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Abrir el alma

© Guadalupe Cervilla / Flickr / CC

Verja abierta

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/02/15

Jesús era un pozo abierto sin temor, un cauce esperando sediento el río, el lecho del océano acogiendo las aguas

Hoy queremos detenernos a contemplar a Jesús. Era un hombre como otro cualquiera. Un hombre enamorado. Un peregrino en busca del encuentro con su Padre. Un caminante recorriendo las huellas de su propia alma.

Porque Él tenía el alma abierta. Parece tan sencillo abrir el alma. Pero no es fácil. Muchas veces la encerramos bajo una coraza. Por miedo a ser heridos por los hombres, por la vida.

Jesús era un pozo abierto sin temor, un cauce esperando sediento el río, el lecho del océano acogiendo las aguas. Jesús buscaba el amor de Dios y lo llevaba conmovido en sus entrañas.

Jesús era un hombre libre. No hacía planes, no tenía una estrategia fríamente calculada, no tenía prejuicios. No huía de lo que no quería. No se precipitaba siguiendo sus deseos. No tenía pensados todos sus pasos. No conocía el futuro y sus misterios.

Sus discursos no estaban escritos previamente. No sabía calcular ni sacar provecho de la vida. No se rodeó de gente poderosa. No buscó un lugar seguro y protegido, desde el que poder cambiar el mundo.

Su vida era sencilla. Rodeado de personas sencillas. Era la vida de un pescador, de un hombre libre, de un hombre pobre. No vivía lleno de pretensiones y expectativas. Vivía con pasión el hoy, sin temer el mañana.

Caminaba sin tener preparado lo que iba a hacer. Dudaba. Volvía al camino. Aceptaba la invitación de cualquiera y detenía sus pasos. Cambiaba su esquema del día por aquel que le necesitara. La realidad se imponía.

Iba siempre con los suyos, se abría a los desconocidos. Y amaba al mismo tiempo la soledad. Compartía el día y la noche. Jugaba y soñaba al lado de los hombres. Los necesitaba, porque sin ellos no tenía sentido su vida.

Buscaba momentos de oración en los que se retiraba solo, al mar, a la montaña. Allí descansaba con Dios, con su Padre. Se llenaba el océano. Se desbordaba el río. Su forma de vivir era compartir el pan, los sueños, la vida misma.

Se conmovía ante el dolor. Y hubiera querido acabar con todo el mal del mundo. Vivía todo de forma intensa, sin preocuparse del paso del tiempo. Para Él la persona era lo primero, más allá de la norma, del precepto, del cumplimiento.

A cada uno lo miraba según su corazón, según su alma. No encasillaba a nadie. No tenía prejuicios. En las comidas se reunía con sus amigos, porque eso era lo más importante para Él. Tenía lugares donde echar raíces como Betania.

No tenía prejuicios, no le importaba el qué dirán. Comía con publicanos y prostitutas. Se dejaba querer. Su forma de vivir consistía en curar el alma y el cuerpo.

Le llevaban muchas personas enfermas del corazón y enfermas del cuerpo. Por misericordia, por compasión, los miraba. Y les hablaba de un Dios que nos ama con locura, que lo deja todo por nosotros.

Jesús camina, come, ama, habla de su Padre, toca el corazón, acoge a todos, ayuda a que otros sueñen con que pueden amar más. Siempre miraba al hombre en su realidad.

Jesús perdonaba, levantaba, se ponía en el lugar del otro. No se asustaba ante el pecado del hombre. No le temía al dolor. Aunque sufría al pensar en la agonía.

Jesús era el hombre libre. El hombre niño. El hombre apasionado. Ese corazón lleno de fuego y compasión. Jesús seguro que reía y lloraba con los suyos. Se cansaba y descansaba. Comía y bebía. Se turbaba y confiaba. Era hombre. Era Dios.

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