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¿Qué dice el Concilio Vaticano II sobre el diálogo con el Islam? (3)

© Giancarlo GIULIANI / CPP
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La Nostra Aetate, el documento que hizo cambiar de rumbo la relación entre la Iglesia y las demás religiones

La Declaración
Nostra Aetate (NA) sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas fue publicada el 28 de octubre de 1965. Aun siendo el texto más breve de los documentos conciliares, es sin duda uno de los más relevantes.

Muchos han dicho de él que se encuentra en el corazón del Concilio. Originariamente se pensó como texto que se ocupaba de los judíos y terminó dirigiéndose a millones de personas no cristianas que Dios llamará a la salvación.


Resulta importante decir aquí que en el contexto de su elaboración influyeron decisivamente los viajes de Pablo VI a Oriente Medio, los Santos Lugares (4/6 de enero de 1964) y Bombay (2/5 de diciembre de 1964). También la creación del Secretariado para los no Cristianos (17 de mayo de 1964) y la encíclica
Ecclesiam Suam.

También fueron de especial valor las reacciones de las Iglesias cristianas en países de mayoría musulmana, las presiones de los gobiernos árabes y del Estado de Israel.

 

Nostra Aetate: un valor en alza
 

Es importante subrayar que la Declaración fijó unas premisas nuevas en el acercamiento a otros creyentes. Una llamada evangelizadora que se revaloriza con el tiempo. Pueden resumirse en tres los puntos que nos interesan del documento:

 

Valoración de las religiones no cristianas
 

De modo sencillo, podemos decir que el objetivo fundamental del documento es mostrar aquello que tienen en común los hombres de distintas religiones para promover el diálogo y la colaboración con ellos. Su novedad radica en el reconocimiento de ese fondo común: responder a los enigmas de la condición humana a través de la experiencia religiosa que reconoce a un Ser supremo como Padre. Una actitud a la que la Iglesia invita a los católicos: conservar, promover las cosas verdaderas y santas que se encuentran en otras religiones.

 

“En nuestra época, en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas.” (punto 1)
 

“La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres (…)"

"Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen” (punto 2)

 

Diálogo y colaboración con el Islam

           

El punto tercero expresa magistralmente la actitud cristiana respecto al Islam. En él recoge los ejes esenciales de la fe y culto musulmán:

 
“La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió a Dios, Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente".

"Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian además el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno”.

 

Seguidamente, invita a los cristianos a una actitud práctica. Olvidar el pasado y no sólo dialogar, sino a
colaborar con los musulmanes para el bien de la humanidad. Como dos interlocutores, mirando en la misma dirección y trabajando juntos, en nombre de la común fe en Dios. Para el desarrollo del hombre y de la humanidad:

 
“Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”.

 

Apuesta decidida contra la discriminación          


De un modo coherente, el punto 5 refuerza este principio inspirador de “fraternidad universal”, rechazando taxativamente cualquier forma de discriminación:

“No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios ‘el que no ama, no ha conocido a Dios’ (
1 Jn 4,8)  (…) La Iglesia reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto (…) ruega ardientemente a los fieles que, ‘observando en medio de las naciones una conducta ejemplar’" (…) tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos”.

 

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