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El Tercer Reich, Milgram y el pequeño Nicolás

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César Nebot - publicado el 28/12/14

La función de la autoridad y la obediencia en la corrupción

Ante la barbarie nazi del Tercer Reich, resulta irremediable preguntarse con estupor cómo fue posible y si se podría volver a repetir. Es difícil comprender cómo tantos alemanes de toda índole, de todos los niveles de formación y edades, fueron capaces de seguir a un.

En 1967, esta pregunta que formuló un estudiante de bachiller en una escuela de San Francisco, California, al profesor que se alargó durante toda una semana y que acabó por escapársele de las manos.

El profesor americano decidió llevar a cabo un ejemplo práctico de autocracia con sus alumnos. Quiso demostrar lo sencillo que podía ser imponer una dictadura y los resultados fueron tremendos.  

Esta experiencia dio lugar a una película en 1981 y un remake cumplidos los cuarenta años denominado  de factura alemana, dirigida por Dennis Gansel. Resulta absolutamente recomendable ver tanto la película como el documental.

Nos preguntábamos si el comportamiento de un individuo difería entre su decisión individual o su decisión gregaria en masa. De igual manera, procede preguntarnos si la decisión individual es inalterable frente a la presencia de una autoridad.

¿Nuestras decisiones supuestamente racionales siguen siéndolo cuando estamos en el plano inferior respecto de una autoridad? Es complicado entender que, de golpe, la conciencia de una persona sobre lo que está mal pueda disiparse y dar lugar a una crueldad intolerable.

Así como, para la teoría económica, es tan importante la diferencia de la decisión individual y la decisión en masa también resulta crucial la diferencia entre la decisión individual y la obligación de obedecer a una autoridad. La teoría económica ha indagado modelos explicativos fundamentados en la agregación de modelos microeconómicos.

A partir de la decisión individual racional optimizadora de los agentes económicos, se infiere por agregación el comportamiento del conjunto económico. No obstante, y en el caso que nos ocupa, parece que esta axiomática se nos queda corta.

Es por esto mismo que la psicología aporta necesariamente en la economía puntos para profundizar en el análisis del comportamiento económico más allá del paradigma racional y del comportamiento estratégico de la teoría de juegos.

Al margen de la racionalidad limitada, existen elementos de necesario estudio que son fundamentales para el desarrollo de la persona y que influyen radicalmente en las decisiones que toma.

La dimensión o grupo de referencia para una persona consiste en el conjunto de personas en un plano desigual que han servido o sirven de referencia en diferentes campos.

Por ejemplo, un padre que fomenta la confianza y la seguridad de sus hijos, un maestro que ayuda a sus alumnos a descubrir el mundo o un profesor que amplía y da alas al pensamiento de sus estudiantes, son referentes.

Si bien en la dimensión de la pertenencia uno precisa la aceptación, en este caso, del grupo de referencia se precisa el reconocimiento.

Una de las claves fundamentales del liderazgo consiste en administrar adecuadamente la identificación y el reconocimiento de sus seguidores.

En el experimento que realizó en 1967, Ron Jones partió de la idea de que todo el mundo está dispuesto a renunciar a parcelas de libertad con tal de sentirse superior a los demás, así pues usó la identificación y ejerció el reconocimiento para erigirse como líder.

Si el grupo de referencia conlleva un recorte en la libertad de elección, las decisiones de los agentes económicos no son independientes de la aparición de líderes así como tampoco son independientes de si están inmersos en la masa. 

Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, desarrolló en 1961 , cuyo objetivo consistía en medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.

Su preocupación nació tres meses después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. ¿Era posible que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes?

Milgram seleccionó a un grupo de hombres de todo tipo de entre 25 y 50 años que desconocían que el experimento era en realidad una investigación sobre la obediencia.

Cuando el participante llegaba al laboratorio de Yale, se encontraba con un experimentador con bata blanca y un segundo participante un tanto nervioso. El experimentador les explicaba que el objetivo era  comprender mejor la relación existente entre castigo y aprendizaje.

