a su amigo Heinrich Tenhumberg (que fue después obispo de Münster y durante años presidente de la Presidencia General del Movimiento de Schoenstatt) por el correo militar, da cuenta de cuán profundamente estaba conmovido Leisner por su ordenación y primera Misa:

«Desde hace 14 días puedo solamente rezar conmovido: ¡Dios, qué grande y bueno eres! Fueron para nosotros horas incomprensiblemente felices, de una gran e intensa alegría, que nos compensaron ricamente por muchas horas oscuras. Después de la santa transubstanciación, por unos segundos estuve profundamente conmovido, siempre muy tranquilo y concentrado. Felices horas de alegrías navideñas y delicados, profundos sentimientos».

El nuevo sacerdote recibió felicitaciones de muchos lugares: le expresaban la participación interior y la sincera alegría compartida por sus cohermanos. Una enorme y artística carpeta contenía más de doscientas firmas de sus cohermanos.

En otra carta, el beato recordaba su primera misa en la fiesta de san Esteban: «Después de la consagración en la primera misa, fue para mí como estar ante nuestro Rey como su caballero y vencedor.

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