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¿Qué tiene que ver Blade Runner con el mito de la Caverna de Platón?

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Una extraña pareja bien avenida: Cine de ciencia ficción y filosofía

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”. Quien conoce el cine de ciencia ficción sabe de sobra quién pronunció esa frase. Se trata de Roy, el androide nexus 6 que Ridley Scott filmó en Blade Runner en 1982. Pero también la dijo, o eso parece, el prisionero de Platón que vuelve a la caverna con sus compañeros de celda tras ver el sol y el mundo exterior: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais”.

Si usted no conoce “El mito de la caverna” de Platón, acérquese a leerlo, si no ha visto Blade Runner, no se la pierda. Por supuesto el androide de Ridley Scott nunca ha existido, y en la historia que Platón cuenta nadie cree al prisionero liberado.

Y es que esa frase condensa de un modo paradigmático la relación entre filosofía y ciencia ficción, y por extensión, con el cine de ciencia ficción. A veces se le ha acusado a la filosofía el hecho de que se va de este mundo para contar situaciones y objetos que nadie ve, irrealidades que nadie es capaz de entender del todo, ideas que son más ideales que otra cosa.

Pero lejos de ser uno de sus defectos, lo que se quiere decir aquí es que esa es, en verdad, una de sus virtudes. Algo parecido sucede con el cine de ciencia ficción, pues en el sentido más literal de la palabra se filman historias que presuponen ser irreales. Y vamos al cine a verlas, y seguimos (aunque menos) leyendo a Platón. Ambas podrían encabezar sus producciones con un “esta historia está basada en hechos irreales”.

Lo que tienen en común los hermanos Wachowski con Matrix (1999), James Cameron con Avatar (2009) o Metrópolis de Fritz Lang (1927) es mostrar desde el presente y con su arte un futuro que no existe y que aún no existiendo nos podemos reconocer en él. No tanto porque ese va a ser como tal nuestro futuro, sino porque hay cosas de nuestro mundo actual y real (aquí y ahora) que sólo se pueden explicar desde un mundo imaginado, irreal y fantástico.

Por eso, el cine de ciencia ficción siempre ha tenido la posibilidad de ser un cine de denuncia, un cine que habla de un futuro en el que puede pasar algo que a simple vista pueda parecer sorprendente. También por eso el cine de ciencia ficción casi siempre se entrevera  con el género de aventura y suspense.

Quizás el suspense y la acción no, pero si se caracteriza el filósofo por algo es por ser un denunciante constante de la realidad que vive. Ya no porque es un cínico que no para de criticar sin ton ni son, sino por algo más sencillo: entiende que la realidad que vive, la cultura en la que está, no es suficiente, no se conforma con “lo que hay, y ya está”. El filósofo busca y rebusca en lo que existe, como en la ciencia ficción, mostrando las cosas que están ocultas, que parecen ficciones.

Por eso, dicho a lo pronto y a lo bruto, la gente piensa que los filósofos están locos. Bueno, al menos tan locos como si uno dijera que existen seres azules de tres metros y con cola en una galaxia lejana. No deja de ser una paradoja que alguien explique las cosas que hay desde lo que no hay, pero es que igual que se habla de una ciencia ficción en el cine, la filosofía siempre se ha entendido como una ciencia no consumada, como algo que nunca está del todo presente. Ni el género fantástico ni la filosofía pueden decir: esto es lo que hay y punto, sino que más bien nos dicen: esto es lo que no hay en lo que hay. Paradójico, desde luego.

Pero lo que un cineasta que hace ciencia ficción y un verdadero filósofo se han dado cuenta es algo aparentemente muy abstracto pero muy real: que la vida es tiempo. Y que el tiempo es siempre posibilidad. Cuando no tenemos ninguna posibilidad o se han agotado las posibilidades es como decir que ya no hay tiempo: se acabó, finito, caput. Tener tiempo, vivir, es tener posibilidades.

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