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¿Cómo defenderse de la envidia de una persona?

© Florencia Cárcamo

Radio Maria - publicado el 13/12/14

Si tratamos de comprender la debilidad del otro, si le pedimos cada día al Señor la gracia de perdonarlo, y le entregamos al Señor nuestro dolor, el perdón terminará por desatar los nudos de la convivencia.

Ciertamente el Señor quiere que reposemos y descansemos en Él. Espera que pongamos en Él toda nuestra confianza y así Él podrá tomarnos en sus brazos. Podemos confiar al poder de Dios todo lo que nos preocupa, todo lo que no queremos que sea dañado por los envidiosos, nuestros planes, la salud, la familia, el trabajo. La envidia supone mirar mal el bien del otro.

En medio de esas acciones tremendas con las que el mal espíritu obra, le pedimos a Dios que ejerza el poder y nos sostenga. Cuando hemos sido humillados a causa de estas situaciones, el mejor refugio es la amistad de Dios, esa que nos ofrece Él. El quedarnos postrados delante de Él, saliendo de la lamentación.

Él siempre nos levanta para que sigamos caminando en el amor, el servicio y el don maravilloso de la paz que nos regala para comunicarla a otros. “No te alegres de mi suerte, enemiga mía, porque si he caído, me levantaré; si habito en las tinieblas, el Señor es mi luz” (Miqueas 7,8).

A partir de esa actitud fuerte que nace de la confianza, podemos superar todas las dificultades. Con la gracia que nos da el Señor de fortaleza y de poder estar en su presencia por encima de todo. Que Él nos regale gracia de confianza y del descanso en su presencia.

También sentimos cuán inestable se hace el camino cuando se da la división entre los nuestros en torno a la envidia que es mirar mal el bien que el otro posee dejando de estar en comunión con él. A partir de esa mala mirada surgen las contiendas, las divisiones, las acusaciones desmedidas bajo la forma de difamación y calumnia.

Por eso es tan importante pedirle al Señor que nos proteja de la envidia. El peor daño que pueden hacernos los envidiosos es llenarnos de miedo y de rencor. Si no tuviéramos miedo y no estuviéramos pendientes de ellos nos sentiríamos fuertes y podríamos defendernos de esas circunstancias sin sufrir tanto.

El temor que nos despierta nos debilita y perturba, hasta incluso llegar a enfermarnos. Cuando hay perturbación se desdibuja el camino y se desdibuja el ánimo.

Es bueno saber que en las tormentas de la vida aparecen nuestros amigos los santos que se hacen fuertes con nosotros para protegernos.

Cuando estamos muy pendientes de nuestra imagen y de lo que digan los demás nos llenamos de angustia por cualquier crítica y podemos caer en la soberbia. Necesitamos liberarnos de eso y animarnos a avanzar en la tormenta con las armas de la oración, del servicio, de la caridad, de la paciencia, del perdón, de la reconciliación… todo con lo que el Señor quiere que avancemos quitando de en medio las insidias del mal.

Perdón, alabanza y bendición para resistir a la envidia

En medio del gran crecimiento de nuestra obra también comienzan a sacudirse las fuerzas del mal. Es necesario para poder estar en Dios y descansar en Él, liberarnos de lo que nos quita la confianza. ¿Cómo defendernos de la envidia para que la confianza no sea dañada? 3 pasos dice Victor Manuel Fernández: perdón, alabanza y bendecir.

Perdón

Lo primero es perdonar, porque si alimentamos el rencor y deseamos el mal a los envidiosos se complican las cosas y se produce un espiral de violencia. Y la Palabra de Dios nos pide que no alimentemos ese veneno. En lo posible y en lo que dependa de nosotros vivamos en paz con todos, “no se hagan justicia por su propia cuenta”.

Si tratamos de comprender la debilidad del otro, si le pedimos cada día al Señor la gracia de perdonarlo, y le entregamos al Señor nuestro dolor, el perdón terminará por desatar los nudos de la convivencia.

Es importante, a la hora de perdonar a alguien, saber cuántas veces me ha perdonado Dios por tantos a los que hice daño y que también eran hijos suyos. También puedo recordar las faltas de perdón que producen en mí mucha angustia, porque me pueden enfermar. Descansar y reposar en Dios solo es posible cuando sacamos estos sentimientos por gracia de Dios.

Es importante intentar comprender que el que me envidia vive cosas muy dolorosas y por eso hace de mí un chivo expiatorio. Le pedimos a Dios que nos dé la posibilidad de ir un poco más alto, de perdón y de grandeza de alma.

Alabanza

La alabanza es una oración maravillosa, que levanta el corazón hacia Dios y lo saca de la angustia interior, de las tristezas, de las amenazas y los temores. Puedo alabar a Dios en medio de las peores tormentas. “Alaba alma mía al Señor… ”.

Pero también puedo hacer una alabanza por algo bello que Dios haya hecho en esa persona que nos está haciendo daño. Es un intentar encontrarle un costado bueno al que me busca mi costado malo. Es un salir de la tormenta y volar por encima, desde la oración y la alabanza.

La alabanza produce en el corazón un gran efecto de liberación. Nos ayuda a debilitar nuestra angustia y temor, nos hace fuertes para que los demás no puedan debilitarnos con su actitud de malicia.

Cuando alabamos a Dios estamos más protegidos que nunca de los celos y las envidias. La alabanza tiene un poder misterioso para desarmar a los malvados e impedir que cumplan sus deseos. Por eso vale la pena alabar a Dios, hasta que se despierte el gozo de la alabanza en lo más hondo del corazón.

Bendición

Bendecir a una persona que nos trata mal, nos envidia o nos hace daño, es desearle el bien, pedirle al Señor que la bendiga, y si el Señor la bendice esa persona ya no necesitará más envidiarnos.

Cuando odiamos alimentamos el fuego de la violencia y terminamos cada día más dañados. Cuando bendecimos a alguien estamos deseando que resuelva la dificultad de su corazón, que se curen sus tristezas…. si el Señor bendice a esa persona y le regala la alegría interior, la santidad, el verdadero amor, entonces se despertarán todas las gracias que el Señor tenía dispuesto y por acción del mal, el Envidioso llenó de envidia.

El gran testimonio del cristiano es el martirio, amar a los que no nos aman, bendecir a lo que nos maldicen, amar a todos como el Padre bueno que hace salir al sol sobre justos e injustos. Somos hijos del Padre y eso supone la invitación y el llamado a ser como Él.

A veces no nos damos cuenta de que estas situaciones de envidia giran en nuestro interior, y en otras oportunidades es manifiesta. Nosotros permanezcamos tranquilos en Dios alabando, perdonando y bendiciendo.

Por el padre Javier Soteras

* Material elaborado en torno a la publicación de Mons. Victor Manuel Fernández Para liberarte de los miedos.

Artículo originalmente publicado por Radio Maria

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