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Aquel encuentro del que se recuerda todo

Mazur/UK Catholic

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/01/15

¿Cómo cambiarlo todo de golpe? ¿Cómo dejar lo que tenían y seguir otro camino? Decía el Padre José Kentenich: « ¿Qué se exige respecto a la forma de vida? Se exige una vida constantemente cercana a Dios, penetrada de altos valores morales, interiormente purificada, desapegada del mundo y del yo»[1].

Ellos siguen sus pasos. Se adaptan a su forma de vida. Quieren vivir como vive Él, aunque no tenga un lugar donde reclinar la cabeza. Aunque no pueda asegurarles un futuro lleno de comodidades.

A veces uno cree que seguir a Jesús es caminar por la vida con el éxito asegurado. Dios nos promete una vida plena en sus manos, no el éxito. Seguir a Jesús supone riesgos, aceptar miedos, tener la vida llena de incertidumbres. Pero eso no es lo importante. La promesa tiene que ver con vivir con Él para siempre. Lo importante en la vida es seguir a Jesús.

Jesús se vuelve y los mira hasta el fondo del corazón. Ve sus preguntas y su ilusión. Su fragilidad. Sus sueños. Ve su corazón de pescadores sencillos. Le conmueve que le sigan. Tantos habrá que no querrán seguirle, tantos que le pedirán pruebas.

La sencillez de su corazón le alegra. Serán para siempre sus amigos. Este primer día es importante para Andrés y Pedro pero también para Jesús. Ya no está solo. Ellos se quedaron con Él, siguieron sus pasos y vieron cómo vivía. Así de sencillo.

Enamorados por ese primer encuentro su vida se convierte en testimonio. Habían estado con Jesús. Todo había cambiado. Por eso se acuerdan de la hora exacta: «Serían las cuatro de la tarde». Los enamorados se acuerdan del lugar y de la hora del encuentro con la persona amada.

Ese momento que cambió sus vidas para siempre. Recuerdan el lugar en el que estaban. Los ruidos. Los olores. Se acuerdan de todo con precisión. No dudan. Lo guardan en la memoria del corazón que es la que importa.

No hay fotos. Pero los recuerdos reproducen con nitidez el momento. Se saben las palabras y los gestos. Recuerdan las miradas y las lágrimas. Así suele ser también cuando el Señor viene a nuestras vidas y nos llama. Irrumpe en un momento dado. Un día y una hora.

Seguramente en la vida de Juan y Andrés hubo otras vivencias, otros encuentros, otras palabras y otros silencios. Pero sólo se recoge la hora de aquel primer momento entre ellos y Jesús. Lo grabaron como un tesoro en el alma. Lo conservaron para siempre en su corazón.

El encuentro con Jesús nos va cambiando y acaba convirtiéndonos en hombre nuevos. Sin esa conversión no es posible ser testigos. Así ocurrió con Juan y Andrés.

Se encontraron con Jesús y el cambio que se produjo en sus vidas les llevó a contar lo ocurrido: «Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: – Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: – Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)». Juan 1, 35-42.

Así surge el testimonio. De un encuentro brota la vida. El convencimiento. La pasión. No pueden callar lo que les ha ocurrido.

Decía el Papa Francisco: «El testimonio te tiene que agarrar todo. Es una opción de vida. Yo testimonio porque esa es la consecuencia de una opción de vida. Así es que eso es el primer paso. Sin testimonio no podés ayudar a ningún joven ni a ningún viejo. ¡A nadie!

Y, evidentemente que todos flaqueamos, que todos somos débiles, que todos tenemos problemas y no siempre damos un buen testimonio. Pero la capacidad de humillarnos, la capacidad de pedir perdón cuando nuestro testimonio no es el que debe ser

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alma
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