En una sencilla prueba de preguntas sobre la retención de conceptos, el segundo participante apartado en una habitación contigua recibía descargas eléctricas crecientes en intensidad suministradas por el primero si fallaba las respuestas como forma de reforzar el aprendizaje.

A lo largo de la prueba, a pesar de los gritos de dolor de los participantes, el primer participante continuaba suministrando descargas crecientes, en ocasiones con reparos, bajo la impasible orden del experimentador de continuar.

Un 62,5% de los sujetos obedeció llegando a hasta los 450 voltios incluso aunque después de los 300 el segundo participante ya no diese señales de vida. El segundo participante era en realidad un actor cómplice del experimentador y las descargas eléctricas no eran tales, descargas que de ser ciertas hubieran matado al sujeto.

Milgram explicaba que aunque la mayoría de individuos se consideran independientes en sus decisiones y responsables de sus actos, cuando aceptan insertarse en una estructura bajo una autoridad legítima pasan a un estado de agente en el que: la conciencia individual deja de funcionar y se abdica la responsabilidad en el que ostenta el poder cuando el sujeto obedece los dictados de la autoridad, los sujetos  tienden a autojustificarse frente a sus actos inexplicables y son más propensos a obedecer cuanto más ajenos son de la realidad de la víctima.

Tanto en la Alemania Nazi como el experimento de Ron Jones, la cesión de libertad individual a cambio del sentimiento de superioridad les llevó a estados de agente en el que obedecían órdenes, la conciencia individual dejaba de funcionar, cedían la responsabilidad personal en el mando superior, se autojustificaban y tendían a distanciarse de la realidad de sus víctimas.

Este comportamiento sucede en muchos órdenes de la vida social y lo podemos apreciar en los casos de corrupción que van apareciendo en la actualidad española.

Hace unos meses, saltó a la prensa el escándalo de las tarjetas black de Bankia. 86 directivos de una entidad financiera, institución rescatada con dinero público y que desahuciaba a familias, disponían de tarjetas de crédito opacas con las que estaban autorizados a realizar gastos personales de toda índole que ascendieron a un total de 15,2 millones de euros.

Entre estos directivos se encuentran el expresidente del Fondo Monetario Internacional y exministro de economía de España, el señor Rodrigo Rato, miembros de la CEOE la patronal española, altos directivos y cargos políticos.

Es sorprendente cómo en sus declaraciones algunos se autojustificaban o aludían que no son responsables de algo que se les había permitido desde instancias superiores en la entidad bancaria. Por supuesto,

ninguno se preguntaba el origen de tal cantidad de dinero ni se preocupaba si en correspondencia se estaba haciendo un daño social.

Si bien en el artículo anterior mencionaba que la institucionalización de la corrupción en España se había apoyado en elementos alienantes de pertenencia y conformidad (cómo no abusar si es el modo de actuar de la masa es ese), el otro ingrediente crucial ha sido la enajenación de la responsabilidad en tanto que de órdenes superiores apoyaban la corrupción.

Y este nivel de institucionalización de la corrupción ha sido tal que lo grotesco ha hecho acto de presencia en un pequeño Nicolás. Un chico del Partido Popular que ha sido capaz de inmiscuirse y participar con naturalidad en este tejido de tal forma que aparece fotografiado en diversidad de actos con altas personalidades y cargos políticos; y, simplemente, porque no existe otra explicación más que fuera aceptado y reconocido en su día en las filas de “Tercer Reich” de la corrupción.

La regeneración de la vida pública en España no sólo precisa de una conciencia individual que se enfrente al pensamiento único de masas impuesto sino que, además, contemple la desobediencia a referentes corruptos que se erigen como inevitables, asumiendo la conciencia y la responsabilidad social de las decisiones individuales y estando cerca de los que sufren.

De otra forma, caeremos siempre en la búsqueda de un líder que sirva de referente,  que sea populista para que mueva las masas y que adormezca nuestra conciencia y nos exonere de nuestra responsabilidad para con los demás, con los que más sufren.

Si no buscamos esta regeneración, siempre habrá un Hitler para un pueblo y un pueblo para cada Hitler, y en medio de todo un esperpéntico y pequeño Nicolás.

Tags:
economía
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