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Católicos en la encrucijada política

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En los últimos tiempos, aciagos para la política y los políticos, estoy encontrando un gran desaliento entre los católicos que conozco. En general, se entremezcla la esperanza y el optimismo propios de quienes se saben hijos de un Padre que los ama y los cuida; con la dificultad de mirar al mundo y al futuro con confianza. Me da la sensación de que muchos católicos se hayan en una auténtica encrucijada a la hora de saber cómo poner de su parte para que las cosas cambien. Si, además, ya hablamos de elegir en las urnas a nuestros gobernantes… el tema se vuelve ya casi irresoluble.

Hablo con unos y otros y compruebo que muchos católicos se sienten terriblemente marginados por las opciones políticas de sus países. Es como si no encontraran ninguna opción válida, como si no pudieran elegir ni a unos ni a otros. Muchos católicos se encuentran ante un auténtico dilema moral a la hora de elegir una papeleta. Creo que es sano llegar ahí: tomar conciencia de que el voto es mucho más que una papeleta y de que vale la pena discernir, también con la oración, qué es aquello que me pide el Señor. 

Sin embargo, tras esta lucha moral honrosa y necesaria, pueden venir, escondidas y sigilosas, determinadas tentaciones que conviene destapar cuanto antes:

a) La primera tentación es el conformismo. Elegir lo de siempre. Votar a aquel que ha robado y mal administrado lo que es de todos. Votar a aquel que se corrompió y que ha salpicado a todos con su pecado. Votar a aquel que tuvo su tiempo y que demostró, pese a tener aciertos también, que elegirle de nuevo es claudicar y negarse a aspirar a una sociedad mejor, distinta. La tentación de "mejor malo conocido". La tentación del miedo ante la novedad.

b) La segunda tentación es el moralismo personalizado. Es coger el catecismo, la doctrina, y coger sólo una parte del mismo, olvidando todo lo demás. Hacer de esa parte mi bandera y priorizarla sobre cualquier otra cosa. Es tentación porque, efectivamente, aquello que defiendo es bueno, necesario y, posiblemente, prioritario; pero también es incompleto, sesgado y, a la par, puede aislarme de una visión global de una sociedad concreta. Muchos buscan partidos que defiendan su bandera y que les permitan "votar en conciencia". 

c) La tercera tentación es el ansia de la revolución. Todo está tan mal que da igual hacia dónde nos lleve el cambio, hay que cambiar. La tentación del "nada sirve". La tentación del "todo caca". La tentación de endiosar a aquellos que derriban a los que se han convertido dioses. La tentación del zapatazo, de la rabieta, de la demostración de fuerza. La tentación de absolutizar el cambio por el cambio, la revolución sin más. La tentación de decir que no hay ideas, ni valores, ni maneras que nos diferencien; que todos unidos "contra" el sistema venceremos.

d) Y por último, la tentación de meterse en casa, en la iglesia, en el asilo… y pensar que nada se puede hacer, que lo importante es rezar y que con rezar, todo saldrá. La oración desconectada de la vida, la confianza mal entendida del que escapa, del que no se quiere mojar, del que no quiere optar. El voto blanco, el voto nulo, el no voto… del que prefiere no decir nada y, además, lo reviste de santa humildad y bendita peciencia. 

Yo creo que, como católico, debo tomarme muy en serio la situación política de mi país. Como creyente debo buscar a Dios en las diferentes opciones, generar nuevas vías, no lavarme las manos, llenarme de barro. Como cristiano debo discernir, apartarme al monte a orar y luego bajar a mi Jerusalén y optar. No queda otra.

Un abrazo

@scasanovam

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