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¿Qué significa estar casada con Jesús?

Jeffrey Bruno
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Es algo real. Muy real

Todavía puedo ver exactamente lo que llevaba puesto. Fui al cine, todo listo para una noche de euforia y olvido total de esta loca idea.

Llegué a casa sintiéndome fatal (no era la película, era buenísima). Todo mi ser se sentía fuera de onda. Sabía que nunca sería lo que yo estaba destinada a ser de verdad, nunca progresaría, nunca experimentaría una profunda satisfacción si no me daba completamente a Él, cosa que en este momento yo sabía, más allá de toda duda, que Él quería.

Me arrodillé junto a mi cama y dije que sí. En unas dos semanas, acepté fácilmente su voluntad para mí. Su voluntad era ahora mi voluntad, también.

¿Cuándo empecé a sentir que era una declaración? Muchos años después de que entrara en el convento, cuando descubrí la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II.

Karol Wojtyla me dio permiso para ser mujer, algo que mi feminismo radical me había negado.

Pero ¿Dios puede ser suficiente para una?

¿Dios es suficiente? ¿Puede de verdad satisfacer? Quisiera dar la vuelta a estas preguntas. ¿Cómo podría Dios no ser suficiente? ¿Cómo no podría satisfacer? Él es nuestro Creador. Lo ha creado todo. Él es amor. Él es la fuente de toda la vida y el amor. “Tu esposo es tu Hacedor” (Isaías 54,5).

Dios es “más real” que nosotros. Nosotros sólo somos reales porque Él mantiene nuestra existencia. “En él subsiste todo” (Colosenses 1,17).

Es un Dios personal, que se hizo hombre y dio Su vida por nosotros porque nos quiere y tiene rostro humano para siempre. La vida es corta. Salimos de Dios y volveremos a Él. ¿Cuál era la pregunta?

¿Pueden los casados aprender de mi matrimonio?

¿Qué pueden los casados aprender de mi matrimonio? Lo mismo que yo del suyo: que se parece al amor esponsal de Dios.

Nuestras vocaciones complementarias son las dos caras de la misma moneda. Deberíamos admirarnos mutuamente.

De hecho, los mayores fans de las monjas son matrimonios jóvenes que se alegran tanto de vernos porque quieren que sus hijos conozcan a una monja (y esperan que sus hijas se planteen la vocación algún día).

Cuando ves una monja, ¿piensas “allí va ella, una de las especiales y elegidas de Dios, que no me eligió a mí, la eligió a ella, que es tan única, debe ser tan buena y santa que Él la eligió a ella y a mí no”?

¡Por supuesto que no!

Esto es lo que deberías pensar cuando ves a una monja:

“¡Bien! Dios es Esposo de toda alma, el Esposo de mi alma. Cada vez que veo una monja, recuerdo esta verdad.

Es fantástico recordar que Dios es tan cercano a nosotros, tan real que llama a algunos a ser exclusivamente para Él.

Dios puede bastarnos, llenar nuestras necesidades y hacernos felices. Podemos confiarle toda nuestra vida. Y ella me recuerda que esto no es todo: nos dirigimos al banquete de bodas del cielo”.

Y así te ves obligado a dar un donativo a esa monja que te recuerda estas cosas estupendas, rezar por ella, invitarla a café, etc.

Tú puedes tener lo que yo tengo

Las monjas no sólo son “signos escatológicos” andantes (signos del mundo que vendrá, de los “nuevos cielos y la nueva tierra”, del paraíso): tú también puedes tener lo que yo tengo. ¿De verdad? Sí, tú también puedes tener a Jesús.

Jesús es todo lo que uno necesita. “De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia” (Juan 1, 16).

El Vaticano II rompió el mito de que la santidad y la intimidad con Jesús es para los curas, las monjas y otros fanáticos religiosos. El Vaticano II lo llamó “llamada universal a la santidad”. De hecho, ¡el matrimonio es la vía ordinaria a la santidad!

Por eso mucha gente tiene el matrimonio como vocación y por eso es un sacramento. El matrimonio no es una vocación frustrada. El matrimonio te hace santo.

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