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Por qué no debes perder tu capacidad de asombrarte

© jlmaral / Flickr / CC

Asombro en la playa

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/02/15


A veces nos pasa a nosotros. Lo que no conocemos nos da inseguridad. No soy yo el protagonista. No responde a lo que siempre he hecho y he creído. Me pierdo oportunidades. Y dejo de escuchar a Dios que a veces habla de forma nueva, en situaciones nuevas, en personas distintas.

¿Qué admiro yo? Ante la persona que amo, ¿me asombro de su belleza? Me gustan las personas que se asombran. Esas personas que han vivido su vida y son capaces de admirarse y de volver a empezar de nuevo, sin pensar en el esfuerzo. Esas personas que tienen el alma abierta a lo que el día y la vida les pueda regalar. Y no viven dando lecciones.

Me gustaría que Dios me regalase un corazón de niño. Para mirar con asombro. Decía el Padre José Kentenich: « ¡Qué hermoso y encantador es estar delante de un niño sencillo y contemplar sus ojos llenos de asombro! ¡Qué grande es la capacidad de asombro de un niño! El primer acto consciente del niño es un asombro respetuoso ante todo lo que percibe» [1].

Los niños nos enseñan a asombrarnos con su mirada. Quisiera tener un corazón de niño para escuchar con admiración. Para aprender, para dejar todo lo sabido y comenzar, cada día, una vida nueva.

Para dejar espacio a Dios y no encasillarle donde yo he decidido que tiene que actuar. Para darle gracias cada día por la belleza de la vida, por las sorpresas impensables, por sus pasos a mi lado, a veces sorprendentes.

Para no dar por evidente nada de lo que tengo, ni exigir a la vida derechos que no puedo exigir, porque casi todo en esta vida es don, aunque nos empeñemos en que sean derechos. 

 Me gusta la alegría de los niños. La sonrisa contagiosa, la libertad del alma. Esa ingenuidad ante la vida.

Decía el Padre José Kentenich: «¿Por qué el niño vive esa alegría tan propia de su edad? ¿Por qué en cierto sentido se puede decir que él también tiene confianza en sí mismo?

Porque no ha experimentado suficientemente las limitaciones de sus capacidades. Él cree en un poder fuerte y benefactor que está dentro de sí mismo y a su alrededor. El poder que rodea al niño es generalmente el poder paternal o maternal.

El niño ha experimentado mil veces que más allá de las necesidades de su hogar y a pesar de que a veces hubo que ajustarse el cinturón, por lo común el padre y la madre le dieron de comer, lo vistieron, etc. El niño percibe que está rodeado por un poder fuerte y bondadoso»[2]

Me gusta esa confianza de los niños. Creen y esperan. No temen, no se turban. Me gustaría vivir así cada día. Confiando. Creyendo en el poder de Dios sobre mi vida. Asombrándome ante la vida.

El asombro es la apertura del alma a lo nuevo, a lo sorprendente. Dios a veces nos habla en lo que es diferente, en lo nuevo. Pero, ¡cuántas veces nos cerramos a la novedad! Nos produce inseguridad. Tenemos miedo de perder el control de algo aprendido durante mucho tiempo.

Jesús tenía esa capacidad para asombrarse y cambiar sus planes. Como los niños. Porque confiaba en el poder de su Padre que lo protegía y cuidaba. Jesús, que no tenía pecado, que era perfecto hombre y perfecto Dios, se asombra y admira ante la realidad.

Se asombra ante aquellos que tienen una mirada pura. Los ojos limpios. Se admira de la fe de los hombres y se conmueve ante ellos. Se asombra al ver el alma abierta, el corazón de niño.

¿De qué me asombro yo en el camino de la vida? ¿Tengo alma de niño? A veces no me asombro ante las cosas que me suceden. Ni ante las personas. Puedo perder esa capacidad de la sorpresa y dejar de mirar como los niños.

Dejo de ver a Dios en los hombres. Dejo de ver en la rutina y en las cosas cotidianas algo nuevo, la voz de Dios susurrada en el silencio. A veces no miro como los niños. No tengo pureza y juzgo. Ojalá tuviera siempre su mirada pura.

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