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Monseñor Romero: Su doble martirio, las mentiras desmanteladas y…

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People look at a portrait of Monsignor Oscar Arnulfo Romero at the cathedral of San Salvador on October 26, 2014. Monsignor Romero will be canonized on 2015. AFP PHOTO / STR
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…y mi testimonio personal con este mártir

El Papa Francisco firmó el decreto para la beatificación del arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero por causa de martirio. Días antes, teólogos y cardenales habían votado por unanimidad a favor, según explicara el cardenal Vicenzo Paglia, promotor de la causa.
 
Fue asesinado en el altar mientras celebraba misa, en el momento de la elevación de las ofrendas, a pecho descubierto, por el certero disparo de un francotirador.
 
Su vida resulta inexplicable sin la Iglesia y, ahora, la Iglesia será inexplicable sin este Romero quien, junto a muchos en la historia, dio testimonio del humilde carpintero de Nazaret.
 
Los dos martirios de Monseñor Romero
 
El proceso de beatificación de Monseñor Romero ha estado envuelto en la polémica incluso desde antes de iniciar.
 
Se ha dicho que se prolongó demasiado; pero creo que la apreciación no es exacta. No puede considerarse largo en comparación con otros de la misma naturaleza.
 
Pensemos en Maximiliano Kolbe y Edith Stein martirizados durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron beatificados a los 30 y 45 años de su muerte, respectivamente.
 
Oscar Arnulfo lo será a los treinta y cinco años desde su martirio, veintiuno desde que se abrió la causa. En este sentido, el proceso de Romero es normal.
 
Entonces, no es la duración del proceso lo que debe llamarnos la atención, sino los obstáculos que fue necesario sortear, creando la sensación de tardanza.
 
Su elevación a los altares es un acto de justicia querido por Dios para un sacerdote bueno y justo, martirizado dos veces. Así es, dos veces.
 
En los años setenta, la polarización política y social en Centroamérica fue causa de prolongadas guerras civiles. Suele echársele la culpa a la Guerra Fría, pero reducir el problema a la confrontación entre capitalismo y comunismo resulta groseramente simplista. 
 
Se vivían situaciones objetivas de prolongada injusticia y opresión causadas por vetustas oligarquías, ante las cuales diversos grupos sociales respondieron con distintos grados de radicalidad, desde movimientos populares no violentos, hasta guerrillas revolucionarias.
 
No era tan fácil distinguir dónde estaba quién porque el griterío de la confrontación era potente. La situación clamaba al cielo por justicia, la Iglesia escuchó y no pasó indiferente. En medio de tanto dolor tenía que anunciar el Evangelio.
 
En aquellos años, ser católico en El Salvador era motivo de sospecha y no hacía falta hacer mucho ruido. Bastaba con practicar las obras de caridad, portar una Biblia, ocuparse de los pobres y clamar por la paz para hacerse sospechoso de sedición.
 
La oligarquía, en una lógica por lo menos paranoide, calificaba de “guerrillero” a cualquier opositor para justificar la represión. Por su parte, los grupos armados sacaban buen partido de la confusión y la alentaban.
 
En este ambiente fue nombrado Oscar Arnulfo Romero arzobispo de San Salvador, por el papa Pablo VI. Fue un profeta.
 
Denunció la situación de violencia e injusticia que sufrían los salvadoreños y también la polarización provocada por rebeldes y oligarcas; pero sobre todo los segundos quienes detentaban el poder del Estado y utilizaban indiscriminadamente los instrumentos de la violencia real, simbólica e institucional contra la población.
 
Monseñor Romero llamó a la razón, al respeto a los derechos humanos orientado por la fe, con un discurso articulado por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. No fue escuchado. El odio de la oligarquía pudo más y, por ser sacerdote católico, lo asesinaron. Este fue su primer martirio, causa de su beatificación.
 
Al poco tiempo del asesinato estalló la guerra civil. Se firmó la paz en 1992 y en 1994
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